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El hincha y el intelectual

Me parece propio de paletos –muy paletos– establecer una dualidad excluyente entre deporte y cultura. En apariencia, si vibras con un partido de fútbol, eso significa que eres un cenutrio, incapaz de llorar con una ópera. Y si te emocionan un buen libro o una película, se supone que tienes que hacer gala de un odio visceral hacia cualquier cosa que huela a un balón, porque el mundo se divide en cultos e incultos, y el cerebro humano –ya se sabe– explota si uno intenta sacarle el jugo a la cultura y también al deporte…

Pues sí. Hay mucha gente que piensa así. Y se lo creen. Claro que aún es peor cuando, en muchos casos, este prejuicio se convierte en una pose. Les hablo de una actitud mental que es muy propia de Aquí. Porque para ser un intelectual –dicen– hay que detestar cualquier cosa que tenga que ver con el ejercicio físico.

Esta confusión, como ustedes seguramente saben, no sería admisible en la cultura anglosajona. Norman Mailer pudo escribir, sin justificarse por ello, El combate, su relato sobre la pelea entre Ali y Foreman en 1974. Woody Allen o Spike Lee, seguidores acérrimos de los Knicks de Nueva York, también confirman que se puede alternar la pasión por el deporte y la actividad cultural, y seguir viviendo tranquilamente…

Por suerte, hay figuras de nuestro país que siguen esa misma línea. Plácido Domingo, premiado con la medalla de oro y brillantes de la Federación Española de Fútbol por su apoyo durante treinta años a la selección, es igualmente capaz de disfrutar de ambos mundos sin complejos ni excusas estúpidas.

En todo caso, me quedo con esta reflexión a propósito del fútbol que nos deja el escritor Nick Hornby en Fiebre en las gradas. «¿Por qué –se pregunta– ha resistido casi un cuarto de siglo esa relación que comenzó siendo simple capricho de colegial, más incluso que ninguna otra relación que haya trabado yo de forma voluntaria y con pleno conocimiento de causa?». Su respuesta es la misma que muchos podríamos darnos: «A mí –dice Hornby– me ha quedado clarísimo que mi devoción por el equipo dice mucho de mi carácter y de mi historia personal, pero el modo en que suele consumirse este deporte al parecer proporciona informaciones de toda clase acerca de nuestra sociedad y nuestra cultura».

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Pedro Luis Barbero

Pedro Luis Barbero

Pedro Luis Barbero es guionista y director de cine y televisión. "Tuno negro" (2001), su primera película, se convirtió en el debut más taquillero de ese año en el nuestro país. Para la pequeña pantalla destaca por haber escrito y dirigido el programa Inocente Inocente con el que consiguió el Premio Ondas, así como diversas series como "Impares" (2008) o "¡Viva Luisa!" (2008). En 2016 rodó el largometraje "El futuro ya no es lo que era".