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«Dylan Dog: Los muertos de la noche» (Kevin Munroe, 2011)

En esta decepcionante producción, los personajes y los escenarios recuerdan el legendario cómic en el que se inspira, pero el tono y el ritmo se alejan definitivamente del Dylan Dog de las historietas. De hecho, detrás de este espectáculo juvenil se ocultan referencias más inmediatas a teleseries como True Blood y Buffy Cazavampiros.

Aviso a los recién llegados: Dylan Dog es un memorable cómic italiano, creado en 1986 por Tiziano Sclavi para el editor Sergio Bonelli. El tebeo se ambienta en escenarios londinenses, y nos presenta al clásico investigador de lo sobrenatural, enfrentado a toda suerte de criaturas de la noche, desde licántropos a muertos vivientes.

El primer portadista de la serie, Claudio Villa, dibujó a Dylan Dog inspirándose en el rostro y las maneras de Rupert Everett. Ese es el motivo por el que en 1994 Michele Soavi contó con Everett para que protagonizase Mi novia es un zombie (Dellamorte Dellamore, 1994), adaptación de una novela del propio Tiziano Sclavi en torno a Francesco Dellamorte, un personaje que ya había aparecido en un número especial de Dylan Dog: Orrore nero (julio de 1989).

Para que los fans se sintieran satisfechos, Everett iba ataviado con las típicas ropas oscuras de Dog.

En Dylan Dog: Los muertos de la noche (Dylan Dog: Dead of Night), Kevin Munroe adapta el cómic italiano al gusto estaodunidense, y ello plantea ciertos problemas para quienes guardamos los viejos números del tebeo como si fueran un objeto de culto.

Para empezar, la acción se traslada de Londres a Nueva Orleans, y uno de los personajes fetiches de la serie, Groucho –un imitador de Groucho Marx que pierde la memoria y acaba creyéndose su propia imitación–, desaparece del guión por una cuestión de derechos de imagen.

Dado que Groucho es el ayudante del héroe y su ausencia es llamativa, a los guionistas se les ha ocurrido sustituirlo por un tipo llamado Marcus Deckler (Sam Huntington): un muerto viviente que funciona –es un decir– como alivio cómico de la historia.

Antes de pedir la hoja de reclamaciones, el espectador debe tener en cuenta que los autores de dicho guión son Thomas Dean Donnelly y Joshua Oppenheimer, culpables del lamentable remake de Conan el Bárbaro.

Aunque tenga sus detractores, Brandon Routh es un impecable actor. Ya lo demostró en Superman Returns y vuelve a acreditarlo en esta ocasión, pese a que sus líneas de diálogo como Dylan Dog no sean todo lo inteligentes que cabría esperar. Eso sí: luce la camisa roja y la chaqueta negra como nadie.

El punto de partida es puro cliché. Una bella joven, Elizabeth (Anita Briem), contrata a Dylan para que investigue la misteriosa muerte de su padre. Un pelo de licántropo le pone sobre la pista. Gabriel, el líder de los hombres lobo (encarnado con inquietante soltura por Peter Stormare), y Vargas (Taye Diggs), el jefe del clan de los vampiros, se encargan de poner palos en las ruedas de esta oscura pesquisa criminal.

Quienes pretendan respirar en el film el aire melancólico y ensoñador del cómic, pueden esperar sentados. Dylan Dog: Los muertos de la noche sustituye el humor negro y el romanticismo del original por la acción, los toques de comedia y los efectos especiales.

Aunque nivelemos nuestra exigencia y valoremos el film como un ejemplo de serie B, lo cierto es que esta es una producción torpe y olvidable.

En el lado positivo de la balanza solo podemos poner los vistosos trucos de maquillaje de Harvey Lowry y Martin Astles.

Sinopsis

La precaria tregua entre los distintos ejércitos de los muertos está a punto de romperse, y Nueva Orleans será el campo de batalla, a menos que un hombre sea capaz de resolver un misterio, preservar la paz y conservar su vida…
Brandon Routh es el protagonista en el papel de Dylan, un detective, digno de una novela negra, que se alejó del mundo de vampiros, zombies y hombres lobo cuando perdió al amor de su vida. Nuestra historia comienza cuando una misteriosa dama en apuros, Elizabeth (Anita Briem) le contrata para resolver la turbia muerte de su padre. Cuando Dylan encuentra un pelo de hombre lobo en la escena del crimen, enseguida se da cuenta de que ha vuelto al mundo de los «no vivos». Inicialmente, Dylan trata de rechazar el caso pero, cuando su mejor amigo Marcus (Sam Huntitngton) es asesinado y se convierte en zombie, nuestro héroe se ve obligado a actuar.

En busca de respuestas, Dylan se enfrenta a viejos amigos y enemigos. Como Gabriel, el líder de los hombre lobo (Peter Stormare), que sigue mostrando respeto por Dylan pero le ruega que siga retirado. Vargas (Taye Diggs), el jefe del clan de los vampiros, resulta estar más disgustado aún por su reaparición y se lo deja claro lanzándole una horda de sanguinarios vampiros para liquidarle antes de que perturbe su plan para la dominación vampírica.

Ahora, Dylan, Marcus y Elizabeth están en una carrera a contrarreloj para encontrar un objeto antiguo, de maldad incalculable, que podría desmoronar el equilibrio entre los dos mundos (el humano y el de los muertos) y, literalmente, desencadenar el infierno en la tierra.

Siempre que se venden 56 millones de copias de un cómic, sabes que se ha tocado una fibra sensible. Dylan Dog es uno de esos cómics. Creado por el italiano Tiziano Sclavi, Dylan Dog tiene lugar en una parte oscura, misteriosa y peligrosa del Londres actual. La serie de cómics es tratada con tanta veneración en Italia, y otros lugares de Europa, que ha tomado un cariz de objeto de culto que crece día a día. Dylan Dog se publicó por primera vez en Italia en 1986 por Sergio Bonelli Editore y sigue siendo popular, ya va por el número 284 –con veinticuatro años continuos de publicación –; no hay muchos casos de cómics, en cualquier parte del mundo, con tantos números publicados.

El mundo de Dylan Dog es una metáfora compleja de nuestra propia sociedad con un giro dramático: ciertos monstruos conviven con nosotros en secretos. ¿Alguna vez te has preguntado si la persona que tienes al lado es, realmente, parte de tu mundo? Puede que parezcan CASI similares a ti; actúen CASI como tú, pero sientes que hay algo que no encaja y no sabes exactamente qué es. Trabajan en las jornadas más tardías, en almacenes, en trabajos que les permite permanecer en las sombras y mantenerse alejados de la luz diurna. Son las criaturas de la noche que viven y trabajan junto a nosotros y, generalmente, nos dejan en paz. Y sí, ocasionalmente, rompen sus propias leyes, así como las de la sociedad, matándose entre ellos y a ciertos «civiles» desprevenidos y desafortunados.

Dylan Dog es el único detective privado del mundo de los muertos con una tarjeta profesional que dice literalmente «investigador de lo paranormal: sin pulso, sin problema». Es tan bravucón como Indiana Jones y tan inteligente como Ben Cates – Dylan está dispuesto a ir donde no va ningún otro mortal enfrentándose por igual a amigos y enemigos, hasta que se haga justicia. A pesar de conocer todos los secretos y rivalidades de este submundo, está cada vez más convencido, como cualquier persona normal, que cuanto menos tenga que ver con ellos y sus problemas, mejor. Sin embargo, alguien o algo siempre le arrastra de vuelta al oscuro mundo de los muertos.

Las aventuras de Dylan siempre han contado con los elementos tradicionales del género del terror, con sus numerosos «tributos» a los monstruos clásicos (es decir, Frankenstein, el hombre lobo, Drácula y muchos más), pero también han cuestionado la condición humana: frecuentemente poniendo a Dylan en una situación que apunta al monstruo real, la humanidad misma.
Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Copyright de las imágenes © Hyde Park Entertainment, Platinum Studios Inc., y Omni lab Media Group. Cortesía de TriPictures. Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Colaborador de "La Lectura", revista cultural de "El Mundo". Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Álbum Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.