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Crítica: «Watchmen» (Zack Snyder, 2009)

La de Zack Snyder es una vocación poderosa, robustecida a base de ver mucho cine y de leer muchos cómics. Lo que sabe, no lo ha aprendido de oídas, y se nota. Tipo listo y dotado para las relaciones públicas, con esa amabilidad risueña que todavía se encuentra en Hollywood, Snyder nos dio la medida de su talento hace algo más de un año, cuando nos visitó para presentar 300.

Los ejecutivos de Warner ya comprobaron las cualidades de 300, y llegaron a la conclusión de que Snyder era un adaptador de historietas de primer orden. Por eso mismo, quisieron que el realizador se hiciera cargo de un proyecto que llevaba casi una década de despacho en despacho: la versión cinematográfica de Watchmen, la novela gráfica de Alan Moore. (Hago un inciso en este punto para recomendarles la mejor edición existente de Watchmen, disponible en el catálogo de Planeta DeAgostini. Como ya sabrán sus poseedores, se trata de un volumen excepcional, muy cuidado en todos sus aspectos, que debiera ocupar un lugar en cualquier biblioteca).
Warner anunció el rodaje de forma oficial el 23 de junio de 2006. Por aquel entonces, sólo dos cosas eran seguras: la presencia de Snyder tras las cámaras y la contratación de un guionista a quien el cineasta conoce bien, Alex Tse.
Con el fin de aligerar el trabajo de escritura, ambos partieron de un guión previo, firmado por David Hayter. El libreto de Hayter acumulaba demasiado polvo, y por ello se hizo necesario replantear todo el concepto narrativo.

Con películas como Watchmen, inspiradas en un cómic de culto, sucede lo mismo que con las adaptaciones literarias: los enterados parten con ventaja frente al común de los espectadores.
Por eso mismo, a la hora de valorar esta espléndida cinta no está de más echar un vistazo al pasado, revisando unos antecedentes que gran parte del público desconoce.

Comencemos por una pregunta básica: ¿qué es Watchmen? Y lo que es aún más interesante: ¿cuáles son sus orígenes?

Situémonos en 1985. Sobre las estanterías de las tiendas de cómics, se apilaban los ejemplares de una revista recién editada: el número 11 de Superman Annual. En sus páginas, podía encontrarse una magnífica y desconcertante aventura del héroe de Krypton, El hombre que lo tenía todo (For the Man Who Has Everything), escrita por el británico Alan Moore e ilustrada por Dave Gibbons.

En El hombre que lo tenía todo salían a relucir cualidades e ingredientes de interés: la profundidad psicológica de los personajes, su inclusión en una trama que bordeaba la catástrofe y el desarrollo de la historia por medio de subtramas que iban solapándose de forma inteligente. Resulta obvio que, según el plan de Moore y Gibbons, era posible aplicar ese mismo concepto a una miniserie limitada, destinada a un lector maduro.
Claro que no todo iba a ser fácil. Por aquellas fechas, el complejo Multiverso DC experimentaba toda una revolución. Los superhéroes que lo habitaban –y que daban sentido a sus dimensiones paralelas– tenían un nuevo horizonte al que dirigirse.
Un horizonte más accesible y realista, rigurosamente aclarado tras la publicación de otro cómic fundamental: Crisis en Tierras Infinitas (Crisis on Infinite Earths, nos. 1-12, DC Comics, 1985), con guión de Marv Wolfman, dibujo de George Pérez y entintado de Dick Giordano, Mike DeCarlo y Jerry Ordway

“Nuestra idea –escribía Marv Wolfman en 1998– era simplificar el universo DC, y lo logramos. Después de este tiempo, quiero pensar que los que siguieron nuestros pasos entienden la necesidad de seguir trabajando para ampliar el número de lectores, no hacerla disminuir sólo por querer seguir fieles a una continuidad anticuada”.

El caso es que Moore pensaba que Watchmen podía desarrollarse en alguna de esas Tierras del viejo Multiverso DC. Pero por los días en que Crisis en Tierras Infinitas caía como una bomba en el mercado, la propuesta del guionista inglés iba a contracorriente.
En todo caso, tenía a su favor una orientación muy prometedora: la nostalgia.

El planteamiento de Moore consistía en tomar a personajes veteranos, propiedad de la DC, y deconstruirlos como si un psicoanalista hubiese abierto su consulta en Gotham o Metrópolis.
En un principio, el inglés quiso que Watchmen estuviera protagonizado por los héroes patrióticos del sello Archie Comics. Más adelante, fijó su atención en los justicieros de otra vieja marca recién adquirida por DC: Charlton. ¿Problemas? Sobre todo uno: Moore y Gibbons llevaron demasiado lejos ese plan de sacar a los superhéroes del paraíso de las buenas maneras para empujarlos al lado oscuro.
Por eso, con una cautela razonable, sus jefes de la DC decidieron que los personajes de Watchmen debían ser de nueva creación, sin vínculos evidentes con el rentable panteón de Batman, Superman, Flash y compañía.

No obstante, cuando los doce números de la serie salieron a la venta entre 1986 y 1987, muchos reconocieron en sus protagonistas el rastro de los personajes de Charlton Comics e incluso de la DC.
Así quedó este juego de parecidos razonables: el Dr. Manhattan tenía un aire de familia con el Capitán Átomo, Rorschach no sólo era semejante a La Pregunta (The Question) sino también a Mr. A, y entre Búho Nocturno y Blue Beetle había más de un punto en común. Por si aún no conocen la línea argumental, les recordaré que Watchmen se desarrolla en un mundo alternativo. Corre el año 1985, Richard Nixon ocupa la Casa Blanca, los vigilantes están fuera de la legalidad y las tensiones con el bloque soviético alcanza un punto de no retorno.
En este contexto, un enmascarado de la vieja escuela, Rorschach, investiga la muerte violenta de un héroe de los cuarenta, el Comediante. En el transcurso de dicha búsqueda, salen a relucir las pequeñas y grandes miserias de los vigilantes, los secretos más oscuros del pasado e indicios de una terrible conspiración, que amenaza con incalculables consecuencias. En cualquier caso, la cuestión de fondo es: ¿quién vigila a los vigilantes? (Who Watches the Watchmen?).

Cómic de diversas lecturas, Watchmen fascinó tanto a los estudiosos que más de uno le dedicó horas de minucioso análisis. Con esa densidad de significados, no debe sorprender que la serie haya sido reeditada como novela gráfica para adultos.

De hecho, la editorial Planeta DeAgostini, encargada de su distribución en España, la describe por medio de un aviso editorial que nos aleja bastante de los típicos justicieros enmascarados. “La historia –leemos en esa nota– es una crítica a la sociedad occidental de su momento, mediados de los ochenta, y , por extensión, de la actualidad: sobre valoración del dinero, la lenta introducción de la tecnología en las facetas más pequeñas de la vida doméstica y cotidiana, los conflictos políticos entre las grandes potencias mundiales, etcétera. Es decir, un gran surtido de elementos que componen un acertado fresco de la sociedad de finales del siglo XX”.

En agosto de 1986, 20th Century Fox adquirió los derechos de adaptación. A lo largo de los cinco años siguientes, se creyó que el director de Watchmen iba a ser Terry Gilliam, que abandonó el empeño cuando empezó a ponerse cuesta arriba. En 2001, el encargado de rodar la cinta fue, según noticias muy similares, el realizador Darren Aronofsky. Poco tiempo después, en 2001, el sucesor de Arofnosky en los corrillos de Hollywood fue Paul Greengrass, por esas fechas bajo contrato con Paramount. Obviamente, ninguno de ellos ocupó la silla reservada al director.

Sin hacer demasiado caso a las habladurías, Lawrence Gordon, un legendario productor al viejo estilo, impulsó el proyecto a lo largo de este irregular recorrido, durante el cual pasó, sin demasiada fortuna, por los despachos de Fox, Largo International, Universal Studios y, finalmente, Paramount Pictures, que al menos sacó algo en limpio: la distribución internacional del futuro largometraje

Así las cosas, no me extraña que los sinuosos vericuetos por los que discurrió esta historia condujesen finalmente a un dilema legal, que enfrentó a la productora de Watchmen, Warner Bros., con Fox, que –dicho sea de pasada– acusó a Gordon de irregularidades en su cesión del proyecto a otros estudios.

Sujeto a una menor controversia, el reparto elegido se divulgó al poco de comenzar la filmación. En el elenco participan Patrick Wilson (Daniel Dreiberg, el Búho Nocturno), Jackie Earle Haley (Walter Kovacs, Rorschach), Malin Akerman (Laurie Juspeczyk, Silk Spectre), Billy Crudup (Dr. Jon Osterman, alias Doctor Manhattan), Matthew Goode (Adrian Veidt, Ozymandias), Jeffrey Dean Morgan (Edward Blake, el Comediante), Stephen McHattie (Hollis Mason, el primer Búho Nocturno), Carla Gugino (Sally Jupiter, Silk Spectre), Matt Frewer (Edgar Jacobi, Moloch el Místico) y Dan Payne (Dollar Bill).

Desde 1988, año en que Sam Hamm escribió el primer guión inspirado en el cómic de Alan Moore, la historia de Watchmen ha pasado por las manos de diversos escritores. Charles McKeown trabajó en la versión –comprometida hasta la médula– que iba a dirigir Terry Gilliam, y David Hayter completó la suya en 2001, por la época en que Arofnosky se iba a poner al frente del proyecto.

Finalmente, fue Zack Snyder, tras el sonoro éxito de 300, quien recibió la bendición de Warner Bros. Su guión, escrito junto a Alex Tse, pretende ser fiel a la novela gráfica original. Esa fidelidad, por cierto, se advierte asimismo en la textura visual de la cinta, un apartado en el cual reconocemos los dos antecedentes estéticos confesados por el propio SnyderTaxi Driver y Seven.

Después de que Roberto Orci y Alex Kurtzman diesen el visto bueno al guión definitivo, el rodaje comenzó el 17 de septiembre de 2007. Por motivos fiscales y de infraestructura, los equipos se trasladaron a Vancouver (¿Es que ya nadie rueda en Nueva York?). Para el resto de escenarios –incluidos los extraterrestres, que los hay– la tecnología digital sustituyó con diligencia a los decorados físicos.

Una vez concluido el trabajo de las cámaras –nos situamos ya en el 19 de febrero de 2008–, comenzó una laboriosa postproducción en la que intervinieron firmas del ramo de efectos visuales como Sony Pictures Imageworks e Intelligent Creatures.

El resultado de esa inversión tecnológica demuestra que ésta cayó en manos adecuadas. Al fin y al cabo, el proyecto de Watchmen ha sufrido trances y apuros sin cuento para llegar hasta hoy. Visto así, el largometraje de Snyder hereda veinte años de trabajo, ilusiones y enfrentamientos creativos. En cierto sentido, el éxito de la cinta será una forma de homenaje a quienes la han hecho posible.

Sinopsis

La película, una compleja mezcla de misterio y aventura, está ambientada en unos hipotéticos Estados Unidos de 1985 en los que los superhéroes disfrazados son parte de la estructura de la sociedad y en los que el “Reloj del Holocausto Nuclear”, que mide la tensión entre EE.UU. y la Unión Soviética, señala permanentemente cinco minutos para la medianoche.

Cuando uno de sus antiguos compañeros es asesinado, el fracasado pero no por eso menos decidido vigilante enmascarado Rorschach se propone descubrir un complot para matar y desacreditar a los superhéroes del presente y del pasado. Cuando se reúne con su antigua legión de enemigos del crimen (un estrafalario grupo de superhéroes retirados, de los cuales sólo uno tiene verdaderos poderes), Rorschach percibe una inquietante conspiración a gran escala vinculada a su pasado común y con catastróficas consecuencias para el futuro. Su misión es vigilar a la humanidad, pero… ¿quién vigila a los Vigilantes?

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Copyright de la fotografía, las imágenes y la sinopsis © Warner Bros. Pictures, Paramount Pictures, Legendary Pictures, DC Comics, Lawrence Gordon / Lloyd Levin Productions. Cortesía del departamento de prensa de Paramount Pictures Spain. Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.