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«Valor de Ley» («True Grit», 2010)

No entraré en la polémica de las comparaciones. Me encanta la adaptación de la novela de Charles Portis que Marguerite Roberts firmó en 1969 para Henry Hathaway, y considero irrepetible la interpretación que John Wayne hizo entonces de Rooster Cogburn. Afortunadamente, las grandes historias nunca se cuentan lo suficiente, y los hermanos Coen nos regalan otra adaptación sensacional, tan conmovedora como imaginativa.

Si prescindimos de su fidelidad del guión a la novela original –publicada por entregas en el The Saturday Evening Post hace 42 años–, Valor de ley se nos presenta como un western a la antigua usanza, repleto de personajes que desafían a la eternidad, planos llenos de vigor y situaciones arrebatadoras.

A estas alturas del nuevo siglo, el sonido de los westerns clásicos nos llega muy amortiguado, como un rumor que tan solo Clint Eastwood ha sabido mantener vivo. En esta tesitura, los hermanos Coen han tomado una decisión valiente: lo suyo no es un homenaje o una paráfrasis, sino cine del Oeste en toda regla.

Es más, pese a su tono crepuscular, esta película se da la mano de forma asombrosa con los grandes del género, y hereda la sobriedad, la sencillez y la intensidad de aquellos artesanos que convirtieron el western en un vivero de obras maestras.

En la novela de Portis se siente esa excentricidad que le va bien a los Coen, y sin embargo, los fotogramas de Valor de ley están bendecidos por un clasicismo que se distancia de la restante filmografía de esta pareja. En realidad, nos encontramos ante su trabajo mejor acabado y más renovador desde Sangre fácil.

No solo se advierte aquí un sentido muy maduro del montaje y de la puesta en escena. También sorprende la fotografía del gran Roger Deakins –con ese sedimento que reconocerán los espectadores obsesionados por el pasado–, la naturalidad del vestuario e incluso el acierto de la banda sonora, cuya atmósfera nos introduce aún más en el relato.

Pero este hechizo especial de la película tiene su mayor evidencia en el ejemplar reparto, sensacional por muy diversas razones.

En la piel del curtido marshal Reuben J. «Rooster» Cogburn, Jeff Bridges obtiene pepitas de oro de una interpretación soberana, rebosante de sabiduría.

La joven Hailee Steinfeld hace creíble a esa niña Mattie Ross, inteligente, valiente y protegida de los horrores que afronta por un férreo moralismo presbiteriano.

Matt Damon está espléndido como La Boeuf, el ranger de Texas educado y parlanchín.

En sus breves escenas, Josh Brolin borda el papel de Tom Chaney: un matón despiadado, al que el destino maltrata hasta convertirle en lo que es.

También sorprende Barry Pepper como el forajido «Lucky» Ned Pepper: un personaje complejo, en el que se alternan la crueldad, la ironía y un cierto sentido del deber.

En definitiva, esta es una película de mucho temperamento, magistralmente realizada, fiel al gran mito americano. Un western que contagia vitalismo, rebosa sensibilidad y nos invita a creer que el amor por el buen cine tiene nuevas razones para existir.

Sinopsis

Mattie Ross (Hailee Steinfeld) llega a Fort Smith como única representante de su familia, en busca del cobarde Tom Chaney (Josh Brolin), de quien se dice que mató a su padre por dos monedas de oro antes de huir como un fugitivo al territorio indio.

Decidida a seguir a Chaney y hacer que le ahorquen, Mattie le pide ayuda a un hombre del que se dice que es uno de los jefes de policía más rudos que hay en la ciudad: el borrachín de gatillo fácil Rooster Cogburn (Jeff Bridges), quien, después de muchas objeciones, accede a perseguir a Chaney.

Pero Chaney es ya el objetivo del hablador ranger de Texas LaBoeuf (Matt Damon), quien también se propone capturar al asesino y llevarlo a Texas para cobrar una sustanciosa recompensa, lo que hace que los tres choquen por el camino.

Decididos y obstinados, cada uno de ellos impulsado por su propio y rudo código moral, emprenden esta insólita banda cabalga hacia un juicio impredecible, y se van viendo envueltos en la materia de las leyendas: malicia y brutalidad, valor y desilusión, tenacidad y amor sin reservas.

Valor de ley es una mítica historia del Oeste sobre una aventura de venganza y valor de los oscarizados cineastas Joel y Ethan Coen, cuya conmovedora adaptación sintoniza perfectamente con el humor franco, la atrevida narrativa y la ruda belleza de la novela de Charles Portis, un clásico de la literatura norteamericana.

La época es la década de 1870; el lugar, la Norteamérica de la frontera, justo después de la Guerra Civil, y quien narra la historia es la joven Mattie Ross, que con 14 años de edad emprende viaje a Fort Smith, Arkansas, decidida a buscar justicia por la muerte de su padre, tiroteado a sangre fría.

Jeff Bridges, que consiguió el papel de Cogburn, dice que fue la idea de mezclar la cadencia auténtica del libro y su tono jovial aunque conmovedor con el enfoque cinematográfico de los Coen lo que le ilusionó mucho por interpretar a un personaje irónico de una manera fresca.

“Cuando los Coen mencionaron por primera vez la idea de hacer Valor de ley, les dije: ‘Vaya, ¿no se hizo ya esa película? ¿Por qué queréis hacerla otra vez?’ Y ellos me dijeron: ‘No queremos hacer un remake, vamos a hacer una versión del libro original de Charles Portis’. Así que leí el libro e inmediatamente me di cuenta de lo que hablaban. Parecía la historia perfecta para que los Coen hicieran de ella una película. Y, dado que nunca antes habían hecho una auténtica aventura del Oeste, iba a ser una sorpresa”.

Añade Matt Damon, quien interpreta a LaBoeuf: “No había leído el libro hasta que me lo pasaron los hermanos Coen, pero es una novela norteamericana fantástica que merece ser reconocida como tal. Su adaptación era sencillamente genial. Utilizaban muchos de los diálogos originales y captaban el oído de Charles Portis para la forma en la que hablaba realmente la gente. Me dejó de una pieza. Y aún así, se siente la voz de los Coen, porque son unos artistas muy potentes”.

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Copyright de sinopsis e imágenes (fotos por Lorey Sebastian y Wilson Webb) © Paramount Pictures. Cortesía de Paramount Pictures Spain. Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.