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«Los hijos de la gloria» («The Glory Boys», 1984), de Michael Ferguson

No, no se trata de un drama abrupto sobre los hijos yonquis de una portera del Barrio Chino. En realidad, el título corresponde a una miniserie británica de los años 80, dirigida por un tal Michael Ferguson (un artesano de la televisión). La pillé por un euro o así en el puestecillo tan simpático que tienen (¿quiénes?) en Estación de Sants, básicamente porque me apetecía un menú con Rod Steiger de entrante y Anthony Perkins de plato principal, regados con unos culines de Joanna Lumley (otra de mis debilidades de la niñez).

Cierto que empiezo a apreciar mucho más a Anthony Perkins ahora que está muerto y sé más cosas de él: entre otras, cómo murió. Hasta sé que su viuda murió en el 11-S: probablemente fue un daño colateral toda su vida. Me gusta Perkins porque tiene un punto de pasota, más educado que el de Klaus Kinski, pero no por ello menos evidente. Me gusta su carisma, y la efigie algo maltratada que pasea por esta película televisiva funciona alimentada exclusivamente de carisma.

La trama tiene su miga y es muy interesante visionarla con nuestro espíritu post-11. Un científico israelí (played by Rod Steiger, tan profesional siempre como poco excitante) es amenazado por un grupo de terroristas palestinos: se sabe que intentarán atentar contra su vida durante una conferencia que dará en Londres. La banda de palestinos, muy a los Dalton, es defenestrada en días previos, pero aun así, el único superviviente seguirá adelante con su objetivo, echando mano de la generosidad de un terrorista del IRA, que se anima a ayudarle (eso sí es amor interracial), y de un plan B absolutamente desquiciado: dicho plan, más propio de Benny Hill que de una organización terrorista rigurosa, consiste en llegar con el coche a toda velocidad al edificio en cuestión, arrimar el vehículo lo máximo posible, salir a toda leche y encaramarse ‒aupado por el irlandés‒ hasta la ventana que da a la sala de conferencias, liarse a tiros con la esperanza de que alguno dé en la diana del científico, y salir pitando. El plan es tan absurdo que no me extrañaría que se basara en algún caso real.

Probablemente, una trama tan básica, típica de las novelas baratas de espías de los 70 (ésas que jamás hubiera creído que pudieran dar lugar a la saga Bourne: pero con los westerns pasaba muchas veces lo mismo), sería de lo más irritante para el lector (para este lector), pero enfundada en formas televisivas funciona muy bien.

Perkins deviene lo mejor de la función: se supone que es un agente especializado en misiones de alto riesgo (yo tampoco me lo explico, a no ser que sean específicamente de alto riesgo sanguíneo), por lo que el Departamento de Seguridad le encomienda hacerse cargo de la protección del señor Steiger. Flemático, alcohólico y descreído, Perkins protagoniza diálogos impagables, como cuando su superior le confía que el Ministro ha pedido en privado que no haya supervivientes entre los terroristas, para no dar pie a intercambios de prisioneros con Palestina: “¿Podría tener eso por escrito?”, apostilla un travieso Perkins, ganándose una amonestación ocular por parte de su jefe.

El final de Los hijos de la gloria es de una cínica y violenta clarividencia, sorprendente en un formato tan poco ambicioso. De hecho, su conclusión es magnífica. Da mucho más de lo que uno podría esperar de un telefilme donde sus protagonistas se llaman Jimmy y Sokarev.

Copyright del artículo © Hernán Migoya. Previamente publicado en Comicsario, un blog para la fenecida editorial Glénat España. Reservados todos los derechos.

Hernán Migoya

Hernán Migoya es novelista, guionista de cómics, periodista y director de cine. Posee una de las carreras más originales y corrosivas del panorama artístico español. Ha obtenido el Premio al Mejor Guión del Salón Internacional del Cómic de Barcelona, y su obra ha sido editada en Estados Unidos, Francia y Alemania. Asimismo, ha colaborado con numerosos medios de la prensa española, como "El Mundo", "Rock de Lux", "Primera Línea", etc. Vive autoexiliado en Perú.
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