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Curiosidades Titanic

‘Titanic’ (1997). Reflotando el Titanic

Buena noticia para los cinéfilos es la reposición de Titanic, el filme de James Cameron, con motivo de su primer cuarto de siglo. Se recobra así la antigua y noble costumbre de la reposición de películas, que se ha ido perdiendo en nuestras salas y que el aficionado estima especialmente. El cine, como cualquier arte, es su propia historia y ésta ha de sobrevivir en locales de proyección.

La película del caso tiene una doble fama: ser una comedia sentimental con término de catástrofe y ser, al tiempo, una espectacular evocación de época y de trágica anécdota. En efecto, el hundimiento del Titanic, un fracasado alarde de técnica e inversión, fue uno de los indicios para un final de época. En 1912, cuando el hundimiento, quedaban sólo dos años de preguerra mundial. Joseph Conrad, en su doble condición de novelista y marino, escribió por entonces unas páginas donde reunía la imponencia del trasatlántico con su extrema fragilidad, pues el acero de su carcaza tenía la misma densidad que una lata de bombones. Es decir: se hundió el titánico símbolo de la Belle Époque, pomposa y débil como tantas civilizaciones.

Propongo una relectura de la película, más allá de su sentimentalismo y su espectacularidad. En efecto, si bien se mira, hay en ella dos historias distintas, de diverso registro narrativo y alternos narradores. Una es breve y directa, digamos la que cuenta Cameron: unos exploradores del océano hallan entre las ruinas del barco una caja con el retrato de una joven desnuda. Se impone entonces de saber si ella, aunque ya ni joven ni a flor de piel, sobrevive. La otra es el relato de una anciana que dice ser la retratada y que se convierte en dueña y señora de la fábula. Ella fue Kate Winslet y él, Leonardo DiCaprio.

¿Es verosímil, desde la Historia, la historia de la vieja dama? Algunos indicios la desmontan y no creo que hayan sido despistes de Cameron. Al menos, hay que respetar no ya lo que pueda decir sobre lo que quiso hacer sino lo que subsiste hecho. La joven del caso viaja con un odiado novio, rico él y coleccionista de arte. Transporta cuadros importantes, entre ellos Las señoritas de la calle Aviñón de Picasso y unas Ninfeas de Monet, que no iban en el Titanic pues se conservan entre París y Nueva York. Lo mismo pasa con el muchacho, presunto autor del presunto retrato. No figura en la lista de pasajeros pues era un polizón, pero tampoco se explica por qué desapareció, en caso de haber existido, dado que los cadáveres de los ahogados flotaron y no se hundieron. La buena señora termina arrojando al mar una gema preciadísima, un diamante azul. ¿Es verosímil que se deshaga de tal pieza tras haberla conservado tanto tiempo? ¿No será más bien una chafalonía que conviene eliminar?

Estas ambigüedades son propias de toda buena narración y conducen hasta una de los temas fuertes de la literatura: la calidad del pasado. Los eventos importan menos que su fábula porque De te fabula narratur, el cuento te narra, tienes el pasado que eres capaz de narrar. Varios narradores en el siglo del Titanic, entre la proliferación de Marcel Proust y la frugalidad de Jorge Luis Borges, nos han dejado lo que podríamos denominar reflotamientos del Titanic por medio de la memoria, que es selectiva y está cargada del deseo presente.

La dama que nos cuenta la “otra” historia gracias a la habilidad narrativa de Cameron, es la dueña del cuento que hemos visto y podremos volver a ver. El pasado es su propio cuento facturado por la astucia retórica del cuentista. Sí: en la memoria de la buena señora, la nave sigue derivando sobre las aguas en una suerte de fiesta suntuosa y perpetua. El chico gamberrete se encuentra con la chica de buena fortuna y entra en el salón de baile de primera clase en el titánico trasatlántico, que le estaba vedado por su baja condición social, para seguir bailando en la memoria de ella y la nuestra. Y colorín colorado este cuento no se ha acabado. Basta estar atentos a la línea de flotación del Titanic.

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Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")