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«El Loco Chávez» (1975), de Carlos Trillo y Horacio Altuna

La de periodista es una profesión de resonancias casi míticas. Los mismos profesionales del gremio se han encargado de revestir a su tarea de un aura heroica, invocando las hazañas de intrépidos reporteros de guerra o investigación. El cómic ha sido especialmente proclive a elegir a periodistas como protagonistas de las más inverosímiles aventuras. La lista de reporteros-viajeros en el mundo de las viñetas es largo e ilustre: Tintín, Brenda Starr, Spirou, Taxi, Frank Cappa, Johnny Focus, Ernie Pike…

Sin embargo, en la inmensa mayoría de los casos, el oficio periodístico es mucho más prosaico, menos heroico y más enraizado en la cotidianeidad de lo que aquellas viñetas reflejan. Es natural, por tanto, que a los autores de cómics les parezcan menos atractivas estas historias sin buenos ni malos, en las que las pequeñas miserias de la vida se sobreponen a las brillantes gestas y donde la capacidad de observación de la realidad resulta más importante que el talento fabulador.

Pero ése es, precisamente, el campo en el que se mueven con soltura los argentinos Carlos Trillo y Horacio Altuna con su personaje el “Loco” Chávez, un periodista porteño desenvuelto, incluso caradura, de aspecto corriente, aficionado –como tantos de sus compatriotas– al futbol y las mujeres hermosas, a veces con buen ojo para las personas, otras ridículamente torpe, pero siempre ejercitando la capacidad de observación, sensibilidad y empatía que deberían ser obligatorias en cualquier profesional de ese gremio.

El guionista argentino Carlos Trillo tuvo sus primeros contactos con el cómic desde la vertiente teórica y editorial del mismo a comienzos de los setenta, firmando libros como EL humor gráfico o La historieta y ejerciendo de redactor jefe de diversas revistas. Su primer guión, Un tal Daneri lo ilustra Alberto Breccia en 1974. Un año después, une su talento al de Horacio Altuna para crear El Loco Chávez.

Altuna, también argentino, comenzó en los cómics a mediados de los sesenta, publicando una larga serie de trabajos menores en diversas revistas y con varios guionistas que le ayudan a ir perfeccionando su dibujo de corte naturalista. Se introduce también en el mundo de la publicidad y consigue encargos de historietas para Inglaterra (editoriales Fleetway y Thompson) y Estados Unidos (Charlton). Serie negra, con guiones de Guillermo Saccomano, no sólo consolida su técnica narrativa, sino que le da a conocer en Europa.

En 1974 es convocado por Andrés Cascioli, director de arte de la revista Satiricón para ilustrar un guión de Carlos Trillo. Allí toman contacto, pues, los dos miembros de uno de los equipos creativos más exitosos de la época. Trillo en ese momento estaba yéndose con otro grupo para hacer una revista que se llamó “Mengano”. Allí el dúo se enteró de que el diario Clarín iba a reemplazar algunas de sus historietas, y deciden presentar una tira. Es aprobada y unos meses después, el 26 de julio de 1975, debuta la historieta que los haría famosos: El Loco Chávez.

El Loco es un periodista que, acompañado por una galería de pintorescos personajes, se ve envuelto en todo tipo de enredos. En una primera etapa, los autores, seducidos por el glamour del periodismo del que hablábamos al principio, llevaron al Loco a otros países y continentes para insertarlo en aventuras donde la fantasía, la aventura y la intriga jugaban un papel importante.

Sin embargo, al cabo de seis meses ya se habían percatado de que cuanto más grande era el escenario, menos se distinguía a los actores. Altuna, más interesado en devolver al personaje al ámbito de la realidad, comienza a colaborar en la elaboración de los guiones y el resultado fue devolver al Loco a Buenos Aires y rodearlo de situaciones cotidianas en las que lo importante eran los personajes, la forma en que se relacionaban unos con otros y la manera en que se enfrentaban a la vida. Era una apuesta arriesgada porque requería no sólo una aguda capacidad de observación de la realidad, sino la habilidad necesaria para trasladarla gráficamente de forma cercana y verosímil en el ámbito de un formato tan específico y exigente como el de la tira diaria.

Las andanzas de Chávez son realistas, pero aun cuando los temas a tratar sean delicados, nunca se renuncia al humor, un humor suave las más de las veces, ácido en otras, pero introducido y representado con elegancia, sin caer en el histrionismo o la sal gorda.

La tira pronto se convierte en un éxito nacional, hasta el punto de que no se cancelaría hasta el 10 de noviembre de 1987. Más de doce años de trayectoria, a razón de una entrega de cuatro viñetas por día excepto los miércoles, en los que se publicaba una página a todo color que narraba una historia independiente.

En esos doce años de colaboración diaria, unida a los álbumes que el dúo gestó en ese periodo, Horacio Altuna va implicándose cada vez más en los guiones que dibuja y aprende poco a poco a escribir de la mano de Trillo, hasta el punto de que a partir de 1982, cuando se traslada a vivir a España, la autoría de la tira es prácticamente suya.

El Loco Chávez, como todas las historietas producidas en Argentina en los largos años de la dictadura militar (poco después de su estreno, Videla dio el golpe de estado y se hizo con el poder), tuvo que lidiar con una censura tan esperable como irracional, pero no impidió que El Loco se transformara en un personaje tremendamente popular entre los dos millones de lectores que compraban el diario. Elevado a la categoría de icono nacional, incluso llegó a tener una serie de televisión (emitida por el Canal 11 en 1978) que, pese a su inmediato éxito, fue abortada al poco de nacer por el censor militar de turno, quien argumentaba que el talante mujeriego del protagonista y su falta de respeto hacia su jefe eran un mal ejemplo para los argentinos.

Releyendo las historietas recopiladas para la edición española que realizó Norma Cómics en su colección B/N, uno puede comprender fácilmente las causas por las que el Loco caló tan hondo entre sus compatriotas. Se trata de narraciones con un componente humano y social notable, capaces de llegar al ciudadano medio con el verismo y la cercanía necesarios y están aderezadas con las dosis de humor y erotismo suficientes para que quien buscara un simple entretenimiento quedara igualmente satisfecho. Y todo ello en un momento político, el de la dictadura, en el que este tipo de enfoques estaban sujetos a un severo escrutinio.

Altuna resuelve con un magnífico oficio el apartado gráfico (especialmente teniendo en cuenta que a veces dibujaba la tira de un día para otro). Su talento le permite introducir un elenco amplio y variado de personajes muy diferenciados físicamente, bien insertos en las localizaciones elegidas y sin caer en arquetipos… a excepción, eso sí, de sus mujeres que–como siempre ha hecho en sus obras– tienden a encarnar la fantasía masculina de Lolita: mujeres de rostro inocente y curvas exuberantes. En una época de pacatismo y censura, Altuna supo transmitir una intensa carga sensual y erótica sin llegar a mostrar nunca un desnudo. Ese talento ya nunca le abandonaría en su obra.

Lo cierto es que de todos los ingredientes habituales en El Loco Chávez (y por extensión en las historietas de Altuna), el erotismo es quizá el más prescindible de todos y el que trivializa más las historias al introducir mujeres innecesariamente esculturales sin mayor función que la del disfrute visual del lector diario.

Quizá sean servilismos necesarios cuando se quiere llegar a un público amplio y heterogéneo, pero a pesar de que Altuna sea uno de los dibujantes que mejor plasma a las mujeres (sobre todo si carecen de ropa), su uso como objetos meramente decorativos devalúa las historias en la medida en que diluye su intensidad narrativa. Aun así, se trata de narraciones interesantes, con personajes tridimensionales y dibujadas por un Altuna en estado de gracia, capaz de materializar sobre el papel cualquier cosa que el guionista tenga a bien imaginar.

Resulta difícil saber en qué porcentaje los indudables meritos de El Loco Chávez se deben a Horacio Altuna y qué grado de participación tuvo Carlos Trillo en la misma, pero es indiscutible que constituye uno de los más brillantes trabajos de la pareja y un excelente ejemplo del difícil arte de la cómic strip, formato a través del cual se valió la historieta durante sus primeros años para crecer y desarrollarse como lenguaje narrativo independiente.

El Loco Chávez llegó a su final en 1987. Para entonces, Altuna llevaba viviendo cinco años en España y cada vez se sentía más desconectado de una Argentina que experimentaba muchos cambios, pero no tantos respiros, puesto que la caída de la dictadura y la reinstauración de la democracia no consiguió aliviar el declive económico. Altuna ya no vivía de primera mano esos acontecimientos, no tomaba el pulso de la calle, no escuchaba a sus compatriotas ni compartía con ellos sus vivencias y, en un alarde de honestidad, decidió poner punto y final a la tira aun cuando ésta seguía conservando una inmensa popularidad en su país.

Cuarenta años después de su nacimiento, El Loco Chávez no ha perdido nada de su humanidad, su humor sarcástico y su proximidad no sólo al alma argentina, sino a cualquiera que viva en el mundo del hombre medio, del empleo corriente y las satisfacciones sencillas.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de viñetas y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".