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Diez motivos para que no te pierdas «Kong: La isla calavera» («Kong: Skull Island», 2017)

Todavía tiemblo al pensar lo bien que me lo he pasado viendo Kong: la Isla Calavera. Es probablemente la película blockbuster de Hollywood que más he disfrutado en los últimos años: una aventura terrorífica que no defrauda y tampoco traiciona la naturaleza indomable del mítico personaje. Aquí van algunas de las claves por las que la he disfrutado como un niño, sudado de adrenalina y cagado de miedo.

Sólo un consejo previo más: ¡¡¡vayan a verla en 3D!!!

10. La mejor película de monstruos made in Hollywood

Olvídense de Parque Jurásico y secuelas: los monstruos de Kong: la Isla Calavera no tienen parangón. El hiperrealismo de estas fantásticas criaturas es tal que despiertan una amplísima gama de sentimientos en el espectador: desde el horror a la maravilla, de la ternura al asco. Una galería de animales hermosos y bichos horribles que hace que quieras seguir y seguir y seguir explorando ese universo junto a sus protagonistas.

9. Una aventura desde el terror

Uno de los grandes aciertos del filme, desde el impactante prólogo (¡esas manazas!) a todo el desarrollo dramático en crescendo, estriba en su apuesta (lograda) por aterrorizar al público. Los bichos subterráneos resultan repugnantes y letales al mismo tiempo; estén o no desarrollados psicológicamente los personajes humanos sobre el guion  (en su mayoría, no lo están: aún me pregunto qué estaría pensando esa chica japonesa durante todo el metraje… ¿o la cualidad enigmática era parte de su personalidad?), lo cierto es que sufrimos por sus vidas, lo cual no resulta tan sencillo de lograr dentro de la vorágine de historias, avalancha de imágenes, y “rutina de la espectacularidad” que padecemos hoy día por culpa de una tremenda saturación de oferta audiovisual. Pero es que la película empieza jugando fuerte… y de ahí ya no para hasta el final.

8. Está dirigida a la perfección

¿Quién demonios es Jordan Vort-Roberts? Su filme de 2013 The Kings of Summer ganó cierta respetabilidad en el circuito independiente, con nominación al Gran Premio del Jurado en Sundance incluida, pero su vuelo internacional no fue muy relevante. Si a ello le sumamos la dirección y producción de algunas series dispersas y algún que otro telefilme, la realidad es que para el espectador medio (y para mí) se trata de un absoluto desconocido. Ignoro quién le dio luz verde para ponerse detrás de la cámara en esta macroproducción, pero no puedo más que aplaudir tal decisión: ya no me imagino a nadie más orquestando este espectáculo. Vort–Roberts ofrece contundencia y pericia narrativa sin recrearse en los momentos azucarados ni subrayar las acciones mil veces. Si lo hemos captado, bien; si no, corre detrás de la locomotora, porque no piensa parar por nosotros. Con alguien así, uno no echa de menos a Spielberg ni a Sommers ni a los grandes del cine de aventuras clásico.

Chapeau, señor director.

7. Está escrita… con gracia

Max Borenstein, uno de los guionistas de Kong, también firmó el libreto de la reciente Godzilla (2014), que incluye esa hermosa secuencia de hombres en caída libre y neblina envolviendo al monstruo, reminiscente de pesadillas básicas.

Vale, la trama de Kong: la Isla Calavera no es nada del otro mundo, en realidad es vieja como la literatura en que se basa, y tal vez por eso funcione tan bien. Cuatro (¡cuatro!) guionistas aparecen acreditados en el historial del filme (quién sabe si no habrán pasado más por sus reescrituras), los cuatro con antecedentes solventes: desde el convincente Godzilla de 2014 al refrescante Jurassic World de 2015; del atmosférico y trepidante universo Bourne a propuestas de mayor calado dramático, como la maravillosa Flight de Zemeckis.

En todo caso, de este batiburrillo de plumas sale un guion decente, de esos que saben que, cuando no tienes tiempo a dibujar personajes en una aventura coral, un chiste bien resuelto o una reacción inesperada pueden transmitir más verosimilitud que el héroe contándote un puto trauma de su infancia.

Coño, ahora entiendo por qué me alegró tanto este guion: no hay ningún puñetero momento donde un personaje se pase diez minutos contándote su maldita vida y la razón por la que es infeliz…

¡Me quito el sombrero, guionistas!

6. Tom Hilddelston no molesta

Confieso que no soy fan de Tom Hiddleston. Me gusta mucho cuando hace de Loki, y ha demostrado ser uno de los actores más versátiles y sólidos del Hollywood actual. Pero de ahí a ponerle de héroe de una saga clásica de aventuras… No sé, lo veo muy metrosexual para un rollo a lo Indiana Jones.

O sea, tú ves a Harrison Ford y vale, piensas: nos va a salvar. Ves a Hiddleston y piensas: a este tío le mola que lo aten en la cama.

Sin embargo, en el filme no molesta porque… ¡prácticamente no hace nada! O sea, es un estereotipo corriente y moliente de héroe (el cliché de occidental varonil renuente y escéptico, varado en un mundo exótico y que no sabe qué hacer con su vida) que al final no actúa como héroe. La chica de la película hace más cosas heroicas que él (lo cual está muy bien). ¡Hasta el personaje cómico de la película hace más cosas heroicas que él!

Lo cual en este último caso podría haber dado lugar a un completo desastre… pero no, lo gracioso es que también está muy bien. Y Hiddleston sigue ahí, cumpliendo, con su musculatura de gym y su pelitito bien compuesto. No molestará verle en la secuela.

5. Samuel L. Jackson no hace de Samuel L. Jackson… ¡O sí!

Y Samuel L. Jackson también empieza, como siempre, dando miedo: ¿otra vez haciendo su rutina chulesca, como en la reciente y por otro lado satisfactoria La leyenda de Tarzán, sacándonos todo el rato de la historia y la época? Pues no: resulta que esta vez sí tiene un personaje detrás y lo encarna estupendamente. Un militar con trauma, vale, más tópico que un mafioso japonés con dignidad… pero al menos ese trauma es reciente (la guerra de Vietnam) y no nos lo verbaliza con una parrafada interminable tipo: “Esa noche los charlies nos emboscaron. Cada hora oí cómo uno de mis hombres caía en una trampa distinta. ¡Fue horrible! Mis pobres muchachos, tan jóvenes, tan hermosos, agonizando frente a mí con sus vientres seccionados y yo sin poder hacer nada en esa jaula de bambú hundida en las heces de la letrina. ¡No voy a permitir que un mono ejerza de sustituto de los vietnamitas y vuelva a matar a toda mi compañía!”. O sea, algo de eso hay, ¡pero con frases muy cortas! Además, él no está traumatizado por la brutalidad de la guerra… ¡sino, aleluya, porque la perdieron! Y por fortuna los monstruos atacan antes de que los personajes se puedan enrollar demasiado…

Tal vez Samuel L. Jackson sea así de resolutivo porque ya parodió ese mismo tipo de personaje y parrafada en la divertidísima Deep Blue Sea… y se acordaba. (Ahora que lo pienso… ¡Samuel L. Jackson está en todas las películas buenas ‒y casi todas las malas‒ de los últimos veinte años!)

4. John C. Really es el verdadero héroe del filme

Hay chistes de John C. Really en esta película que parecen escritos directamente por Will Ferrell. Lo más probable es que sean improvisaciones del actor. No estoy muy a favor de incluir comediantes improvisando en un filme de fantasía terrorífica, y Really está a punto, a puntísimo, de matar la atmósfera de la historia con sus barrabasadas verbales… pero al final, casi in extremis, consigue volver a enrielarse con la trama y avanzar firme junto a ella, a tal punto que su personaje se gana no solamente los momentos más divertidos, sino también los más emotivos y heroicos de la película. Afortunadamente, casi siempre está brillante, especialmente cuando en medio de su delirio de náufrago crónico le suelta al personaje de John Ortiz que le apuñalará por la noche. ¡Momento diez!

3. El rollo retro 70s es cool

Me duele que el cine actual ya juegue adrede con décadas que recuerdo perfectamente haber vivido para situar sus historias como “filmes de época”, pero reconozco que aquí el juego funciona desde las primeras secuencias: actores como John Goodman y Richard Jenkins son perfectos para aportar credibilidad sin tener que explicar gran cosa de sus personajes y el rollo setentero incluso nos retrotrae un poco a la AVENTURA COMO SE ENTENDÍA ENTONCES y COMO LA PERCIBÍAMOS DE NIÑOS. Esa sensación particular me ha asombrado y me pregunto si el director era consciente de ello. Como cuando a la protagonista se le cae la base del teléfono mientras habla y tira del cable para recuperarla: ¡joder, quién que no haya vivido los 70s y los 80s no ha sentido una punzada de reconocimiento emocional al verlo! Ese detalle me ha estado jodiendo toda la película. ¡Demasiado sagaz!

2. La chica no juega el rol de “bella”

Hablando de la protagonista: el personaje de Brie Larson empieza siendo la “típica chica liberada de los 70s” a la que ya empieza a tenernos acostumbrados la ficción de género USA (que en el fondo entronca con las chicas liberadas de los años 30 que poblaban el cine estadounidense, empezando por la gran Jane Porter y sus numerosas émulas), y rápidamente combinan ese estereotipo con el de “objeto de deseo del monstruo/domadora de la fiera” que la tradición impone: sin embargo, tanto la actriz como su personaje salen airosos de la combinación y no sentimos en ningún momento que el rol de la fotógrafa sea solamente el de fuente de deseo y domesticación de la Bestia… Además, casi todas las iniciativas ingeniosas del filme las protagoniza ella. Pero, una vez más, no hay un sobresubrayado enojoso y nadie suelta discursitos políticamente correctos. ¡Bien, muy bien, Brie!

1. La poética de lo salvaje: el mejor King Kong

Me fascina cuando personajes que no existen en la realidad, entes que han sido recreados con medios artificiales, reaccionan con una naturalidad que vence en su propio terreno a los actores humanos: este es el caso de King Kong. Hay varios momentos en que pasma su “actuación” y su saber estar, la convicción con que “existe”: pero de todos esos momentos, me quedo con la secuencia en que captura y se come un pulpo gigante. Verlo allí, sentado tranquilamente en la orilla mientras se merienda los tentáculos del bicho, siendo solamente una bestia no alienada, despierta una empatía y un sentimiento de “instante eterno” que conmueve profundamente. ¿Qué hubieran sentido Jules Verne, H. G. Wells, Emilio Salgari, Robert E. Howard, Conan Doyle, Gaston Leroux, Clemente Palma, los  grandes de la literatura fantástica al asistir a una escena tan vívida y maravillosa como esta?

Me entran escalofríos tan solo de imaginarlo.

Copyright del artículo © Hernán Migoya. Publicado previamente en Utero.Pe con licencia CC.

Hernán Migoya

Hernán Migoya

Hernán Migoya es novelista, guionista de cómics, periodista y director de cine. Posee una de las carreras más originales y corrosivas del panorama artístico español. Ha obtenido el Premio al Mejor Guión del Salón Internacional del Cómic de Barcelona, y su obra ha sido editada en Estados Unidos, Francia y Alemania. Asimismo, ha colaborado con numerosos medios de la prensa española, como "El Mundo", "Rock de Lux", "Primera Línea", etc. Vive autoexiliado en Perú.
(Avatar © David Campos)