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La melodía de Humboldt

El gran naturalista Alejandro de Humboldt era alemán y, por lo mismo, se lo suponía melómano. Sin embargo, parece haber demostrado lo contrario. Cierta vez, asistiendo a un concierto de un célebre pianista, como era su costumbre, se puso a perorar en voz alta. No dejó tocar tranquilo al músico ni escuchar con igual tranquilidad a los asistentes.

No obstante, la música se da en su obra de una manera elocuente si no evidente. Su aproximación a la naturaleza tiene algo de mística unión con ella, de la cual se siente parte, más que observador y estudioso, que obviamente lo fue. Así se comprueba repasando su libro Cuadros de la naturaleza, que escribió en su retiro berlinés recordando sus viajes por las llanuras, las cumbres, los ríos, los lagos y las selvas de América, en especial la del Sur.

Humboldt imaginaba la Tierra como una gran madre con un vientre central y luminoso. De él partían ondas armoniosas que construían imágenes visuales y sonoras. El todo era para él una suerte de gran aparato sinfónico y coral, todas cuyas partes se entrelazaban y correspondían como ordenadas en una inmensa partitura que no cesaba de interpretarse en el conjunto del universo Los follajes saludaban al Sol, los bosques aullaban como coros. Toda la entidad natural le hablaba en un lenguaje misterioso que conmovía sus sentimientos más profundos. Cualquiera diría que ese lenguaje era y es musical. El propio autor lo ratifica cuando se refiere a sus frases como melodías. Acaso trató de imitar con sus palabras la sugestión sonora, a la vez cósmica e íntima, del lenguaje natural. ¿Nos ocurre otra cosa cuando escuchamos música?

Grandes escritores como Goethe y Chateaubriand destacaron el lirismo de tantas páginas debidas a este hombre de ciencia, notablemente dotado de una sensibilidad romántica. Escritores como Thoreau y Emerson, igualmente atentos al denso y poderoso mensaje de la naturaleza, a su presencia opaca y al tiempo, elocuente, fueron lectores devotos de Humboldt. Lo tuvieron en cuenta naturalistas como Darwin, cuya teoría evolucionista anunció, y novelistas como Verne para sus fantasías científicas.

¿Fue Humboldt, por su sensibilidad inteligente y su inteligencia sensible, un melófilo que no se atrevió a reconocerse como tal? Según pasa con los buenos escritores, su obra sabía más que él de él mismo, y permite recorrer muchas de sus exaltaciones panteístas como poemas en prosa musicalmente organizados. Hay que escucharlo mientras los leemos.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Publicado previamente en Scherzo y editado en Cualia por cortesía de dicha revista. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")