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Charlie Chan, filósofo y detective

El detective chino Charlie Chan es uno de los personajes más singulares de la novela de misterio. También es uno de mis predilectos, al menos entre los que proliferaron durante la edad de oro del género.

Sus aventuras, adaptadas primero al cine, fueron luego convertidas en cómics de amplia difusión. Ya desde el primer momento, el gran número de seguidores de este exótico investigador dio lugar a iniciativas similares de otras compañías productoras. De ahí que fueran apareciendo a lo largo del siglo muchas figuras que lo imitaban. Pero que nadie se llame a engaño: aquellos eran plagios, remedos de un personaje plenamente original que ha de permanecer en la nostalgia de los aficionados.

En 1925 el periódico estadounidense The Saturday Evening Post iniciaba la publicación de un nuevo serial, The house without a key, con el que ganar lectores a la competencia. El relato era obra del escritor Earl Derr Biggers (1884-1933), quien había encontrado su inspiración en la prensa. Según contó más tarde el propio novelista, había leído en 1919 un diario de Honolulú (Hawai, Estados Unidos), donde se explicaban las hazañas de un célebre detective local, Chang Apana (1871-1933). La vida de este investigador cautivó inmediatamente la imaginación de Biggers, pues Apana había sido vaquero antes de entrar al servicio de la policía hawaiana, desde cuyas filas luchó valerosamente contra las mafias locales.

El personaje imaginario de Charlie Chan, según supieron los lectores de The Saturday Evening Post, se diferenciaba de Apana en lo físico y también en lo psicológico, pero coincidía con él en valentía y, sobre todo, en el hecho de que ambos prestaban servicios en el Departamento de Policía de Honolulú. Además, Chan era sibarita y caballeroso, así como perspicaz e irónico. Por si ello no bastara, su afición por la buena comida y el recitado de aforismos proporcionaba unas peculiares dosis de humor a sus peripecias.

Tras la excelente acogida de su detective en la prensa, Biggers recibió una oferta de la editorial Avenel, de Nueva York, que publicó The house without a key a fines de 1925. La serie de novelas protagonizadas por el investigador chino se completó con The chinese parrot (1926), Behind the curtain (1928), The black camel (1929) y Keeper of the keys (1932). Como ya habrán imaginado, los productores de Hollywood, atentos a las novedades de la literatura popular, no tardaron en ofrecer a Biggers contratos por la cesión de los derechos cinematográficos del personaje.

Chan alcanzó una popularidad muy considerable en las salas de cine norteamericanas. De hecho, se llegaron a realizar más de cincuenta películas con sus aventuras. Los actores encargados de darle vida fueron muy diversos. El primero de ellos fue George Kuwa, que participó en el primer serial cinematográfico dedicado al detective, The house without a key (1926). Le sucedió en el mismo papel Kamiyama Sojin, un intérprete de origen japonés que ya había alcanzado notoriedad dando vida al siniestro jefe mongol que se enfrentaba a Douglas Fairbanks en El ladrón de Bagdad (1924). El detective encarnado por dicho actor era un tipo erudito y estilizado, línea que continuó otro de los intérpretes, el orondo sueco Warner Oland, quien dio con la definitiva caracterización del investigador a partir de 1931.

Visto hoy, el hecho de que un actor caucásico encarne a un oriental adquiere matices racistas, pero en su contexto, a nadie le llamó la atención.

Como su predecesor, Oland también tenía experiencia en la interpretación de malvados asiáticos, ya que había dado vida al siniestro villano Fu-Manchú en un par de títulos. Probablemente harto de su encasillamiento, Oland encarnó al detective por última vez en 1938, siempre en producciones de la 20th Century-Fox. Conviende añadir que, con los lógicos altibajos, la serie conoció en esta etapa su mejor momento, pues el actor supo reflejar una sutil ironía que posteriores intérpretes jamás alcanzaron. El contrapunto humorístico establecido entre el investigador y su hijo Lee, encarnado por Keye Luke, era, ciertamente, algo difícil de imitar.

Las películas de Chan eran comedias de misterio, fáciles de apreciar por el gran público, y ese fue, seguramente, el secreto de su éxito. Su buena acogida en las salas de cine permitió incluso el estreno de una obra teatral en Broadway, Keeper of the keys (1933), llevada a los escenarios el mismo año en que perdía la vida Earl Derr Biggers.

Fallecido Oland en 1937, la compañía productora recurre a Sidney Toler para dar vida a Chan. A partir de 1942, 20th Century-Fox cede los derechos del personaje a Monogram Pictures, que continúa produciendo la serie. Pero Sidney Toler muere en 1947, así que una vez más ha de elegirse un nuevo intérprete para el papel protagonista. En este caso será Roland Winters, que lo encarna hasta 1949. Tras una larga ausencia de la gran pantalla, el personaje reaparece en la televisión con una serie, The new adventures of Charlie Chan (1957). Estructurada en episodios de treinta minutos de duración, está protagonizada por J. Carrol Naish, quien interpreta a Chan, y por James Hong, que lo acompaña dando vida a Barry Chan, uno de sus hijos. También en televisión se emite la película The return of Charlie Chan (1971), con Ross Martin como protagonista. El actor Peter Ustinov será el último Chan cinematográfico, dando vida al personaje en la mediocre (aunque encantadora) Charlie Chan and the curse of the Dragon Queen (1981).

La gran difusión de las novelas de Earl Derr Biggers llamó la atención del McNaught Syndicate, dedicado a la producción y distribución de cómics para la prensa norteamericana. Sus agentes firmaron un contrato a fin de obtener los derechos del personaje para llevar sus aventuras a la historieta. Tras convocar un concurso de ilustradores, fue elegido Alfred Andriola, que era por entonces uno de los jóvenes asistentes del dibujante Milton Caniff.

Con guión y dibujos de Andriola, la serie de cómics empezó a publicarse el 30 de octubre de 1938, cancelándose su edición el 31 de mayo de 1942. Chan aparece en estos cómics con la misma imagen que le dio popularidad en el cine: la del actor Warner Oland, caracterizado con su típico bigote.

En 1939 la revista Feature Comics reedita de forma seriada las páginas dibujadas por Andriola, y en 1943 lo hace Columbia Comics. Artistas de la talla de Jack Kirby, Carmine Infantino, Joe Simon y Charles Raab completan The adventures of Charlie Chan, difundida primero entre 1948 y 1949, y tras unos años de olvido, entre 1955 y 1956. La compañía National Periodical accede más adelante a los derechos, publicando The new adventures of Charlie Chan, de Gil Kane y Sid Greene, entre 1958 y 1959. Por último, el dibujante Frank Springer, a sueldo de la compañía Dell Publishing, será el encargado de llevar al detective chino al cómic, entre octubre de 1965 y marzo de 1966, esta vez bajo el simple rótulo de Charlie Chan.

La conclusión de todo este inventario tiene que relacionarse, forzosamente, con otros grandes hallazgos de la cultura de masas. No en vano, Chan es un brillante estereotipo que nos devuelve, con eterna frescura, el reflejo de lo mil veces visto.

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Los textos originales del autor en los que se basa este artículo fueron publicados en la revista «Todo Pantallas», en la «Enciclopedia Universal Multimedia» (Micronet) y en los libros «Historia General de la Imagen» (Universidad Europea-CEES, 2000) y «La cultura de la imagen» (Fragua, 2006). Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.