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«El Invencible» (1964), de Stanisław Lem

Hoy en día, la industria cultural ha convertido en modelo a imitar una ciencia ficción hecha para eternos preadolescentes. De todas las criaturas que pueblan ese catálogo, los mutantes con poderes y los héroes de la space opera encarnan la utopía que mejor venden ‒una y otra vez‒ los fabricantes de éxitos.

Hollywood y los editores de libros y cómics saben cómo cultivar este placer de la repetición. Atentos a las rutinas del mercado, reprograman una y otra vez los mismos estereotipos, juegan con estructuras repetitivas, y sobre todo, mantienen la ilusión de que su meticuloso corta y pega es todo un ejercicio artístico.

Estos modeladores del gusto masivo, por suerte, no han acabado con la buena ciencia ficción. Sin embargo, aunque hay autores actuales que aún sacan partido a esa exploración del género, uno siempre tiende a lo seguro. En este sentido, volver a los clásicos es una costumbre que, dentro de lo que cabe, nos libra de la decepción.

Entre estos clásicos, hay uno que tenía muy claro cómo hacer las cosas: el polaco Stanisław Lem, responsable de novelas tan míticas como Solaris. A Lem también hemos de agradecerle otra obra quizá no tan imponente, pero muy atractiva: El Invencible (Niezwyciężony, 1964).

Un factor decisivo para recomendar su lectura es, claro está, la soberanía narrativa de Lem, un escritor que alterna inteligencia y expresividad. Desde luego, los seguidores del novelista saben que su fórmula también incluye otros dos ingredientes: filosofía de altura e imaginación científica. Como ven, poco más se puede pedir.

El Invencible nos cuenta la expedición que emprende la nave del mismo nombre en busca de otro crucero sideral, El Cóndor, cuya suerte se desconoce. Cuando los tripulantes de El Invencible dan con los restos de dicha astronave en las arenas de Regis III, deben investigar qué extraña forma de vida habita en ese planeta desértico.

Aún quedan supervivientes, pero su estado mental impide aclarar la tragedia. Las últimas anotaciones de la bitácora de El Cóndor mencionan «una gran cantidad de moscas». Sin embargo, pronto comprobaremos que los alienígenas no son insectos.

En realidad, se trata de nanobots alienígenas (en palabras del autor, unos «sistemas metálicos autorganizados», que aprendieron a «luchar por la supervivencia, por la existencia»).

Ni que decir tiene que ese aprendizaje de los microrobots es, a todos los efectos, un proceso evolutivo de los organismos inanimados. Es decir, una «necroevolución» o «evolución inversa». Vean cómo la describe Lem por boca de uno de los personajes: «Los mecanismos más desarrollados que aterrizaron en Regis ‒escribe‒ obtenían energía de sus propias reservas radiactivas, pero los más sencillos, por ejemplo pequeños mecanismos de reparación podían tener baterías que se cargaban con energía solar. De ser así, habrían sido sumamente privilegiados en comparación con los otros. (…) Aquí se produjo una evolución inanimada de un carácter muy peculiar, activada por unas condiciones excepcionales que fueron fruto de la casualidad».

No voy a adelantarles ninguno de los misterios a los que se enfrenta el equipo de El Invencible. Digamos que esos enjambres de nanobots tienen algo de impulso ancestral, pero también son un poder inexorable, desafiante para los humanos. Su inteligencia colectiva es solo una de las muchas cualidades que convierten a esta especie «mecánica» en algo que nos parece tan perturbador como incomprensible.

Me recuerda esto último una reflexión que escribió Carl Sagan en Cosmos (1980): «No puedo deciros qué aspecto tendría un ser extraterrestre. Estoy terriblemente limitado por el hecho de que sólo conozco un tipo de vida, la vida de la Tierra. (…) Todo organismo es del modo que es debido a una larga serie de pasos, todos ellos improbables. (…) El estudio de un único caso de vida extraterrestre, por humilde que sea, desprovincializará a la biología».

Conste, por cierto, antes de seguir, que este y otros conceptos de la novela podrían dar lugar a una buena película. De momento, la única adaptación de la que tengo noticia es el cómic Niezwyciężony, de Rafał Mikołajczyk (Booka, 09/12/2019).

Hay tramos en los que El Invencible parece narrativa de no ficción. Uno sigue cada detalle ‒las maniobras tecnológicas, la elegante investigación científica…‒ como si Lem estuviera describiendo hechos reales.

Esa sensación tan vívida ‒y tan placentera para el lector‒ nos permite participar plenamente de una aventura cósmica que, como ya apunté, tiene una robusta dimensión moral e intelectual.

Sinopsis

Traducción de Abel Murcia y Katarzyna Mołoniewicz

El Invencible es un enigma brutal, una aventura maravillosa repleta de descripciones inmejorables en un planeta tan extraño como peligroso. Discusión ética o excusa ecológica, la novela relata las consecuencias del abuso de las tecnologías y su consiguiente impacto en un futuro más próximo de lo que somos capaces de imaginar.

El Invencible es el nombre de la enorme nave interestelar que parte hacia el encuentro de su gemela, la impresionante y guerrera Cóndor. Esta última, perdida en Regis III, un aislado y deshabitado planeta, provocará oleadas de angustia vital tanto en los que sobrevivieron como en aquellos que acuden en su ayuda de manera abrupta, devastadora y violenta.

Nanobots, viajes en el espacio, inteligencia de enjambres y evolución artificial se citan en este relato despiadado y atroz de supervivencia humana. El cosmos es en El Invencible el centro del pensamiento humano. La utopía del hombre, la búsqueda de la verdad y la importancia de diferenciarnos de los demás seres del universo son solo la punta del iceberg del gran desafío misterioso y cruel que nos proponen la existencia y nuestra incapacidad de no poder conquistarlo todo.

Stanisław Lem nació en la ciudad polaca de Lvov en 1921, en el seno de una familia de la clase media acomodada. Aunque nunca fue una persona religiosa, era de ascendencia judía. Siguiendo los pasos de su padre, se matriculó en la Facultad de Medicina de Lvov hasta que, en 1939, los alemanes ocuparon la ciudad.

Durante los siguientes cinco años, Lem, miembro de la resistencia, vivirá con papeles falsos y se dedicará a trabajar como mecánico y soldador, y a sabotear coches alemanes. En 1942 su familia se libró de milagro de las cámaras de gas de Belzec. Al final de la guerra, Lem regresó a la Facultad de Medicina, pero la abandonó al poco tiempo debido a diversas discrepancias ideológicas y a que no quería que lo alistaran como médico militar. En 1946 fue «repatriado» a la fuerza a Cracovia, donde fijaría su residencia. No tardaría demasiado en iniciar una titubeante carrera literaria. Se considera que su primera novela es El hospital de la transfiguración (Impedimenta, 2007), escrita en 1948 pero no publicada en Polonia hasta 1955 debido a problemas con la censura comunista. De hecho, esta novela fue considerada «contrarrevolucionaria» por las autoridades polacas. No fue hasta 1951, año en que publicó Astronautas (Impedimenta, 2016), cuando por fin despegó su carrera literaria. Las novelas que escribió a partir de ese momento, pertenecientes en su mayoría al género de la ciencia ficción, harían de él un maestro indiscutible de la moderna literatura polaca: Edén (1959), La investigación (1959; Impedimenta, 2011), Memorias encontradas en una bañera (1961), Solaris (1961; Impedimenta, 2011, por primera vez en traducción directa del polaco), Relatos del piloto Pirx (1968), La Voz del Amo (1968; Impedimenta 2017) o Congreso de futurología (1971). Cabe también destacar el conjunto de relatos Máscara (Impedimenta, 2015). Lem fue, asimismo, autor de una variada obra filosófica y metaliteraria. Destaca en este ámbito, aparte de su obra Summa Technologiae (1964), la llamada «Biblioteca del Siglo XXI», conformada por Vacío perfecto (1971; Impedimenta, 2008), Magnitud imaginaria (1973; Impedimenta, 2010), Golem XIV (1981; Impedimenta, 2012) y Provocación (1982, de próxima publicación en Impedimenta). Lem fue miembro honorario de la SFWA (Asociación Americana de Escritores de Ciencia Ficción), de la que sería expulsado en 1976 tras declarar que la ciencia ficción estadounidense era de baja calidad. Falleció el 27 de marzo de 2006 en Cracovia, a los ochenta y cuatro años de edad, tras una larga enfermedad coronaria.

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

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Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.