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La reina en el museo

Era noviembre y hacía un frío intenso. Aún quedaban restos de la nieve caída los días anteriores. El cielo, gris plomizo, amenazaba con más. Me ajusté la mochila a la espalda, me puse los guantes, di un par de vueltas a la bufanda y me dispuse a comenzar mi aventura del día.

Era la primera (y, de momento, la única) vez que viajaba en calidad de «esposa de». Siempre que hemos asistido a los congresos ha sido presentando comunicaciones y/o ponencias ambos dos. Casi siempre por separado, una cada uno. Pero aquella vez sólo habían invitado al Cordobés, así que yo fui como esposa. «¿Vendrás a oírme?»… No, por supuesto que no pensaba ir a oírle. Me sabía su charla de memoria. Y me apetecía hacer las cosas que suelen hacer las mujeres de congresistas y que nunca he podido disfrutar, por aquello de ser yo misma congresista. Así que me aventuré por la ciudad, dispuesta a vivir un día en soledad en una ciudad desconocida. Hacía, al menos, diez años que no me veía en una situación semejante. Y me gustaba. Mucho.

Había mirado el mapa, antes de salir del hotel, y no había pérdida posible: todo recto. Toda aquella inmensa avenida recta, hacia abajo. O lo que yo consideraba abajo, que no sé si era lo mismo que consideraban sus habitantes. Tardé casi una hora en llegar, pero no me importó. La caminata, en sí misma, merecía la pena. Ayudaba a tomar contacto con la ciudad, a empaparte de primeras impresiones que, en transporte público, habrían resultado imposibles de reparar.

Crucé el río. Entré en Museumsinsel, la isla de los museos. Y me encaminé, directa, hacia Altes Museum. Sabía lo que quería ver. Llevaba décadas queriendo verla, desde que fui consciente de su existencia. Pasé salas, una detrás de otra, hasta que llegué a ella. Y allí estaba. Sola. En su urna. Débilmente iluminada. Extraordinariamente bella. La observé desde todos los ángulos. Me senté frente a ella. Y allí estuve casi una hora, tomando notas, apuntando lo que se me venía a la cabeza, disfrutando del silencio y la quietud de la sala.

(Un 7 de diciembre de 1912, el egiptólogo alemán Ludwig Borchardt descubría el busto de Nefertiti, mientras realizaba excavaciones en el taller del escultor Tutmose, en Amarna).

Imágenes de tomografía computerizada en las que se advierte el rostro interior que fue esculpido bajo el busto de Nefertiti (Imaging Science Institute de Berlín).

Imagen superior: busto de Neferu Atón Nefertiti (c. 1370 a. C.-c. 1330 a. C.). La obra permaneció en el Altes Museum hasta su traslado en 2009 al Museo Egipcio de Berlín (Autor: Philip Pikart, CC)

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Mar Rey Bueno

Mar Rey Bueno

Mar Rey Bueno es doctora en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid. Realizó su tesis doctoral sobre terapéutica en la corte de los Austrias, trabajo que mereció el Premio Extraordinario de Doctorado.
Especializada en aspectos alquímicos, supersticiosos y terapéuticos en la España de la Edad Moderna, es autora de numerosos artículos, editados en publicaciones españolas e internacionales. Entre sus libros, figuran "El Hechizado. Medicina , alquimia y superstición en la corte de Carlos II" (1998), "Los amantes del arte sagrado" (2000), "Los señores del fuego. Destiladores y espagíricos en la corte de los Austrias" (2002), "Alquimia, el gran secreto" (2002), "Las plantas mágicas" (2002), "Magos y Reyes" (2004), "Quijote mágico. Los mundos encantados de un caballero hechizado" (2005), "Los libros malditos" (2005), "Inferno. Historia de una biblioteca maldita" (2007), "Historia de las hierbas mágicas y medicinales" (2008) y "Evas alquímicas" (2017).