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Harrison Ford y Rachel McAdams nos hablan sobre «Morning Glory»

Madrid, 13 de enero de 2011.- Harrison Ford, Rachel McAdams y el realizador Roger Michell nos visitan para promocionar su película Morning Glory, una comedia que explora el mundo de la televisión matinal. Con ellos hablamos de temas tan variados como el periodismo, la ambición y la luz de Manhattan.

En lo que se refiere a la comedia, Hollywood está hoy muy por debajo de su pleno rendimiento. Las últimas comedias románticas, con sus empalagosos escenarios y su creciente falta de interés, han ido erosionando una fórmula que en otro tiempo fue un valor seguro para el público adulto.

Por suerte, Morning Glory demuestra que aún es posible conquistar a una audiencia exigente, deseosa de disfrutar con buenos diálogos, glamour y personajes con carisma, sin que por ello haga falta renunciar a la comercialidad.

¿Cuál es la diferencia entre una comedia de los años cuarenta y su equivalente actual? Seguramente, desde un punto de vista juvenil apenas hay diferencia, pero si nos fijamos en ese público que ya dejó atrás la adolescencia, son dos cosas muy distintas. Tan distintas como un diálogo ingenioso y un chiste fácil. Cuando le pregunto a Harrison Ford por esa cuestión, la singularidad de Morning Glory –una película chispeante, fiel a sus referentes clásicos– se pone, una vez más, de manifiesto.

«Como sabes –me dice el actor–, el cine es un negocio. Realizas películas con la intención de atraer a una determinada audiencia… Y bueno, es verdad que un gran número de comedias actuales están escritas con el deseo de agradar a los espectadores más jóvenes. Me refiero a una audiencia adolescente que quizá esté menos interesada en los diálogos ágiles e incisivos. Su sentido del humor es distinto. Y por eso mismo, lo que aprecié en el guión que Aline Brosh McKenna escribió para Morning Glory era su calidad lingüística y su inteligencia, no sólo a la hora de emplear los recursos de la comedia sino a la hora de definir los personajes… Lo cierto es que aprecio mucho la oportunidad de haber intervenido en un proyecto como éste».

En la película que dirige Roger Michell, Ford da vida a Mike Pomeroy, una leyenda del periodismo clásico cuyo talento solo es equiparable a su mal carácter. Su personaje sirve al realizador para introducir un panorama de lo que hoy son los medios de comunicación de masas.

Sin salirse de los márgenes de la comedia, Morning Glory reflexiona sobre algunos cambios que han modificado sustancialmente el universo informativo. Sin duda, este es un área rica en dobles sentidos y que se presta al debate.

«Hay muchos periodistas responsables –nos dice el actor– que aún desempeñan actualmente esta profesión. Lo que siempre he admirado de los buenos periodistas es la objetividad e imparcialidad… Ahora hay una nueva versión de los noticiarios que guarda más relación con el marketing que con el periodismo, y que se dirige a una audiencia con prejuicios políticos muy definidos. De ese modo, el público se limita a reafirmar sus propias convicciones y se siente cómodo con el discurso ideológico del periodista. A mi modo de ver, eso no es algo saludable para la sociedad, porque fomenta la disensión y la polémica inútil, en lugar de apoyar las ambiciones más nobles de la comunidad política».

Harrison Ford habla despacio, eligiendo cuidadosamente las palabras. Acaba de ponerse unas gafas que le dan a su aspecto una pátina de inteligencia, como si fuera un escritor que hubiese elaborado un discurso para la recepción de un premio (A estas alturas, algún mitómano ya estará recordando cómo entraba en el aula el profesor de arqueología Henry Walton Jones Jr.).

La degradación de una parte de la prensa es un buen tema, pero está claro que Roger Michell prefiere hablar de todo ello con la misma cautela y diplomacia con que lo hace Harrison Ford.

«Esta no es una película sobre el periodismo en general –aclara el cineasta–, sino sobre un género muy particular de la televisión: el magazine matinal. Comparar un programa de este tipo con un noticiario es como comparar un pez y una bicicleta… Hay muchas cuestiones en las que está cambiando el mundo informativo: la fragmentación, el modo en que las noticias se van volviendo más y más difusas, las nuevas plataformas que conducen a la emisión de noticias durante las veinticuatro horas del día, o la carencia o no de imparcialidad que ha mencionado Harrison… Todos estos asuntos –muy importantes y de gran calado– pueden servir de base para un buen número de películas, pero no es el caso de la nuestra. Morning Glory solo se concentra en los ingredientes que componen un programa matutino de televisión».

«Uno de los temas de la película –añade Ford–, obviamente planteado en el esquema de la comedia, es que la ambición es un asunto peligroso, que puede llegar a anular nuestra vida personal. En el filme, esa ambición se refiere más bien al personaje que interpreta Rachel, esta joven productora que quiere abrirse paso en el mundo de la televisión».

Mientras habla Harrison Ford, Rachel McAdams le escucha atenta, con una sonrisa, como si alguna genialidad estuviera a punto de salir de la boca del actor.

La actriz ofrece una naturalidad sin reservas: una frescura con clase, que uno identifica con actrices de otra época. McAdams, que se pasea a su antojo por todos los géneros con un talento cada vez más afinado, habla con humildad de su trabajo y parece divertida con algunos de los esfuerzos que le ha exigido rodar Morning Glory.

«Estuve investigando para preparar el papel en distintos programas matinales de Nueva York –nos dice–. Tuve que acompañar a una productora a uno de estos espacios… Pero me citó a las dos y media de la mañana. La verdad es que yo pensaba que estaba bromeando. Pero no era así. Todos los que trabajan en este tipo de programas toman muchísimo café. Incluso hubo quien me preguntó dónde se podía tomar un buen entrecot a las diez de la mañana. Para ellos esa es la hora de cenar».

J.J. Abrams, el productor de la cinta, hizo todo lo posible para que Roger Michell pudiera rodarla en Nueva York. Esto tuvo como resultado algunos momentos que pasan a formar parte de la magia del cine.

«Rodar una película es algo especialmente duro –dice Michell–, y no te da tiempo a pensar en algo que no sea el rodaje. En todo caso, sí que recuerdo un momento sublime… Fue la toma final de la película… En ella aparece gente caminando mientras el sol se pone en Manhattan. Logramos captar un fenómeno que se llama Manhattanhenge. Ocurre una vez al año. El sol poniente se alinea en un ángulo perfecto con las calles este y oeste. Recibe su nombre del monumento prehistórico de Stonehenge, en Inglaterra, donde el sol también se alinea con las piedras en los solsticios. Es un momento de gran intensidad… algo casi espiritual. Estuvimos mucho tiempo preparando esa filmación, situando el equipo en el lugar adecuado. Las nubes cubrían el horizonte, y pensábamos que todo aquello sería una pérdida de tiempo. De forma milagrosa, cinco minutos antes de apagarse el día, el cielo se despejó… y aquella luz magnífica resplandeció ante nosotros. Fue algo glorioso».

Rachel McAdams se deshace en elogios al resto del reparto. «Me encantó ver a Harrison y a Diane Keaton actuando juntos –dice–. No sabía que era la primera vez que coincidían en una película. Había una química increíble entre ellos dos».

Lo cierto es que Ford aún conserva sus señas de identidad. El paso de los años, como sucede con los grandes galanes, no le ha hecho pensar en el retiro. Muy al contrario. Sigue en el negocio y parece empeñado en seguir el ritmo que le impone su hijo de nueve años. Tras el estreno de su próxima película –el western de ciencia-ficción Cowboys y Aliens– tiene anotado en su agenda otro proyecto del que, por fuerza, había que hablar hoy. Un proyecto que tiene mucho que ver con dos viejos amigos suyos, Spielberg y Lucas.

«No… no creo que supusiera un problema físico volver a dar vida a Indiana Jones –confiesa, complacido–. Y desde luego, estaría interesado en interpretar de nuevo al personaje si contamos con el guión adecuado. Un guión que nos agrade a Steven, a George y a mí»

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Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Colaborador de "La Lectura", revista cultural de "El Mundo". Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Álbum Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.