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«Benamor» revisitada (Teatro de la Zarzuela, 2021)

Estrenada en 1923, esta zarzuela con música de Pablo Luna y texto de Paso y González del Toro, ha perdurado apenas por una danza oriental que funge de interludio. Restaurarla y reponerla ha sido un acierto tanto por la obra en sí como por la espectacular versión. La debemos a José Miguel Pérez-Sierra en el podio, a Gabriela Salaverri como figurinista, a Daniel Bianco como escenógrafo y a Enrique Viana –último pero menor– que la adaptó, le añadió dos entremeses y encarnó sucesivos tres papeles, evocando la legendaria figura del transformista Frégoli: el Visir Abedul, un pastelero madrileño y su viuda.

Sin ser cimera, la obra se defiende por lo pegadizo y chispeante de sus números, su distribución en caracteres, sus eficaces conjuntos, sus oportunos toques sentimentales, su evanescente orientalismo, su sentido de la parodia, sus ingeniosos embrollos de travestismo, su cuidado colorido orquestal y un intento de sintetizar la tradicional  zarzuela española con los mundos de la opereta vienesa y parisina y ciertos toques de espectáculo revisteril. Viana ha añadido dos entremeses en forma de monólogos de especial incidencia. Recupera, justamente, la figura del actor monologuista con un minucioso juego verbal donde alternan chascarrillos, paronomasias, alfilerazos picantes, humorada política y social. Su sentido del vínculo vivaz con el público ha convertido a Viana en una personalidad ya más que reconocible en el género.

En lo escénico, la puesta ha huido con inteligencia de la sal gorda y el astracán, dos herencias que ya conviene archivas en la zarzuela para demostrar su vigencia apenas se la adapta a las técnicas teatrales de nuestra época. Para ello hay que acreditar vestuario y escenografía. Revelan una cultura visual exquisita, proveniente de la pintura de género orientalizante –digamos Alma-Tadema y Mariano Fortuny, por no abundar– con composiciones de cuadros vivos, fondales pictóricos, una construcción escénica sólida y de espacios variables modulados por celosías moriscas, todo bien subrayado por sagaces alteraciones lumínicas. El vestuario exhibió fantasía, lujo elegante de materiales y una variedad de familias cromáticas realmente notables.

Si esta fuera una crítica puntual debería examinar la excelencia del elenco vocal (doble), danzante y coral. Por razones de espacio no puedo cumplir tal tarea pero la dejo al menos adjetivada. Sí, a cambio, señalo que esta exhumación pertenece a una serie de puestas sobre partituras de Luna que el Teatro de la Zarzuela viene emprendiendo y que corresponde a una empresa mayor: actualizar y vindicar el repertorio zarzuelero, mostrando su vigencia apenas se lo traduce a fenómeno estético del siglo XXI.

Esta producción del Teatro de la Zarzuela se puso en escena los días 14, 15, 16, 17, 18, 21, 22, 23, 24 y 25 de abril de 2021.

Imagen superior © Javier del Real, Teatro de la Zarzuela. Reservados todos los derechos.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")