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El secreto de Mafalda

En 1964, durante uno de los escasos gobiernos civiles de aquella Argentina enferma de militarismo, el dibujante Joaquín Salvador Lavado, alias Quino, nos presentó a Mafalda.

No era la primera vez que una nena protagonizaba una historieta. Los chicos de mi generación conocimos la traducida del inglés norteamericano Periquita hace lo que puede (Nancy, creada por Ernie Bushmiller en 1938). Era una nena excepcional por lo curioso de su familia. No tenía padre ni madre sino la tía Dorita (Fritzi Ritz en el original) con su novio eterno, ajenos a todo proyecto matrimonial. La tía Dorita, guapa y coqueta, fungía de madre pero una tía no es una madre, con lo que Periquita gozaba de una libertad para tejer su mundillo entre los amiguitos cercanos.

Mafalda era otra cosa. Lejos de las nenas de los cuentos infantiles, para las cuales el mundo es una leyenda entre maravillosa y siniestra, idílica y gótica, Mafalda nos hablaba del mundo que conocíamos los adultos. No tenía que obedecer a los padres y se trataba de igual a igual con los chicos. Más aún: podía ejercer la autoridad sobre un varón un tanto elemental y obtuso como Manolito.

Al prescindir de la sumisión familiar, Mafalda carecía de historia, es decir que era una fundadora de su propia historia. Acababa de llegar a un mundo extraño y atractivo, el mundo de los mayores. La distancia que le permitía su levedad de ser la primera nena del mundo, liberaba su mirada y se convertía en crítica. Así consiguió Mafalda interesar a sus lectores adultos porque les proponía –nos proponía– volver a nuestras infancias. Aquí el matiz es fundamental. No se trataba de volver a la infancia que podíamos recordar haber vivido, la infancia de los Reyes Magos, el Príncipe Valiente y Blancanieves vencedora de la pérfida madrastra, sino a la infancia jamás vivida.

Este es el gran secreto de Mafalda, el poder sugerirnos una catarsis de madurez que dio la vuelta al mundo con la siguiente fórmula: veamos este mundo hecho por los mayores como si los mayores no existieran.

Por tal estratagema, el juego infantil en el mundo se convirtió en el juego del mundo. En vez de salir a jugar en el patio de los recreos, al abrigo de la vida exterior y social de los mayores, salimos a jugar a la intemperie de la historia, la historia actual, la historia cotidiana, observada por esa nena terrible como algo interesante y extraño.

Quino, desde luego, salvó a Mafalda al atesorar su secreto. Lo hizo con arte, un arte austero y elocuente, económico por su línea clara y su ausencia de penumbras. Mafalda, por su parte, tuvo un deje heroico. Como Tarzán, Superman, Blancanieves y la Cenicienta, nunca le pasó el tiempo. No maduró ni falta que le hacía una madurez entendida como resignación y conformismo. Tampoco envejeció para evitarse la cátedra de experiencia y desilusión del anciano. Mafalda conservó y seguirá conservando ese secreto que se vuelve silenciosamente evidente en la obra de arte. Porque, aunque hasta estos renglones he olvidado señalarlo, Quino fue un artista, una suerte de Gepetto sin moralina, cuyo Pinocho se le escapó por un mundo al cual su nena intentará por siempre refundar.

Testimonios

«A la edad de 18 años –escribe Federico Moreno Santabárbara–, Quino [hijo de emigrantes españoles] se traslada [desde Mendoza] a Buenos Aires, donde intenta conseguir trabajo como humorista gráfico. Al no lograrlo, regresa a Mendoza y realiza todo tipo de dibujos, hasta que se incorpora al servicio militar. Cuando se licencia, vuelve a Buenos Aires. Tiene 22 años. Al principio, parece que va a repetir el fracaso de la tentativa anterior. Pero no se desanima. Recorre las redacciones mostrando sus dibujos. Luego regresa a casa y corrige los defectos que le han señalado. Al fin, la revista Esto es le encarga chistes sin palabras. (…) En 1963 se publica un libro con parte de su obra, bajo el título Mundo Quino. Tiene una acogida favorable y a los pocos meses le piden la creación de una serie de historietas. Desempolva una que había realizado un par de años antes para una campaña comercial. Nace así Mafalda. Aparece a partir de noviembre de 1964, durante seis meses, en la revista semanal Primera Plana, en formato página y desde marzo de 1965 en tiras para la prensa diaria. El éxito es inmediato. Se publican recopilaciones primero en Argentina y luego en otros países. La fama del autor y su personaje sehace así internacional. Al cumplir la serie el octavo año, confesaba: Paso por períodos de gran cansancio, pero luego me da pena dejar Mafalda, al ver el interés que despierta. En 1973, se decide y la da por finalizada».

«Mafalda –le dirá QuinoOswaldo Soriano en La Opinión, en 1972– no es mi trabajo más importante. Me gusta más otro tipo de dibujo, el que hago para Panorama (…) Al principio, Mafalda era una niña que decía malas palabras, que llegaba a donde estaban su padre y su madre y les hacía preguntas y ellos respondían. Luego hubo necesidad de ampliarla y dibujé a Felipe, que era un contra-Mafalda. Después agregué a Manolito; todos entraron como contrapersonajes. El hermanito de Mafalda apareció porque un día estaba apurado y no se me ocurría nada. Entonces decidí poner que Mafalda iba a tener un hermanito y después tuve que seguir la idea».

«Mi drama –decía Quino en 1972– es que yo no tengo ideas políticas. Me sentiría muy feliz de poder creer en algo. Hay gente que dice que soy marxista, pero jamás leí a Marx«.

«La referencia a la década de los 60 y a la primera parte de la de los 70 –escribe Óscar Steimberg– no puede omitir el destaque del efecto social de una tira mundialmente difundida después: Mafalda (1964), de Quino (…). La pequeña protagonista y sus amigos conformaban un grupo con un cierto parecido con el de Peanuts, pero con diálogos más girados a la sátira social y a la crítica de las costumbres de los adultos. Durante muchos años, Mafalda fue el espejo ideológico de una parte de la amplia clase media argentina. Su componente narrativo tenía el ritmo y la sorpresa de los cartoons secuenciados que Quino ya imponía en la Argentina y en el exterior» («La historieta argentina desde 1960», Historia de los Cómics, Toutain Editor).

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Copyright de las imágenes de «Mafalda: Todas las tiras» (2011) y «¿Cómo va el planeta?» (2016) © Lumen. Cortesía de Random House Mondadori. Reservados todos los derechos.

Copyright de la imagen de «Todas las tiras las tiras de Mafalda» y de la biografía de Quino © Tusquets Editores. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")