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Argentine is different

Todas las naciones forjan su identidad en la diferencia, en la exclusión de ciertos rasgos como condición para la inclusión de otros rasgos. Soy así porque no soy asá. En el caso de la Argentina, cuya nacionalidad es imposible de escudriñar antes, digamos, de 1853, cuando se sanciona su Constitución federal, la definición nacional tiene un tinte racial que perdura hasta nuestros días.

Los argentinos somos argentinos porque somos criollos, es decir: europeos de América, blanquitos sin nada de indios ni de negros. Así se forjó a partir de 1880 lo que nuestro gran poeta nacional, Leopoldo Lugones, denominó La grande Argentina. Con matices diversos, esta leyenda fundacional fue rebautizada con variables etiquetas, hasta alcanzar la fórmula peronista de Argentina Potencia.

Quizá lo más gráfico de esta identidad sea la fórmula de aquel empresario que, a punto de viajar a Bolivia, dicen que dijo: “Me voy a Sudamérica.” Me permito traducir: “Estoy en Europa, Buenos Aires es el París de las pampas.” Ciertamente, algunas cifras daban la pauta: una república con poco más de cinco millones de habitantes, sin apenas industrias, tenía hacia 1914 mayoría de población urbana y una capital de un millón de almas con seis teatros de ópera: cuatro cosmopolitas, uno español y uno italiano.

La excepcionalidad se ha extendido, con los años, a una suerte de crisis circular de la cual la Argentina no parece capaz de salir. El progreso que fue el emblema fundacional se ha convertido en insistente ciclo. La flecha disparada hacia el futuro se ha vuelto una vuelta circular, valga el eco. La moneda se hunde, la inflación se dispara, suben la desocupación laboral y la miseria, crece el déficit fiscal y hay que ajustar duramente y pedir auxilio al crédito internacional. No hay caso de distinguir entre gobiernos de tal o cual tendencia. Léase, si se prefiere: entre peronistas de una fracción o peronistas de otra, se llamen populistas o liberales, desarrollistas o agroexportadores.

La salvación no proviene de la política real, concreta y tangible, sino de la imaginación política que vuelve –de nuevo: circularmente– al tópico de la excepcionalidad. La actual vicepresidenta Cristina Fernández viuda de Kirchner ha propuesto la enésima formulación: “La Argentina es el país donde mueren todas las teorías económicas.” La construcción es lapidaria. Puede descifrarse como que los argentinos cuentan con teorías económicas propias –a saber cuáles y cuántas– o que –en el colmo de la excepcionalidad– pueden manejarse sin teoría ninguna, acudiendo a la astrología, el tarot y los conjuros. El recurso es ya tradicional. Incluidos algunos presidentes argentinos como Yrigoyen y Perón echaron mano con normalidad de tales herramientas paranormales. Entre tanto, la inflación se dispara y etcétera. La Argentina es diferente del resto de las naciones pero es idéntica a sí misma, es decir que se reconoce en el viejo espejo de la gran crisis nacional.

Imagen superior: Marianocecowski, CC.

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Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")