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Lo que el cine se llevó

En mis garbeos por la ciudad, recuento heridas tras las huellas de ciertas cicatrices.No me refiero a las obras públicas con que damos todos los días sino a los centros comerciales, casas de viviendas y agencias de automóviles que ocupan el espacio de antiguos cines desafectados.

He ido a esos cines, he penetrado en lugares ahora impenetrables o irreconocibles. Como en la célebre película, son lo que el viento se llevó. El viento es la historia de nuestras costumbres. Estamos dejando de ir al cine porque resulta más cómodo alquilar o comprar películas en Blu-ray y en plataformas digitales para pasarlas en casa. Es una ventaja, desde luego, sobre todo para los amantes de los clásicos, que hemos rebuscado en salas de periferias, cine clubes y filmotecas. Nada digo de quienes viven lejos de las grandes ciudades que acumulan las principales salas de proyección.

Personalmente, la pequeña pantalla casera, por definida que sea su imagen, no me compensa de la otra, esa gigantesca donde los rostros ilustres de Conrad Veidt o Bette Davis se convertían en leyendas visuales. Lo mismo en cuanto a la concentración que produce una gran sala a oscuras, donde no lloran bebés, no suena el teléfono, no hierve la leche al fuego ni se percibe la cisterna del baño.

Agrego que, socialmente—me hago cargo de lo enfático que suena—también hemos perdido algo. No es lo mismo estar solo o en familia ante un televisor, que sumarse a cientos de desconocidos en un ámbito ajeno y compartido durante unas horas. El cine, especialmente en los locales construidos entre 1930 y 1950, por ejemplo, fue un sitio de concentración de gentes que se desconocían pero que podían, aunque fuera fugazmente, reconocerse compartiendo una parecida emoción y una similar fantasía, el viaje al más allá del arte.

El cambio siempre trae adquisiciones y pérdidas. No me quejo del balance, siendo hijo de un siglo que celebró la velocidad de las alteraciones. Empezó guiando los últimos coches de caballos y acabó despidiendo a los primeros robots que visitarán Saturno. Pero reclamo el derecho a ese agridulce placer llamado nostalgia.

Frente a las cicatrices evocadas quisiera hacer de nuevo la cola ante la taquilla para esquivar, luego, las balas del Far West o chocar contra las olas de un Caribe frecuentado por los piratas.

Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en ABC. El texto aparece publicado en Cualia con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")