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Máquina, hermana mía

El ensayista Jerry Kaplan abarca en su libro Inteligencia artificial la actualidad y el hipotético futuro de la maquinaria inteligente en la vida humana. Resulta interesante leerlo desde la antropología – filosófica, si se quiere– y la literatura de anticipación. Inteligencia artificial y vida humana. Máquinas que son inteligentes pero ni son humanas ni están vivas. Con todo, pueden llegar a ser nuestras hermanas. Obedientes, incansables, fraternas.

Hagamos ficción científica. Demos por hecho que las máquinas nos liberarán de todo trabajo –tripalium: yugo y tortura– y convertirán nuestra existencia en un interminable tiempo de ocio, es decir, lo contrario del negocio. Menuda ocupación la de una humanidad desocupada, tumbada perpetuamente los lunes al sol.

Más allá de qué vamos a hacer si no tenemos nada que hacer, eliminar el trabajo de nuestras vidas es aniquilar uno de los rasgos de la condición humana, demostrando que no son eternos sino que simplemente han sido perpetuos. No trabajar significa no intervenir en el mundo, darlo por hecho, no considerarnos deudores del Gran Acreedor –la Sociedad, la Naturaleza, acaso Dios– y, por ello, ni letras de cambio ni hipotecas morales. Me diréis que la ciencia y las artes seguirán en pie, pero que tampoco serán exigibles.

Ahora bien: en un mundo sin trabajo ¿habrá derecho, es decir un poder compulsivo detrás y por encima de la ley? Y si hay Estado con su respectiva fuerza, ¿habrá guerra? En tal caso ¿seguirán trabajando los médicos, los enfermeros, los sepultureros, los sacerdotes que rezan por el alma de los difuntos? Seré simplón: ¿cancelaremos con el trabajo el imaginario humano? Porque las máquinas inteligen pero no imaginan. Tampoco sienten. El ordenador rebelde, la estatua de Galatea y Pinocho son ficticios.

Moraleja: seremos hermanos de las máquinas, hermanos  como Caín y Abel. Caín, asesino y justiciero que clamó ante Jahvé por un trato desigual y proclamó su propia ley, mas allá de las famosas Tablas, simplemente porque aún no existían para los humanos. No había derecho escrito, nada estaba claro en materia legal. Nada, salvo el oscuro y prepotente sentimiento fraterno. Oh, máquina, hermana mía, te amo. ¿Me amas o me odias?

Imagen superior: INNFOS Intelligent Robot XR1.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")