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Crítica: «House of Cards» (2013), de David Fincher

Tenía muchas ganas de ver House of Cards. La primera razón, y la más simple, es porque el protagonista era Kevin Spacey. Un tipo que es capaz de interpretar a un minusválido emperador del crimen, a un psicópata que habla como un profesor universitario, o a Lex Luthor de forma solvente, tiene todo mi respeto.

Es uno de los actores de Hollywood que mejor ha sabido dirigir su carrera [Nota en 2020: Como habrá supuesto el lector, escribí este artículo cuando la serie se estrenó, años antes de que el actor cayera en desgracia]. Nada sobra. Todos sus trabajos tienen un por qué. En cada papel añade un matiz nuevo a su técnica.  Esos matices livianos. Apenas imperceptibles pero que hacen que su personaje crezca. No es Daniel Day Lewis que se va a vivir tres años con una cabra porque tiene que interpretar a un cabrón con pintas y necesita asumir su conciencia y aislarse del mundo. Spacey no tiene por qué. Él interpreta. Apenas levanta la voz para hacerlo. Y eso es lo que agradecemos algunos.

A este monstruo hemos de sumar a David Fincher. Un tipo que venía del video clip madonnero, pero que durante años acertó con cada película que hacía. Era moderno y clásico a la vez. Como Spacey, se ha atrevido con casi cualquier género, y con apenas la treintena, ya contaba en su haber con varias obras maestras a sus espaldas. Un director que, como todos, ha metido la pata alguna vez, pero que tiene, desde mi punto de vista, esa consideración de autor que muchos niegan a los profesionales norteamericanos.

Ambos se conocieron en Seven y no volvieron a juntarse hasta que Spacey produjo la magnífica Red Social con guión de Sorkin. Después de tan extraordinaria conjunción, la fiesta debía de seguir. Nos lo debían. Y así “parieron” House of Cards.

¿Parieron? No tanto. La serie que es una adaptación de una adaptación: una miniserie británica de 1990 se basó en la novela de Michael Dobbs. Cuatro capítulos que no pasaron precisamente a la Historia de la televisión.

¿Qué la hace entonces diferente?

Primero, que es absolutamente impecable en el aspecto técnico. La luz, la fotografía, la realización, la interpretación, los personajes, sus tramas, el ritmo de sus diálogos… está todo tan cuidado y es “tan Fincher” que uno se da cuenta que está ante la magnífica madurez de un auténtico creador. La continuación perfecta de sus últimos trabajos. Y además apoyado por la magnífica labor de un actor camaleónico que cada vez que habla mirando a cámara parece que nos conociera de toda la vida y estuviera sentado en nuestro salón.

Pero lo que, realmente, hace diferente a esta maravilla es su forma de ¿emisión?

Me explico: olvidémonos del concepto “serie de televisión”. Esto es Netflix. Una plataforma de vídeo que ofrece ficción en streaming a sus suscriptores por una cuota mensual.

Así, House of Cards ese ha convertido en la primera serie (me niego a llamarla de televisión sólo por el hecho de que la veamos en un monitor que también recibe la señal del TDT) que ha estrenado este novedoso formato.

Netflix cuenta ya con 30 millones de usuarios. Y sí, esto es Internet. No hay que esperar cada semana, ni somos esclavos de un programador (torpe) que decide contraprogramar con un idiota de turno lanzándose a una piscina, alterando el horario de emisión de nuestra serie favorita sin siquiera avisarnos. Es el poco respeto al espectador.

Pero es que ahora ya no somos espectadores pasivos. Uno puede verse todos los capítulos de tirón. Punto.

El usuario, que no la audiencia, decide con su compra si algo es bueno o si no habrá una segunda temporada porque, simplemente, nadie está dispuesto a pagar por ello. Adiós a los audímetros más falsos que un Judas de plástico. No es que hayan cambiado las reglas del juego. Es que, directamente, este es otro juego.

Red Hastings, el pope de Netflix, comentaba en la versión norteamericana de la revista GQ que el entretenimiento tal y como lo conocemos ha muerto. Y está acabado porque es artificial: «Tenemos que esperar para ver un capítulo que se emite a tal hora, esperar por una nueva temporada, ver todos los anuncios y luego comentar con los compañeros de trabajo lo que nos gusta tal o cual serie. Esperar se ha terminado»

Y es que, desde el primer día, esta plataforma puso a disposición de sus clientes los trece capítulos de la primera temporada. Uno podía vérselos de tirón si así lo quería. Apostaría a que más de uno lo hizo…

Fincher contó con casi 100 millones de presupuesto para rodar dos temporadas y entregar una serie que ya ha entrado en la Historia de la televisión. El resultado, a tenor de los suscriptores, ha sido fantástico. Desde la plataforma no quieren dar datos porque, aunque lo parezca, esto tampoco es la televisión por cable.

Pero es que, además House of Cards es buenísima. Fría, incisiva, cruda… y complicada. No apta para ver con los niños deambulando por el salón o la abuelita roncando en el sofá. Ni tuitear a la vez, claro. A ver si lo lee alguno de esos sesudos ejecutivos de nuestras cadenas que piensan que audiencia y calidad son dos términos antagónicos. Y borran de su vocabulario el término «familiar» que, curiosamente, tanto daño hace a la familia…

Ted Sarandos, jefe de contenidos de Netflix, ha adelantado que ahora el objetivo es estrenar, al menos, cinco series al año. Para ello tiene en sus bolsillos 300 millones de dólares que invertirán (ojo, dice invertir, no gastar) en productos de la altura de House of Cards. Y no pican bajo. Van directamente a por nuestra adorada HBO: “El objetivo es convertirnos en la HBO antes de que la HBO se convierta en nosotros…”

Lo dicho, eso es ir un paso por delante. Aquí sólo lo damos para tirar famosos de medio pelo a la piscina o travestirlos en cantantes propios de una función fin de curso. Olé. Qué modernos… En fin, larga vida a Netflix.

Sinopsis

El despiadado y astuto congresista Francis Underwood (interpretado por el ganador del Oscar ® Kevin Spacey) y su esposa Claire (Robin Wright) no se detendrán ante nada para conquistarlo todo. Este drama político penetra en el oscuro mundo de la codicia, el sexo y la corrupción que se oculta en Washington DC. Kate Mara (American Horror Story) y Corey Stoll (Midnight in Paris) completan el reparto de la primera serie original de David Fincher (La red social) y Beau Willimon (Los Idus de Marzo).

Copyright del artículo © Pedro Luis Barbero. Reservados todos los derechos.

Copyright de las imágenes y sinopsis © Media Rights Capital, Netflix. Reservados todos los derechos.

Pedro Luis Barbero

Pedro Luis Barbero es guionista y director de cine y televisión. "Tuno negro" (2001), su primera película, se convirtió en el debut más taquillero de ese año en el nuestro país. Para la pequeña pantalla destaca por haber escrito y dirigido el programa Inocente Inocente con el que consiguió el Premio Ondas, así como diversas series como "Impares" (2008) o "¡Viva Luisa!" (2008). En 2016 rodó el largometraje "El futuro ya no es lo que era".