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«Cohete Galileo» (1947), de Robert A. Heinlein

Heinlein fue, primero y sobre todo, un gran narrador. Según el estudioso que se consulte, dividirá su obra en dos, tres o incluso cuatro etapas, pero dado que escribió en diferentes formatos, esas fases se solapan unas a otras. Aunque nunca dejó de escribir cuentos, éstos constituyen la totalidad de la primera fase y posteriormente fueron integrados en una ambiciosa, consistente y compleja Historia del futuro que se cuenta entre las más importantes contribuciones al género.

La mayoría de aquellos cuentos seguían una fórmula muy extendida entre las publicaciones pulp y aparecieron –a veces bajo seudónimo‒ en las revistas del género, sobre todo Astounding Science Fiction, la cabecera dirigida por John W. Campbell. Esta fórmula quedaba bien expuesta por Heinlein en un ensayo escrito años después, en 1957, en la que daba una definición a su juicio adecuada de la ciencia-ficción: “especulación realista sobre acontecimientos futuros, sólidamente basada en un adecuado conocimiento del mundo real, pasado y presente, y una exhaustiva comprensión de la naturaleza y significado del método científico”.

Efectivamente, basó casi todas sus novelas –muchas protagonizadas por ingenieros‒ en esa convicción.

Tras la Segunda Guerra Mundial, Heinlein abandonó su trabajo como ingeniero colaborador en el esfuerzo bélico y regresó a la escritura profesional. Su aspiración era salir del reducido círculo pulp en el que la ciencia-ficción había permanecido constreñida hasta entonces y avanzar hacia los más prestigiosos (y económicamente rentables) mercados de las novelas y antologías editadas por firmas de primer orden de Nueva York y las revistas generalistas de lujo como Collier’s o Saturday Evening Post, que en aquellos tiempos también publicaban ficción.

En lo que se refiere a las novelas, decidió concentrarse inicialmente en un segmento que conocía bien desde su carrera como escritor previa a la guerra: obras juveniles destinadas a un público –en el caso de la ciencia-ficción‒ mayoritariamente masculino, editadas en tapa dura y adquiridas por muchas bibliotecas públicas y escolares (el mercado de libros en rústica estaba en sus comienzos a finales de los cuarenta y no era todavía relevante para los principales editores).

Cohete Galileo fue la primera de esas novelas y la que le introdujo con éxito en un mercado próspero. Aunque no inventó la ciencia-ficción para adolescentes, sí supo investirla de una inteligencia y sofisticación intelectual que sirvió de modelo para autores posteriores y cuyo espíritu bebía de Hugo Gernsback y Campbell. No sólo debían ser narraciones originales ,sino que debían tener un rigor científico y matemático debidamente dramatizado para despertar el sentido de lo maravilloso en un muchacho de catorce años. Los héroes razonaban racional y científicamente, mientras que los villanos ilustraban la ignorancia y prejuicios de las tradiciones más intolerantes y cerriles. Eran novelas optimistas que presentaban el viaje espacial en términos realistas y como algo deseable y próximo, en las que la ciencia, la tecnología y la ingeniería transformaban la vida de los humanos de formas sorprendentes y positivas.

Cohete Galileo fue publicada por la editorial Scribner. La acción transcurre a comienzos de los cincuenta, esto es, en un futuro cercano en el que la ONU vela por la paz global y sistemas político-económicos tan distintos como los de Estados Unidos y la Unión Soviética conviven amigablemente. Los cohetes son una tecnología operativa que se utiliza para los viajes de un punto a otro del planeta. Sin embargo, los gobiernos del mundo y los grandes empresarios no muestran demasiado interés en el viaje espacial al no ver qué beneficio podría haber en ello.

En ese mundo viven tres jóvenes, producto del magnífico sistema educativo americano y aplicados y enérgicos miembros de un club juvenil de cohetes: Ross Jenkins, Art Mueller y Maurice Abrams, que tratan de fabricar su propia nave. Ésta explota durante las pruebas, y al poco aparece un hombre inconsciente en el límite de su área de ensayos, aparentemente víctima de un fragmento del cohete. Por suerte para los muchachos, el desconocido resulta ser el doctor Don Cargraves, tío de Art, un brillante y algo excéntrico científico ganador del premio Nobel. Aunque no comparte sus sospechas con los chicos, piensa que su herida no ha sido debida a la metralla del cohete, sino a un oscuro plan para impedir que lleve a cabo su audaz sueño: convertir el motor químico de un cohete convencional en un modelo atómico que permita alcanzar la Luna.

Comprar un cohete de segunda mano y lo necesario para modificarlo ha consumido todos sus ahorros así que no tiene dinero para contratar a personal especializado. Y ahí es donde entran en juego el sobrino y sus amigos. Los ingenieros y pilotos de pruebas son caros pero los chicos voluntariosos, con talento y sin miedo, son más accesibles. ¿Y los padres de estos muchachos? Heinlein tenía limitaciones de extensión tratándose de una novela juvenil y de ciencia-ficción, así que los progenitores aparecen sólo en tanto en cuanto constituyen un obstáculo para los sueños de los hijos. A los padres no les hace mucha gracia que Don se sirva de sus chicos en su plan para alcanzar la Luna, tanto por el riesgo que entraña el viaje como porque supone una distracción de lo que, a su juicio, es importante: prepararse para su vida como adultos. Naturalmente, el doctor los convence para que den su consentimiento. De otro modo, no habría historia.

El caso es que los inteligentes muchachos modifican la nave para el viaje espacial trabajando en una especie de taller prefabricado en el desierto y utilizando herramientas muy básicas. Además, compran algo de torio para utilizarlo como combustible atómico en el motor inventado por Cargraves, motor que permite que un cohete de una sola etapa realice el viaje de ida y vuelta. El resultado es una de esas naves de diseño añejo, acigarrada y con aletas, que tenían que aterrizar verticalmente.

Los dos primeros tercios del libro detallan los preparativos de la misión y el intento de los villanos de turno para sabotear los trabajos. El último narra cómo los muchachos parten hacia la Luna y llegan a ella.

Muchas historias de ciencia-ficción, algunas escritas por el propio Heinlein, se concentraban en los detalles técnicos asociados una posible misión a nuestro satélite, pero en este caso nos encontramos con una Luna cuya historia es muy diferente a la imaginada por los astrónomos convencionales. Porque los protagonistas encuentran en la cara oculta nada menos que unos nazis que habían llegado allí años antes, y que planean bombardear la Tierra hasta que se someta a su tiranía (resulta curioso leer los insultos cargados de ira contra los alemanes, muy en la línea de lo que hoy se reserva para los terroristas musulmanes).

Los chicos consiguen salir indemnes del trance, tendiendo una trampa a los que intentaron destruir su cohete, robar la nave nazi y engañar al malvado líder para que les revele cómo pilotarla. Y por si fuera poco, descubren unos túneles en el subsuelo lunar excavados por los nativos del satélite miles de años atrás. Y para terminar, regresan a la Tierra para ser recibidos como héroes.

Parece ser que Heinlein tuvo problemas para vender el libro, porque la idea de viajar al espacio les pareció a muchos editores de literatura generalista algo demasiado extravagante para la época. Pero también es cierto que estamos ante una novela de aprendizaje, la primera que Heinlein escribía para el público juvenil, y eso se nota. Fue esta una obra escrita deprisa y de cuyos fallos Heinlein aprendería para sus siguientes incursiones en el género.

La trama contiene momentos verdaderamente inverosímiles incluso para la época, la historia ha sobrepasado ampliamente el futuro imaginado en la novela (destino fatal de las obras ambientadas en futuros cercanos) y los personajes carecen de auténtica personalidad, resultando intercambiables, meros peones para que avance el argumento; el cual es una extraña mezcla de influencias vernianas, aventuras juveniles de tono moralizante y extravagancia pulp (como la idea de los nazis en la Luna) cuyo ritmo e intensidad va in crescendo de acuerdo a los cánones del formato.

No hay trama sentimental y los muchachos están tutelados por un adulto al cargo de todo: un científico algo pirado, sí, pero adulto al fin y al cabo. También se nota la bisoñez de Heinlein en la torpeza con la que inserta la información científica en la narración. Hay pasajes en los que se explican con acierto los principios básicos de la astronáutica, la electrónica, mecánica orbital o sistemas de guiado, pero en otros tramos derrama sobre la página un torrente innecesario de datos. Sería este un defecto que puliría en obras posteriores. Y claro, con la perspectiva de hoy, muchos de esos apuntes tecnológicos resultan aplastantemente ingenuos, como que el peligroso material radioactivo pudiera comprarse en una tienda y se sirviera a domicilio; que para reducir peso en el cohete decidieran eliminar el escudo protector de radiación del lado orientado hacia el espacio exterior, lo que dejaba el habitáculo muy menguado; que el zinc se considere como un material adecuado para servir de masa de reacción atómica; o que solo cuatro días de lecciones de pilotaje de aeroplano bastaran para aprender a guiar el cohete hasta la Luna. En resumen, hay más acción y aventura que reflexión y rigurosidad.

A pesar de sus defectos y elementos trasnochados, hay ciertos aspectos positivos que creo interesante resaltar.

Hoy podemos leer Cohete Galileo como el equivalente literario a una película de serie B; y lo endeble de algunos argumentos técnicos podría llevar a algunos a pensar que Heinlein no respetó aquí sus propias consideraciones antes indicadas respecto a lo que debía ser la ciencia-ficción. Pero también hay que tener en cuenta que es, primero y sobre todo, un libro ligero destinado a un público de relativamente corta edad. Lo más probable es que toda esa ingenuidad no supusiera ningún problema para aquellos adolescentes de los cincuenta, en el amanecer de la Era Atómica, que disfrutaban con la ciencia y soñaban con viajar algún día al espacio. De hecho, encontramos aquí esa esperanza que los escritores americanos de los cuarenta y cincuenta tenían en las generaciones más jóvenes, de donde saldrían líderes políticos y científicos que llevarían al mundo a un futuro brillante. Esa visión optimista era probablemente necesaria tras la tragedia vivida en la Segunda Guerra Mundial, una visión de la que formaba parte el convencimiento de que la exploración espacial jugaría un papel esencial de ese futuro. Aún serían necesarios veintidós años más para que el hombre pusiera un pie en la Luna, pero ya a mediados de los cuarenta Heinlein podía preverlo y contarlo como una gran aventura.

Y una aventura en la que tenían cabida todos los jóvenes, independientemente de su origen y clase social –eso sí, los negros seguían marginados de la ficción de todo tipo‒. Así y aunque como he dicho, Heinlein no haga un buen trabajo de caracterización con los muchachos, sí les dota de distintas procedencias y un deseo común: todos quieren ir a la universidad, si bien por razones diferentes. Ross proviene de una familia acaudalada –tiene incluso su propio coche‒ y asistir a una facultad es simplemente lo que se espera de él. Art viene de una familia monoparental, inmigrante y con justezas económicas en la que se le ha inculcado la importancia de una buena educación para labrarse un futuro. Y por último, Maurice, quien –aunque no se hace demasiado hincapié en ello‒ pertenece a una extensa familia judía de clase trabajadora que, habiendo pasado su Bar Mitzvah –ceremonia hebrea de transición a la madurez‒, le deja total libertad.

Si bien a la mentalidad moderna le puede chocar la libertad de la que gozan estos adolescentes que dedican su tiempo libre a jugar con cohetes potencialmente peligrosos, lo cierto es que allá en los años treinta y cuarenta, muchos chicos pasaban su tiempo fabricando artefactos de este tipo, y no pocas vocaciones de inventores o ingenieros nacieron de aquellas ilusionantes iniciativas juveniles.

Juntos, Campbell y Heinlein dieron forma a la ciencia-ficción moderna, aunque ya hace tiempo que ésta se distanció de ellos. Y juntos también fueron directa o indirectamente responsables de la fascinación por el espacio que experimentó Norteamérica en los cincuenta: Cohete Galileo fue una especie de borrador para la película Con destino a la luna (1950) de Irving Pichel, una película en la que Heinlein colaboró como consejero técnico y que resucitó a la ciencia-ficción de su hibernación de los años cuarenta. Por su parte, el relato de Campbell “¿Quién anda ahí?” se convirtió en el clásico de Howard Hawks El enigma de otro mundo (1951), revisitado en 1982 por John Carpenter como La cosa. Aunque la relación entre la literatura y el cine de ciencia-ficción continúa siendo compleja y polémica, Heinlein y Campbell fueron imprescindibles a la hora de fusionar y consolidar en la mente del público ambos medios– una relación ya apuntada por la película de William Cameron Menzies La vida futura (1936), basada en la novela de H.G. Wells.

Las novelas juveniles de Heinlein tuvieron un éxito moderado en su tiempo (llegaron a publicarse doce volúmenes) y muchas han seguido reeditándose década tras década, lo cual es más de lo que puede decir la mayoría de los escritores generalistas. La ciencia, la tecnología y la política que presenta Cohete Galileo (con esa fe en la ONU y el sistema educativo) han quedado, como he dicho, desfasadas; y hay un exceso de ingenuidad en el planteamiento y la trama de acuerdo a la sensibilidad moderna. Pero es igualmente cierto que incluso a día de hoy un muchacho de diez o catorce años posiblemente no se mostrará tan estricto con estas cosas como un lector adulto y experimentado.

Además, no puede olvidarse que este libro se publicó hace más de setenta años y una década antes de que los soviéticos pusieran el primer objeto artificial en órbita. Y a pesar de ello, Heinlein acertó en bastantes aspectos científicos y consiguió insertar entre tanta aventura alocada pasajes didácticos para los lectores más inquisitivos.

No es esta una novela para quien quiera comenzar a internarse en la extensa bibliografía de Heinlein. Ni siquiera es representativa de la mejor ciencia ficción juvenil. Pero además de para un lector joven y poco bregado en la ciencia-ficción, este libro puede resultar recomendable (junto a muchos otros de Clarke, Asimov, Heinlein y otros grandes nombres de la Edad de Oro y anteriores) para aquellos aficionados adultos que quieran profundizar en las raíces del género y que sepan abordarlo como lo que es: un hijo de su tiempo. Igualmente, si alguien está cansado de tanta distopía inflada de pesimismo, aquí encontrará una obra ligera, optimista y entretenida escrita en una época en la que aún se tenía confianza en el futuro y la juventud.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".