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El destino de Cristóbal Colón

El 20 de mayo de 1506, moría Cristóbal Colón. Dicen quienes le conocieron que era alto y delgado. De nariz aguileña y ojos garzos, sus cabellos habían encanecido prematuramente. Cuentan que era afable con los extraños y suave con los conocidos. De hablar sobrio y discreta conversación, todos coinciden en afirmar que era dueño de un secreto que ni a sus patrocinadores podía revelar.

Durante toda su vida se esforzó por borrar las pistas que condujeran a sus verdaderos orígenes y auténtica personalidad. Sus primeros biógrafos le hacen genovés, hijo de un tejedor que hacía las veces de guardián en la Torre y Puerta dell’Olivella y que terminó regentando una taberna en la villa de Savona.

El hombre que abrió nuevos horizontes a la vieja Europa, que puso ante ella un mundo nuevo, no quería acabar sus días cardando lana o vendiendo frascas de vino. Así pues, decidió tomar las riendas de su vida y, apenas despuntada la adolescencia, se inició en las artes de la marinería, oficio para el que pronto mostró maña y talento.

Navegó por el Mediterráneo, unos dicen que como corsario, otros que como agente comercial de la Señoría de Génova. Un feroz combate, frente al Cabo de San Vicente, dio con sus huesos en una playa lusitana. Fue así, de una manera providencial, como llegó al país que en aquel entonces era vanguardia de los descubrimientos náuticos en todo el litoral africano.

Su pasión por el mar no le dejó mucho tiempo varado en tierra firme. Conocido ya el Mediterráneo, se decidió a explorar las costas atlánticas. Primero Inglaterra y la lejana Thule. Luego el cabo Bojador y los tórridos litorales guineanos. Años de navegación que le curtieron como experto marino y consumado conocedor de los mares más frecuentados por los europeos de su tiempo.

Fue entonces cuando decidió poner en marcha su plan, ese que había estado elaborando durante años, mientras surcaba las azules aguas de su Mediterráneo natal. Tenía los conocimientos precisos, la experiencia apropiada. Sólo necesitaba un mecenas que financiase su proyecto. Seis años tardó en conseguirlo, apenas dos meses en demostrar y demostrarse que todo era cierto: Cristóbal Colón había nacido para la Historia.

El 12 de octubre de 1492 Cristóbal Colón no descubrió América: se topó de bruces con ella. En realidad, lo que Colón iba buscando era una ruta alternativa hacia las míticas islas de las especias, donde se producía el clavo, la pimienta, la nuez moscada, el jengibre, la canela o el anís estrellado.

Unas especias que, procedentes del Lejano Oriente, volvían locos a los europeos desde los tiempos del Imperio Romano. Especias que llegaban a Europa a través de una larga ruta marítima por todo el Océano Índico y el Mar Rojo. Una ruta controlada por mercaderes musulmanes hasta arribar a las costas de Constantinopla o de Egipto, donde comenzaba el control de los mercaderes cristianos, que cubrían la última parte del trayecto hasta Venecia, donde la todopoderosa Serenissima Repubblica se encargaba de la venta y distribución por las principales plazas europeas.

Así fue hasta que, a finales del siglo XV, dos reinos cristianos hermanos, Castilla y Portugal, deciden emprender, a la par, una epopeya sin igual: acceder directamente al centro productor, llegar a las islas de las especias, librarse de intermediarios musulmanes. Dos reinos hermanos curtidos, durante siglos, en la lucha por liberar su territorio de la invasión musulmana. Dos reinos cristianos que financian las aventuras de los más locos marinos de la Historia y se reparten el mundo en dos mitades: la navegación por las costas africanas y asiáticas para Portugal, el desconocido Mare Tenebrosum para Castilla.

Y fue así como un loco Colón convenció a una cristianísima reina para atravesar ese océano desconocido, seguro como estaba de que ésa era la ruta más corta para llegar a la Especiería. No contaba con encontrarse, a mitad de camino, con una inmensa masa continental, que bloqueaba el acceso a su verdadero objetivo.

(Que no te cuenten historias… descúbrelas tú).

Imagen superior: Isabel la Católica en tanto en cuanto «patrona» de Cristóbal Colón… Los ingleses todavía están tirándose de los pelos de las barbas por no haber aceptado el ofrecimiento de Bartolomé Colón. Ambos hermanos se ofrecieron a todos los reyes de la Cristiandad… ¡sólo una mujer aceptó el reto!

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Mar Rey Bueno

Mar Rey Bueno

Mar Rey Bueno es doctora en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid. Realizó su tesis doctoral sobre terapéutica en la corte de los Austrias, trabajo que mereció el Premio Extraordinario de Doctorado.
Especializada en aspectos alquímicos, supersticiosos y terapéuticos en la España de la Edad Moderna, es autora de numerosos artículos, editados en publicaciones españolas e internacionales. Entre sus libros, figuran "El Hechizado. Medicina , alquimia y superstición en la corte de Carlos II" (1998), "Los amantes del arte sagrado" (2000), "Los señores del fuego. Destiladores y espagíricos en la corte de los Austrias" (2002), "Alquimia, el gran secreto" (2002), "Las plantas mágicas" (2002), "Magos y Reyes" (2004), "Quijote mágico. Los mundos encantados de un caballero hechizado" (2005), "Los libros malditos" (2005), "Inferno. Historia de una biblioteca maldita" (2007), "Historia de las hierbas mágicas y medicinales" (2008) y "Evas alquímicas" (2017).