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Obscenidad y pornografía

Cada tanto hay movida acerca de imágenes publicitarias que cierto feminismo considera ofensivas para las mujeres. Ahora se trata de una de ellas, desnuda y atada de pies y manos. Hace unos años, de una joven igualmente en pelota y ofreciendo unos dulces. Recuerdo que, por las mismas fechas, una propaganda de tamaño natural de un hombre en cueros ornaba las cabinas telefónicas de entonces, como un Adán encerrado en una jaula urbana. Nadie protestó. Un varón como objeto publicitario no cosifica, al revés de lo que ocurre con una mujer.

Cabe pensar que una especial sensibilidad afecta a las mujeres en esta época de lucha por la igualación, de la cual participan ellas y ellos, en uno u otro bando. Es lógico, natural y justo. La mujer no quiere ser hermosa y estar atada como un animal doméstico. Pero de ahí a considerar necesariamente impúdico y ofensivo todo manifiesto como el citado, hay un trecho y conviene matizar sobre su naturaleza. De lo contrario, habría que volver a cubrir con trapos y harapos toda la estatuaria clásica.

En este sentido, conviene distinguir lo que es obsceno de lo que es pornográfico, ya que se utilizan como sinónimos sin serlo estrictamente. La obscenidad es la exhibición de algo que se considera como normalmente oculto. Da lo mismo que sean partes del cuerpo humano como sustancias o actos de distinta naturaleza. Lo obsceno pertenece al registro de lo moral y, por lo tanto, al mundo de las costumbres. Nos parece obsceno ver algo o a alguien a lo que o a quien no estamos habituados a ver, que atenta –por así decirlo– contra nuestros hábitos visuales. Desde luego, la medida y hasta la objetividad de lo obsceno se alteran con el tiempo y el lugar. Si nuestros abuelos resucitaran, considerarían obscenas a las mujeres en minifalda o tomando el sol en una playa, cubiertas por una simple braguita.

Lo porno es del orden antropológico. Consiste en mostrar imágenes y actos que se consideran sexualmente excitantes para un estándar de personas. Tradicionalmente afectó a los varones, pero hemos llegado, en esto como en tantas otras cosas, a la igualdad. Se ve que los límites del objeto pornográfico son difusos y, en buena medida, incontrolables. Hay quien se excita con imágenes sagradas, sean una Virgen amamantando al Divino Niño o San Sebastián en calzoncillos. Los imagineros, ciertamente, no son pornógrafos ni pueden hacerse cargo de los estándares de excitación que estudian los sociólogos. De todos modos, según he tratado de mostrarlo con toda velocidad, lo obsceno y lo porno pueden y suelen ir juntos. Siempre lo prohibido tiene un plus de excitante y lo permitido, un plus de tedio y desatención. Lo cotidiano es lo desconocido, dice Hegel. Acaso por lo mismo, un exceso de atención –la mirada surrealista, por ejemplo– puede convertirlo en obsceno y al mirón, en pornógrafo. Todo se andará. Por algo solemos elogiar a la Verdad cuando está desnuda.

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Blas Matamoro

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")