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Don Pío

Este año cumple Pío Baroja un siglo y medio. Si apelo a lo secular es porque se me aparece don Pío como el novelista de un largo siglo XIX español, que empieza con la invasión napoleónica comenzando la centuria y acaba con el Plan de Estabilización mediando el XX. Los escritores del 98 como él, se instalaron en ese interminable Ochocientos de pronunciamientos y guerras civiles, incluidas las de escenario americano.

Un rasgo insistente en estos escritores es su mala relación con la historia. Los había marcado el Desastre colonial de 1898 y la imagen de una España que había perdido el pulso. El afuera histórico se mostraba hostil y amenazante. Alguno, como Azorín y Antonio Machado, se concentró en la España inmóvil del rincón provinciano. Maeztu y Menéndez Pidal se fueron a los remotos orígenes. Para Valle-Inclán la historia merecía una caricatura esperpéntica. Baroja nos cuenta una anécdota recurrente, la de un héroe que sale al mundo movido por una intensa ilusión que se frustra y se revela como devaluada por la realidad. De ahí los truncos finales de sus aventuras. Normalmente, se trata de viajeros que se refugian en casa, en el ancestral txoco de los vascos. Así, Zalacaín y Aviraneta. O viven este vaivén en clave de caricatura como Paradox Rey. O fundan una familia de pequeños y decentes burgueses como en Camino de perfección. O acaban fusilados como los anarquistas de Los últimos románticos. O acuden al suicidio en tanto aniquilación y protesta según el protofascista de El árbol de la ciencia.

Don Pío fue un narrador del siglo XIX. Confiaba en la observación de la realidad en términos justamente realistas, ayudados por sus conocimientos científicos en tanto médico. Intentó retratar una sociedad, la española de su tiempo, de modo sistemático y con un añadido interesante: mirar a España desde el viaje y la aventura por el mundo; en todo caso, para constatar que la historia es puro y barullero acontecer sin sentido y que el lugar de la dicha humana no está en ella, en lo público y memorable, sino en el recogimiento hogareño.

Prosista descuidado, excelente retratista de gentes y lugares, débil psicólogo, hábil tejedor de una novela que, en esquema, es siempre la misma siendo diversa de circunstancias y atuendos, tal vez lo mejor de su obra esté en sus márgenes, en sus rememoraciones y meditaciones al pasar agrupadas en El tablado de Arlequín, Juventud y egolatría, Las horas solitarias y la primera mitad de sus memorias Desde la última vuelta del camino. De algún modo, esta última vuelta lo fue de ese siglo XIX al que siempre perteneció como la España de sus fechas. Releerlo es recuperar sus preocupaciones, sus fugaces y líricos instantes de contento, sus estampas de almanaque y su sangriento patetismo. Fue un gran señor de la memoria, ceñudo y cascarrabias, que se encarnizó describiendo un mundo que no le gustaba pero que lo fascinó como para dedicarle toda una vida de empecinada labor.

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Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")