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«Historia nocturna», de Carlo Ginzburg

Este es un ejemplar cotizadísimo, muy difícil de encontrar en el mercado del libro de segunda mano. Lo digo porque lo llevo intentando varios años, con el objetivo de regalarlo, y aún no he podido hacerme con uno a un precio asequible. Publicado originalmente en italiano (Storia notturna. Una decifrazione del sabba), en 1989, fue traducido al castellano dos años después. La primera edición española corrió a cargo de los Muchnik, los editores argentinos establecidos en Barcelona que tenían especial querencia por la heterodoxia.

Nieto de uno de los científicos más importantes de Italia, el anatomista Giuseppe Levi, e hijo de una de las escritoras cruciales del siglo XX, Natalia Ginzburg, Carlo siempre se ha sentido detective. En sus investigaciones rastrea las pistas, descifra signos, deambula por los archivos de la Inquisición en el Vaticano y rescata a los grandes perdedores de la historia, individuos olvidados y desatendidos por parte de historiadores de generaciones anteriores.

Porque la Historia no es una entelequia, no son papeles centenarios cuajados de polvo, no son relatos vacíos de contenido. No. La Historia es el devenir de gente corriente y moliente. Gente que vivía, amaba, odiaba, mataba y moría. Si. Pero, también, gente que comía un pedazo de pan con un trozo de chorizo: ¿cómo consiguió ese trozo de pan? ¿Quién lo amasó? ¿Cuántas tahonas había en su pueblo o villa? ¿Qué relación tenía con el panadero? ¿Acaso era un panadero inquieto, de esos que usaban los hornos no sólo para cocer pan sino, quizás, también, para hacer transmutaciones metálicas? Un hecho minúsculo puede desencadenar todo un acontecimiento de consecuencias inalcanzables. Por eso soy fan incondicional de Carlo Ginzburg y su concepto de Microhistoria.

Fue, leyéndole, que me paré a pensar, por vez primera, en algo que parece obvio pero no lo es tanto: ¿qué testimonios reales de brujería conocemos? Y, con reales, me refiero a obtenidos sin la intermediación de inquisidores ni de torturas…

«Sobre la brujería (es obvio, pero no vendrá mal repetirlo) sólo disponemos de testimonios hostiles, procedentes (o filtrados por) demonólogos, inquisidores y jueces. Las voces de los acusados nos llegan sofocadas, alteradas, distorsionadas; en muchos casos no concuerdan. De ahí (para quien no se conforme con escribir por enésima vez la historia desde el punto de vista de los vencedores) la importancia de las anomalías, de las grietas que se abren en ocasiones (muy raramente) en la documentación y quebranta su coherencia interna.»

Hasta hace poco más de cincuenta años, la historia de la brujería era un tema marginal, por no decir extravagante: algo que ningún historiador con prestigio se atrevería a tocar. Entonces, llegan los años setenta, comienza el interés por el estudio de los grupos marginales de la sociedad, surge el movimiento de las mujeres así como una creciente intolerancia respecto de los costos y riesgos ligados al proceso tecnológico. Y aparece el interés por estudiar la brujería. Ahora bien, dice Carlo, “sorprende sobre todo el hecho de que, con poquísimas excepciones, dichas investigaciones han seguido, como en el pasado, concentrándose de manera casi exclusiva en la persecución, prestando una menor o nula atención a las actitudes y comportamientos de los perseguidos”.

¿Por qué se cree en la brujería? Entonces, hace cuatrocientos años, o ahora, en la última semana, ¿por qué triunfan los nuevos estereotipos de brujas, basados mayoritariamente en el universo wiccano? ¿Por qué la profusión de tantos cursos, talleres, libros, fanzines, donde se habla (supuestamente) sobre brujería arcana, sobre ancestros, sobre aliados? Como historiadora, me sorprende leer según y qué términos, ajenos por completo al lenguaje original de la brujería histórica.

La respuesta, como casi siempre, no es sencilla. No se limita a una sola razón. De hecho, son muchas las razones que se esconden detrás de esta nueva brujomanía. Y ahora, como entonces, hace cuatrocientos años, el problema no son las supuestas brujas: el problema está en quienes están elaborando un nuevo corpus ideológico, un nuevo Malleus maleficarum, un nuevo relato sobre cómo son las brujas y cómo deben comportarse… increíble pero cierto.

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Mar Rey Bueno

Mar Rey Bueno

Mar Rey Bueno es doctora en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid. Realizó su tesis doctoral sobre terapéutica en la corte de los Austrias, trabajo que mereció el Premio Extraordinario de Doctorado.
Especializada en aspectos alquímicos, supersticiosos y terapéuticos en la España de la Edad Moderna, es autora de numerosos artículos, editados en publicaciones españolas e internacionales. Entre sus libros, figuran "El Hechizado. Medicina , alquimia y superstición en la corte de Carlos II" (1998), "Los amantes del arte sagrado" (2000), "Los señores del fuego. Destiladores y espagíricos en la corte de los Austrias" (2002), "Alquimia, el gran secreto" (2002), "Las plantas mágicas" (2002), "Magos y Reyes" (2004), "Quijote mágico. Los mundos encantados de un caballero hechizado" (2005), "Los libros malditos" (2005), "Inferno. Historia de una biblioteca maldita" (2007), "Historia de las hierbas mágicas y medicinales" (2008) y "Evas alquímicas" (2017).