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Con la ayuda de Dios

Hay un juego que consiste en palmetear una pelota y hacerla chocar contra un muro. Ruego no se me pidan mayores explicaciones dada mi supina ignorancia en la materia. Me detengo simplemente en la posición del jugador. Imagina que la pelota ha sido fabricada para él y que el muro fue elevado igualmente. Más: la naturaleza lo provee de la gravitación que hace a la pelota caer por sí misma y elevarse sólo por la mediación humana. Tal vez el buen hombre, al secarse el sudor con una toalla, se pregunte quién habrá sido el primer antepasado que lio una pelota, alzó un muro y se puso a dar pelotazos contra él. Fueron necesarios siglos, acaso milenios de constancia pelotera para que este prójimo, en un frontón urbano, rodeado de casas de pisos y calles con afanosa circulación de gentes y de coches, juegue a medir su habilidad lúdica.

Habrá algún pelotero más acucioso y reflexivo que se pregunte por qué juega a lo que juega y por qué explota los recursos naturales para convertirlos en herramientas de un juego. Más aún: por qué existe un orden natural que se ha puesto a su disposición. Y más aún: quién o qué inventó cuanto existe. Y más aún: quién o qué lo ha dotado al jugador de su libertad de jugar o de todo lo contrario: hacerle creer que es libre cuando hasta el mínimo detalle del entretenimiento está fatalmente prefijado.

A continuación imagino que algo similar puede ocurrirle al terrorista que ata una bomba a su cintura y la hace estallar en medio de una apiñada multitud, matándose y matando a cientos de desconocidos. Seguramente ha disuelto su mente y se ha situado en presencia de ese Dios que invoca al desatar la masacre. Incluso es posible que llegue a disolverse en la luz final de la vida e inaugural de su entrada en el paraíso de las huríes. Valdrá la pena cancelar algunos años de existencia terrestre para obtener la inmortalidad de la bienaventuranzas. Convertido en luz tal vez intuye que su disolución en el todo del cosmos es parte de la fatalidad inscrita en cualquier decisión divina. Es un instrumento de Dios y, de manera oblicua, es Dios mismo en tanto realización del divino designio.

Desde luego, el terrorista prescinde de todo este palabreo que le encajo como si fuera un personaje de novela o de cómic patriótico musulmán. Me atrevo a elucubrar que el múltiple asesinato es una enésima prueba de la existencia de Dios. Poco importa que haya o no haya Dios. Basta con que un hombre se comporte como si existiera y Dios no sea más que un invento humano, Algo o Alguien que el hombre ha creado a su imagen y semejanza. Así, Dios existe en la decisión del terrorista que actúa, justamente, con la Divina Ayuda.

Todo esto sucede en el mundo del Islam, tal vez la última religión política que subsista en el planeta. No la política inspirada en ideas religiosas, como el socialcristianismo, o el partido convertido en una iglesia del catecismo universal revolucionario como el comunismo. No. Es algo más y esencialmente distinto. Aquellas ideologías son discutibles y negociables porque se admiten como cuestión profana y terrenal. Ni los democristianos ni los comunistas cuentan con la ayuda de Dios. Incluso pueden ser ateos alegres y confiados. Las leyes sobre despidos, jubilaciones, eres y ertes no cuentan con premios en el paraíso de las huríes. En cambio ¿qué podemos discutir tú o yo a un iluminado que proyecta matarnos sin conocernos, con la ayuda de Dios, máxime si es Clemente y Misericordioso?

Imagen superior: Talibanes en Kabul, 17 de agosto de 2021 (VOA).

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Blas Matamoro

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")