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«La hora final» (1959), de Stanley Kramer

Los misterios del átomo fueron durante siglos una suerte de Santo Grial para los científicos. El filósofo griego Demócrito fue el primero en sugerir, alrededor de medio siglo antes de Aristóteles, la existencia de partículas elementales: «Estos átomos se mueven en el vacío infinito, separados unos de otros y diferentes entre sí en figuras, tamaños, posición y orden; al sorprenderse unos a otros colisionan y algunos son expulsados mediante sacudidas al azar en cualquier dirección, mientras que otros, entrelazándose mutuamente en consonancia con la congruencia de sus figuras, tamaños, posiciones y ordenamientos, se mantienen unidos y así originan el nacimiento de los cuerpos compuestos».

En el albor del siglo XX, ya estaba claro que la luz del Sol y las estrellas tenía su origen en algún tipo de energía atómica. En 1899, el geólogo americano Thomas Chrowder Chamberlin deducía que los átomos eran “depósitos de enormes energías” y que “la condiciones extraordinarias que se dan en el centro del Sol pueden…liberar una porción de esta energía”.

El crédito de imaginar armas nucleares y el consiguiente apocalipsis por su uso indiscriminado no debe atribuirse a la ciencia sino a la ciencia-ficción. Durante las cuatro primeras décadas del siglo XX las bombas atómicas sólo se encontraban en las páginas de las revistas pulp y algunas novelas del género, como La liberación mundial (1914), de H.G. Wells, o La Tierra permanece (1949), de George A. Stewart. Desde entonces, la ciencia-ficción ha quedado muy unida con la amenaza de un holocausto nuclear.

El género postapocalíptico empezó a tomar prevalencia en la ciencia-ficción durante la década de los cincuenta. La muerte por desintegración atómica de millones de personas y el escenario resultante de la aniquilación de la civilización adoptó formas más sutiles en la literatura mainstream de la época. El Señor de las Moscas, publicada en 1954, no era sino una vuelta de tuerca a la ideas expresadas por H.G. Wells en algunas de sus novelas. A saber: que la civilización es sólo una capa muy delgada de la que nos desprendemos fácil y rápidamente ante circunstancias extremas. En esa novela escrita por William Golding, un grupo de niños y preadolescentes evacuados durante una guerra nuclear no especificada, van a parar a una isla desierta sin adultos que los supervisen. El mensaje de la historia es muy claro y común al de tantas ficciones postapocalípticas: el auténtico horror no está tanto en un peligro externo como la bomba sino en nuestra innata maldad.

El almirante William Leahy, Jefe del Estado Mayor Conjunto durante la Segunda Guerra Mundial, se opuso firmemente al uso de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, y llegó a afirmar que se arrojaron para justificar los dos mil millones de dólares gastados en su desarrollo. Molestó a muchos cuando dijo que los Estados Unidos, al ser la primera nación en utilizar armamento atómico “había adoptado los estándares éticos propios de los bárbaros de los tiempos antiguos. Leo Szilárd (el físico que concibió la idea de una reacción en cadena) afirmó que una nación que ha sentado semejante precedente tendría que soportar la responsabilidad de inaugurar una “era de devastación a una escala inimaginable”.

Al fin y al cabo, si había sucedido una vez podía suceder otra. Hoy resulta fácil burlarse de la paranoia y los miedos de aquella época pero la obsesión americana de la posguerra por la infiltración comunista vino en buena medida alimentada por los espías –reales‒ soviéticos que se hicieron con información detallada del Proyecto Manhattan. El físico teórico de origen alemán y espía Klaus Fuchs, entre otros, proporcionó a Josef Stalin la información necesaria para que la Unión Soviética desarrollara su propio armamento nuclear. La primera bomba atómica rusa, detonada en 1949, era una copia exacta del “Fat Man” americano. Con el descubrimiento de la fisión, inspirada por la novela La liberación mundial de Wells, y apoyada en la idea de la reacción en cadena de Szilárd, los físicos se convirtieron, casi de la noche a la mañana, en un recurso militar de importancia capital para las naciones.

Tras la Segunda Guerra Mundial y durante unos años, los americanos se sintieron invencibles, así que cuando Moscú entró en la era atómica, Washington se quedó paralizado. En los años cincuenta, la tensión entre ambas superpotencias fue aumentando en lo que históricamente se ha dado en llamar Guerra Fría, trasladando sus miedos y ansiedades (carrera armamentística, espías, conflictos en otras zonas del mundo, persecución de ciudadanos por sus ideas políticas…y la siempre ominosa idea de un holocausto nuclear) a la ficción literaria y cinematográfica.

Una lectura obligatoria para cualquiera que asistiera al instituto entre la crisis de los misiles cubanos (1962) y la caída del Muro de Berlín (1989) fue la novela On The Beach (1957), del británico emigrado a Australia Nevil Shute. La obra retrataba las consecuencias de una guerra nuclear de una forma descarnada y desalentadora. Casi fue inevitable que el principal director de películas “con mensaje”, Stanley Kramer, la llevara a la gran pantalla en 1959 sobre un guión de John Paxton.

Enero de 1964. El hemisferio norte de la Tierra ha sido aniquilado por una guerra nuclear. Australia aguarda, dominada por la angustia, a que los vientos arrastren hacia ella la nube radioactiva que acabará con todos sus habitantes. Un submarino norteamericano comandado por Dwight Towers (Gregory Peck) ha sobrevivido a la guerra y se halla estacionado en Melbourne, donde tanto él como su tripulación hacen amistad y establecen relaciones íntimas con los locales que, como ellos, viven tiempo prestado.

Con la esperanza de encontrar algún otro lugar de la Tierra donde el hombre haya podido sobrevivir, Towers y su submarino realizan un último viaje a la costa Oeste de los Estados Unidos, de donde proceden unas extrañas transmisiones de radio. De vuelta en Australia, la gente vive ya sus últimos días con diversos grados de desesperación y negación.

En su momento, La hora final recibió el poco comedido calificativo de “la película más importante de nuestros tiempos”. Desde luego, el director, Stanley Kramer, se lo tomó muy en serio, y el estudio organizó estrenos simultáneos en varias ciudades por todo el mundo (incluyendo Melbourne). Fue la primera vez que se hacía eso con una película. Hoy resulta difícil imaginar por qué la gente tuvo semejante consideración por este lento drama.

Pero claro, las cosas, como vimos más arriba, eran muy diferentes en 1959. La Guerra Fría dominaba con su sombra las vidas de la gente, y la paranoia por la infiltración comunista y el temor a ser barridos de la faz de la Tierra por un fogonazo nuclear no sólo eran temas omnipresentes en los medios de comunicación, sino que empapaban también las obras de ficción en todos los formatos. Hasta La hora final, la ciencia-ficción había abordado esa ansiedad de forma indirecta. Ultimátum a la Tierra (1951) era una advertencia sobre el peligro de combinar la agresividad humana con el armamento nuclear. En otras películas de invasiones alienígenas como Invasores de Marte (1952) o La Guerra de los Mundos (1953), las bombas atómicas jugaban un papel de importancia en la trama. Y luego estaban, claro, las catarsis metafóricas en forma de monstruos mutados por la radiación como El monstruo de tiempos remotos (1953), La humanidad en peligro (1954), Godzilla (1954) y similares. Los únicos films que habían mostrado los horrores atómicos sin ambages habían sido Five (1951), la barata El día del fin del mundo (1955) y El mundo, la carne y el diablo (1959), historias que, en último término, titubeaban a la hora de transmitir su mensaje optando por un cauto optimismo y mostrando supervivientes dispuestos a resurgir de las cenizas y construir un mundo mejor. En cambio, La hora final destaca precisamente por su pesimismo y la certeza de que nadie sobrevivirá para reconstruir nada.

No es que La hora final sea una buena película; simplemente, fue la primera y marcó un antes y un después en el subgénero de la guerra nuclear. Fue como si se hubiera traspasado una suerte de barrera psicológica que, de repente, otorgó a los cineastas la libertad para compartir abiertamente sus ansiedades –que, por otra parte, eran también las de mucha gente‒. Casi inmediatamente, las películas de monstruos gigantes de génesis atómica empezaron a marchitarse, dejando paso a títulos como ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (1964), Punto límite (1964) o el falso documental El juego de la guerra (1965), todos los cuales se mostraban descarnados a la hora de abordar las realidades de la guerra nuclear y mostrarlas de la forma más desoladora posible. Como La hora final, eran films de primera clase, lejos de la serie B por la que habían transitado las películas de monstruos de los cincuenta. Estaban dirigidas por realizadores de renombre (Stanley Kramer, Stanley Kubrick, Sidney Lumet, Peter Watkins) y contaban con repartos integrados por estrellas de Hollywood. Y todas ellas, además, se distanciaron del color, prefiriendo un blanco y negro que solía asociarse en mayor grado con el realismo.

En cierta medida, La hora final es más un drama humano que ciencia ficción propiamente dicha. El mensaje universal de “¿Cómo hemos sido tan estúpidos como para llegar a esto?” –además de evitar culpabilizar directamente a Estados Unidos‒ discurre siempre paralelo a la trama, pero ésta tiene más que ver con la forma en que los personajes afrontan psicológicamente la situación que con el panorama global. La intención última ‒mostrar las diferentes actitudes, reflexiones, traumas, ansiedades y dilemas de diferentes individuos ante la certeza de una muerte inminente‒ es digna de elogio: ¿Debe el comandante Towers enfrentarse al hecho de que su esposa e hijos hayan muerto y así iniciar una relación con Moira Davidson (Ava Gardner)? ¿Puede ésta superar su impostada indiferencia y su alcoholismo a cambio del amor de un hombre honesto? ¿Es moral que el teniente Holmes (Anthony Perkins) trate de convencer a su esposa para que ella y su pequeño hijo ingieran píldoras letales antes de que llegue el momento fatal? ¿Se suicidará el científico Julian Osborn (Fred Astaire) cumpliendo su último deseo de participar en una competición automovilística?…. El problema es que todo esto le da a la película un espíritu de culebrón trágico y algo banal.

De hecho, el principal inconveniente de la película es la higienización del apocalipsis para convertirlo en un melodrama absurdamente apacible. A pesar del hecho de que toda la vida de la Tierra ha sido aniquilada por el holocausto nuclear, nunca llega a verse un cadáver ni una quemadura por radiación…ni siquiera daños materiales. Aunque se ven panorámicas de San Francisco y San Diego, estas ciudades no parecen registrar destrozos, y el único cambio es la ausencia de gente. En las ciudades australianas sólo llama la atención la reaparición de los carros tirados por caballos cuando se acaba el petróleo,

La hora final es una historia de negación, de gente que continúa obstinadamente inmersa en lo cotidiano aun cuando saben que el fin está cerca. A pesar del fatalismo que domina la trama, hay un optimismo absurdo en la noción de que la gente seguirá comportándose de acuerdo a las normas sociales en semejante escenario. De hecho, la apocalíptica perspectiva que afrontan apenas afecta a la digna compostura y educación de los actores.

La noble aceptación de lo inevitable de Gregory Peck y la femenina resignación de Ava Gardner o Donna Anderson son presentados como los comportamientos ideales ante la adversidad. El sexismo inherente del film resulta especialmente chirriante al final de la película, cuando el comandante Towers y Moira deben separarse porque las mujeres no tienen permitido el acceso a bordo de un submarino… ni siquiera cuando el mundo llega a su fin. Tampoco ayuda al resultado final la acartonada interpretación de Gregory Peck o escenas como aquella en la que dos ancianos se quejan en un club de caballeros de que no van a tener tiempo de beberse las cuatrocientas botellas de licor del almacén. A la vista de esto, uno puede entender que Stanley Kubrick optara por retratar el apocalipsis nuclear como una comedia negra en ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú.

El ritmo es asimismo muy lento, entre otras cosas porque Kramer consideró necesario dejar bien claro todas las cuestiones a tratar, volviendo sobre ellas varias veces. En este sentido, brinda todo bien masticado al espectador, sacrificando por el camino la sutileza. La película nos conduce literalmente al fin del mundo, sin milagros ni excepciones, y no contento con empapar toda la trama de pesimismo, Kramer remata con tosquedad el mensaje admonitorio en el último plano: una pancarta del Ejército de Salvación que reza “Aún hay tiempo… hermano” plantada en mitad de una ciudad desierta, mientras de fondo suenan las melancólicas notas de “Waltzing Matilda”, ese himno no oficial de Australia.

Pues bien, a pesar de todo lo dicho, La hora final sigue ofreciendo momentos que impresionan al espectador moderno. La desolación que transmiten algunas de sus imágenes (ciudades muertas, gente haciendo cola para obtener píldoras letales…) mantienen su capacidad desasosegante. Ningún pasaje demuestra mejor la muerte de todo un continente que el viaje del submarino a los Estados Unidos a la búsqueda de la enigmática fuente de la señal de radio. Primero, descubren que ésta es un mero accidente, una botella de Coca Cola atrapada por una persiana oscilante que golpea al ritmo del viento el conmutador de un transmisor. Y luego, han de contemplar cómo uno de sus compañeros deserta a bordo de un bote para llegar a su hogar en San Francisco, sabedor de que va a morir ineludiblemente y manteniendo su emotiva última conversación con el submarino.

La hora final tuvo un impacto tremendo. El New York Times afirmó que “El gran mérito de esta película… es el hecho de que transmite la apasionada convicción de que, después de todo, el hombre merece ser salvado”. El químico Linus Pauling, ganador del Premio Nobel en 1954, declaró: “Puede que dentro de algunos años podamos mirar atrás y decir que La hora final fue la película que salvó al mundo”. El propio Pauling volvió a ganar el Premio Nobel en 1962 –en esta ocasión el de la Paz‒ por su cruzada contra las pruebas nucleares. Sigue siendo uno de los pocos que en la historia han ganado dos de esos preciados reconocimientos.

Pero claro, la película también ofendió al sector de los belicistas. El New York Daily News publicó que el film “jugaba en los campos de a) el Kremlin, y b) los occidentales derrotistas y/o traidores que aúllan por el desmantelamiento de la Bomba H”. La revista Time se burlaba: “La película consigue hacer de la situación más peligrosa concebible en la historia humana algo bastante estúpido y propio de la ciencia-ficción”.

La novela de Shute se basaba en el principio de que los bombardeos nucleares y la radiación resultante no conocen fronteras y que la devastación sería completa y global. El film no atempera ese fatalismo. El científico Julian Osborn (Fred Astaire) lanza un feroz ataque a la estrategia militar de disuasión defendida entonces por Washington: “Todo el mundo tenía una bomba atómica y contra-bombas y contra-contra-bombas. Los artefactos nos superaron. No podíamos controlarlos”.

Como de costumbre, el físico nuclear Edward Teller echaba chispas. Dedicó todo un capítulo de su libro El legado de Hiroshima (1962) a refutar la novela de Shute. “Aunque irreal”, hubo de confesar a regañadientes, “la eliminación que muestra Shute de cualquier iniciativa práctica para sobrevivir es aterradora, porque se corresponde con la actitud de la inmensa mayoría de nuestra gente”. En este sentido, la película alcanzó tal popularidad que el gabinete del presidente Eisenhower discutió formas de responder a su mensaje.

El gobierno americano tenía una considerable experiencia en campañas de propaganda. Tras el ataque japonés a Pearl Harbor en 1941, se habían pasado cuatro años desarrollando estrategias de comunicación. Para cuando se arrojó la bomba de Hiroshima, las ideas de que estaban luchando contra “los enemigos de la Libertad” y la necesidad de obtener la supremacía militar estaban bien impresos en la psique pública. Al comienzo de la Guerra Fría, las campañas gubernamentales de propaganda sólo tenían que reemplazar la palabra “nazismo” por “comunismo” antes de colocar a continuación la expresión “enemigo de la libertad”.

En lo que se refiere al tema del conflicto nuclear, se optó por el mensaje de que sólo sobreviviría la potencia dominante. La propaganda americana incluía una serie de medidas prácticas que podían adoptarse en caso de un ataque nuclear. Y aquí entra la infame campaña “Duck and Cover”, enseñada a generaciones de escolares americanos desde finales de los cuarenta hasta los ochenta: una vez que se ve en el horizonte el característico hongo nuclear, hay que buscar refugio –bajo una mesa, junto a una pared de carga quizás‒ y cubrirse la cabeza con las manos. No puede sorprender que muchos pensaran que esos simulacros que se realizaban periódicamente no fueran a servir de nada en caso de una verdadera guerra termonuclear. En realidad, ese tipo de mensajes no hacían sino empeorar la paranoia.

La novela de Nevil Shute fue adaptada a la pequeña pantalla en el año 2000 en forma de miniserie dirigida por el australiano Russel Mulcahy (Los Inmortales). Esta versión se beneficiaba de un reparto de actores verdaderamente australianos, como Rachel Ward o Bryan Brown, mientras que Armand Assante interpretaba al comandante norteamericano. En realidad, se trata más de una adaptación de la película que del libro y va trasladando fielmente todos sus momentos, dirigidos, eso sí, con un toque lírico crepuscular que la diferencia lo suficiente del film de 1959 como para merecer un visionado.

La hora final fue la más famosa de las películas “anti bomba” de los cincuenta. Se publicitó mucho, se discutió aún más y sirvió de sólida propaganda para el lobby antinuclear. Pero hoy ha perdido gran parte de su capacidad para impactar. La trama rezuma resignación y pesimismo, pero no urgencia ni suspense. Hay momentos destacables, sobrecogedores y emotivos, sí, pero lo que se desarrolla en la pantalla es un drama muy al gusto de Hollywood, demasiado higiénico, solemne y contenido dadas las circunstancias, y con personajes atrapados en situaciones muy sobadas e intrascendentes en el umbral de una muerte nuclear, como los triángulos amorosos o la indecisión entre cumplir con el deber o atender a la familia. La única forma de entender plenamente su repercusión y papel en la historia de la ciencia-ficción es encuadrarla en su marco histórico y social.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".