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«Qué difícil es ser dios» (1964), de Arkadi y Borís Strugatski

La ciencia-ficción rusa del siglo XX estuvo en buena medida determinada por exigencias y limitaciones que hacían imposible plantear situaciones que en otros países eran asumidas como tópicos y convenciones bien establecidas. La censura comunista impedía recurrir a racionalizaciones comunes en Occidente. Peor aún, el papel central que en el núcleo ideológico del marxismo soviético jugaba una filosofía de la ciencia muy concreta separó a la ciencia-ficción rusa de la occidental. La única ciencia que debía plantearse era aquélla que «demostrara» la validez del marxismo-leninismo. La política era, por tanto, la única aproximación válida a la realidad.

En la época estalinista se postuló una «teoría de límites» para la ciencia-ficción rusa, en virtud de la cual este tipo de literatura sólo debía tratar de resolver los problemas tecnológicos de un futuro cercano, sin intentar traspasar unas determinadas fronteras temporales, ya que esta era la única forma de permanecer dentro del «realismo» socialista. Así, durante la época de Stalin y el tiempo inmediatamente posterior, la ciencia-ficción tuvo prohibida cualquier extrapolación significativa, viéndose limitada a servir de propaganda de los planes tecnológicos aprobados por el Estado.

Aunque la teoría de los límites se había abandonado mayormente para cuando los hermanos Strugatsky comenzaron a publicar en 1959, su trabajo no se vio libre de problemas con los censores institucionales por considerar éstos que sus «héroes» no representaban con suficiente fidelidad el ideal del Hombre Socialista.

Los primeros libros de los Strugatski se situaron en la tradición de Iván Yefremov, con historias optimistas enmarcadas en un futuro utópico de pleno comunismo. Pero a mediados de los sesenta, ese entusiasmo no sólo se había diluido, sino que se transformó en una amarga desilusión con la política de Kruschev. La confianza en el futuro que desprende, por ejemplo, «Aprendiz espacial» (1962), en la que un joven soldador aprovecha la inestimable oportunidad de acompañar y aprender de un sabio y humanitario inspector general de la organización –comunista– responsable de la exploración espacial, dejó paso a la desesperación, brutalidad e injusticia que impregnan el libro que ahora nos ocupa.

La acción de Qué difícil es ser dios transcurre en el siglo XXII, cuando la civilización humana ya ha conseguido dominar el viaje espacial y alcanzar una especie de Edad Dorada en la que la guerra, el hambre, la enfermedad o el crimen han desaparecido. En este contexto, científicos e historiadores se han reunido en una institución cuyo propósito es buscar por el universo vida inteligente, observarla y, en su caso, ayudar a que progrese hacia un estadio de civilización más avanzado.

Hace ya algún tiempo que concentran sus esfuerzos en un planeta habitado por humanos en un estadio histórico equivalente a nuestro antiguo feudalismo medieval y cuyo reino prominente es Arkanar.

No son tiempos fáciles en Arkanar. Don Reba, un primer ministro cruel y despótico, domina a un rey pusilánime mientras conspira para hacerse con el poder. Ya está sentando las bases de su dictadura, ayudado por brigadas de matones que aterrorizan a la gente y asesinan a aquellos disidentes potenciales: cualquiera que posea un libro, al que se haya oído criticar al gobierno o sea defensor o practicante de cualquier campo del conocimiento intelectual o artístico. Como reacción, parte de la población se refugia en los brazos de un clero igualmente intolerante y radical.

Allí han sido enviados de incógnito agentes terrestres que adoptan las costumbres, lenguaje y apariencia de los nativos, y cuya misión es la de observar y registrar la evolución de esa cultura. Llevan una diadema grabadora que transmite imágenes y sonidos al cuartel general, situado en una nave que orbita al planeta. Uno de ellos es Antón, que se hace pasar por el aristócrata Don Rumata.

Rumata cumple su misión, pero no se siente a gusto en un mundo cada vez más peligroso y violento. Odia la comida, la suciedad y enfermedad omnipresentes, la resistencia al progreso y tosquedad de sus gentes… Sin embargo, poco a poco y contraviniendo sus instrucciones, ha ido implicándose en el devenir de los acontecimientos, salvando a algunos sabios e intelectuales que se han convertido en los nuevos «enemigos» del régimen. Empezó a hacerlo creyendo que su inacción sólo provocaría tragedias aún mayores, pero conforme avanza la novela y se ve atrapado en las intrigas del poder pierde su objetividad: empieza a odiar a su perseguidor, Don Reba, y se enamora de una mujer inocente… Sin embargo y al mismo tiempo, se da cuenta de que es una situación en la que resulta imposible ganar. Tanto si interviene como si no, las consecuencias que de ello se derivarán serán siempre moralmente cuestionables.

Qué difícil es ser dios es una obra oscura en la que se critica sin tapujos el aparato de un estado totalitario: milicias de analfabetos utilizadas como puño político, paranoia, persecución de la intelectualidad, propaganda, torturas… Podría resultar chocante no sólo que su publicación fuera permitida en el seno del régimen objeto de sus virulentos ataques, la Unión Soviética, sino que el líder de la misma, Nikita Kruschev, la leyera y autorizara personalmente.

Los últimos años cincuenta y primeros sesenta fueron una época de «desestalinización» en el país de los soviets. Muchas de las políticas más represivas orquestadas por Stalin fueron suavizadas. En el ámbito cultural y artístico, este periodo fue conocido como «el deshielo». En literatura, por ejemplo, se rebajaron las exigencias del realismo socialista, y Aleksandr Solzhenitsyn vio por fin sus obras publicadas junto a las de otros poetas como Andrei Voznesensky o Yevgueni Yevtushenko.

Pero, por algún motivo, el «deshielo» comenzó a congelarse otra vez alrededor de 1963. El propio Borís Strugatski se pregunta en un epílogo de la novela si la humillación experimentada por el gobierno ruso durante la Crisis de los Misiles Cubanos no tuvo algo que ver en ese rearme ideológico que, una vez más, pasó por «demostrar a los intelectualoides engreídos quién era el amo y de qué lado estaba». Se volvió a utilizar a los periódicos del régimen para acusar a los artistas insuficientemente pro-soviéticos. El «formalismo», «abstraccionismo» y «pesimismo» fueron otra vez incluidos en la lista negra.

El concepto inicial imaginado por Arkadi Strugatski para Qué difícil es ser dios había sido el de una novela de romances planetarios, al estilo de las de Alejandro Dumas, en la que un observador soviético del futuro se veía envuelto en una trama propia de los folletines de capa y espada: duelos, damas en peligro, persecuciones, fugas, etc… Pero fue entonces cuando la postura de las autoridades comunistas empezó a virar de nuevo. Según Borís, «no se podían abrigar ilusiones ni esperanzas en un futuro radiante. Nuestros gobernantes eran unos imbéciles enemigos de la cultura. Jamás estarían de nuestra parte; siempre los tendríamos en contra».

Arkadi temió que se produjera una involución a los excesos de la época estalinista, pero en lugar de esconderse y callar, decidió denunciar la situación. Borís compartía sus preocupaciones y sugirió una reconversión de aquella novela de aventuras aún en gestación. Las peripecias esgrimistas, intrigas cortesanas y damiselas a rescatar no desaparecieron, pero los temas y el tono general se oscurecieron y el libro se convirtió en una crítica nada velada a la persecución política y violenta de intelectuales y artistas.

Tanto fue así que el editor habitual de los hermanos Strugatski, Detgiz (una agencia, por supuesto, estatal) se negó a aceptarla, como también la revista literaria Moskva. Los autores trataron entonces de suavizar el texto para hacerlo más digerible para las autoridades soviéticas, cambiando detalles como el de el nombre del malvado ministro de Seguridad, Rebia (anagrama de Beria, temible fundador de la KGB estalinista) por el de Reba. Pasaron los filtros de la censura oficial, pero aun así, nadie quiso arriesgarse a publicarla. Finalmente, decidieron hacerlo ellos mismos en una colección titulada Dalyokaya Raduga (Arco Iris Lejano).

Puede que la censura hubiera rebajado algo sus exigencias, pero no así la vieja guardia. La aparición de la novela provocó un torrente de agresivas críticas desde los órganos «culturales» oficiales. Sin embargo, la disociación entre el aparato político y la sociedad no pudo demostrarse mejor: desde el principio, el libro fue un éxito, y ha seguido reeditándose desde entonces. Hasta la fecha, ha vendido sólo en Rusia cerca de tres millones de ejemplares. En el extranjero, a pesar de los retrasos en editarla, la dificultad de acceder a literatura rusa o las inadecuadas traducciones (y en España, además, una vergonzosa autocensura en la edición de Acervo), también ha sido alabada por críticos y estudiosos del género.

Así que tenemos una obra políticamente desafiante cuyo mensaje de fondo está fuertemente enraizado en su tiempo. Pero entonces, ¿cómo ha envejecido Qué difícil es ser dios? ¿Ha erosionado el tiempo su interés para las nuevas generaciones post-Guerra Fría? Pues bien, aunque la historia es un reflejo de cierto periodo histórico de la ya extinta Unión Soviética, por desgracia para nosotros hemos de decir que sus denuncias siguen teniendo plena validez. La supresión del librepensamiento, la desconfianza hacia quien disiente de las tesis oficiales, la glorificación del Estado (o el Partido, la Fe, la Raza o la Nacionalidad) y la censura siguen gozando de buena salud en el mundo contemporáneo.

Como no hay signos de que este estado de cosas vaya a cambiar, el lector que hoy se acerque por primera vez a esta novela seguirá comprendiéndola muy bien.

Igualmente destacable es la forma en que los Strugatski abordan la dinámica de la Historia. La novela reconoce que la humanidad tiene una naturaleza básicamente fallida que impide el éxito de cualquier forma de ingeniería social que pretenda impulsar el progreso. Rumata evoca constantemente la bajeza humana como obstáculo para la mejora verdadera de la civilización.

En este sentido, resulta fundamental en la obra el diálogo entre Rumata y el médico Budach. Irónicamente, el «divino» Rumata (puesto que así le consideran quienes saben que proviene de un mundo lejano infinitamente más avanzado), demuestra tener menos imaginación utópica que su «primitivo» contertulio. Preguntado qué haría si pudiera cambiar las cosas, Budach propone dar comida, refugio y trabajo a todos. Rumata responde que, inevitablemente, los fuertes les arrebatarían esas cosas a los débiles. Budach dice que habría que castigarlos. Rumata que no serviría de nada, puesto que todas las personas nacen débiles y sólo se fortalecen cuando se ven en dificultades. Para él, sólo hay dos soluciones: o bien toda la población debe ser mantenida bajo control, o bien habría que eliminar, por corrupta, a toda la humanidad y sustituirla por otra forma de vida inteligente. En el primer caso, la utopía se convierte en una prisión, en el segundo se sugiere que esa utopía sólo es posible si se trasciende la propia humanidad.

El libro debe también su fuerza y capacidad de pervivencia no sólo a los temas que trata, sino a sus personajes, las relaciones que se establecen entre ellos, el drama de sus vidas y la dificultad que siente un hombre moderno para ajustar su mente a parámetros culturales ajenos. En definitiva, el mérito de la historia reside también en su capacidad de conectar con el lector no sólo a un nivel intelectual, sino emocional.

Qué difícil es ser dios es una afortunada combinación de novela histórica, ciencia-ficción, aventuras e irónica fábula política, con un trasfondo tan humanista como deprimente, pero siempre narrada con ritmo ágil e ironía. Sin duda, uno de los trabajos más importantes de la ciencia-ficción europea.

Imagen superior: «El poder de un dios» («Es ist nicht leicht ein Gott zu sein», 1989), de Peter Fleischmann.

Vídeos: «Qué difícil es ser un dios» («Trudno byt bogom», 2013), de Aleksey German.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".