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La vida secreta de las palabras: «¡Que viene el coco!»

A la hora de acostar a sus retoños, muchos padres cantan esta nana tan amenazadora: «Duérmete niño mío, / que viene el coco / y se lleva a los niños / que duermen poco».

Decimos coco y con esa palabra damos forma a un espectro poderoso, capaz de arruinar la vida a los niños insomnes. El coco es un espantajo, un fantasma que acaso también sepa cocar; esto es, hacer el mismo sonido que producen los monos cuando organizan su jarana selvática.

Sin duda, la criatura es repulsiva, a tal extremo que parecer o ser un coco equivale a ser muy feo. Así lo expresa esta cita de Cervantes: «mira cuántas feas cataduras nos hacen cocos». También lo dice Quevedo: «Si la verdad los cuenta, son muy pocos / Los cuerdos que en la corte no se entregan, / Si ardiente al diamantón los hace cocos. / Advierte, cuerdo, si a tu bolsa amagan, / que hay locos que echan cantos y otros locos, / Que recogen los cantos y los pagan».

Aniceto de Pagés explora filológicamente el término en su diccionario (1904). En su opinión, coco es voz de linaje sánscrito, idioma en el que kapies lo mismo que monoHacer cocos, según Pagés, quiere decir lo siguiente: «Halagar a uno con fiestas o ademanes para persuadirle lo que se quiere». ¿Y qué hay del coco temible? Por fortuna, de él se ocupa Covarrubias (1611): «En lenguaje de los niños, vale figura que causa espanto, y ninguna tanto como las que están a lo oscuro o muestran color negro».

El propio Covarrubias distingue este coco afantasmado del coco comestible: «Nuez de la india; es fruto de un árbol índico, muy semejante a la palma; el cual, antes de que le desnuden de su primera corteza: es tan grande como un muy grueso melón, debajo de la primera cáscara, la cual es muy cabelluda y de color de castaño, se muestra otra muy dura y muy fuerte, horadada con tres agujeros que parecen ojos y boca». La semejanza tiene sentido si se expresa en portugués, pues côco,en esa lengua, significa cabeza. 

Dicen las crónicas que los hombres de Vasco de Gama dieron su nombre al fruto del cocotero a finales del siglo XV. Fernández de Oviedo amplía esta información en su Historia General y Natural de las Indias (1535): «El nombre que se dio de coco a esa fruta fue porque aquel lugar donde prende, cuando el coco nace, tiene un hoyo o agujero redondo, y encima de aquel otros dos hoyos naturalmente, y los tres vienen a hacer como un gesto de un monillo que parece que coca; y por eso se dice coco».

Tomamos esta última cita de García Remiro, quien asimismo documenta el uso de la voz coco en el Lazarillo: «Y acuérdome que, estando el negro de mi padrastro trebejando con el mozuelo, como el niño vía a mi madre e a mí blancos y a él no, huía dél con miedo para mi madre y señalando con el dedo, decía: ¡Madre, coco!».

En fin, para que luego digan que el coco sólo asusta a los críos.

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Esta es una versión expandida de un artículo que escribí, con el seudónimo «Arturo Montenegro», en el Centro Virtual Cervantes, portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas. Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.