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Helena de Troya y su doble

Todo el mundo sabe que Helena de Troya era una hermosa mujer que vivía con el rubio Menelao de Esparta hasta que pasó por allí el troyano Paris y la raptó. Así se inició la guerra de Troya, que duró diez años, causó terribles muertes y crueldades en ambos bandos e inspiró a un poeta ciego a escribir la Ilíada. Ese rapto, según Herodoto, fue la causa de las guerras entre griegos y asiáticos, que culminarían con la conquista del imperio persa por Alejandro. Pero lo que no es tan conocido es que Helena ya había sido raptada en una ocasión anterior por alguien a quien ya conocemos muy bien, Teseo de Atenas.

Ella era una niña de doce años, a la que se conocía todavía como Helena de Esparta, cuando fue raptada por un Teseo ya anciano, que la mantuvo al cuidado de su propia madre, Etra, esperando el momento de casarse con ella. Sin embargo, los hermanos de Helena, Cástor y Pólux, los temibles Dioscuros, la rescataron, aprovechando que Teseo había quedado atrapado en el Tártaro cuando descendió allí para raptar a otra mujer, Perséfone, la esposa del monarca infernal, Hades.

Pero no es la aventura de Helena con Teseo lo que me interesa aquí, sino la explicación que, tras la guerra de Troya, se dio al otro rapto que sufrió a manos del troyano Paris, lo que la convirtió en Helena de Troya.

¿Quién es Helena de Troya?
Cuando Troya fue vencida y saqueada por los griegos, nadie sabía qué iba a pasar con Helena, causa de la guerra que había durado diez años. La costumbre que se seguía con las esposas infieles era matarlas y además casi todo el mundo pensaba que Helena no había sido raptada sino que habría huido con Paris por su propia voluntad. Helena era para toda Grecia el símbolo de la pasión y el sexo, frente a las virtudes de la castidad y la fidelidad de Penélope, quien esperó a su esposo Ulises durante veinte años en Ítaca, resistiendo el acoso de sus pretendientes.

Se decía que durante el sitio de Troya Aquiles había logrado pasar una noche con Helena y, por si esto fuera poco, cuando murió Paris, se casó con otro de los hijos del rey de Troya, Deífobo, con el que vivió hasta que los griegos conquistaron la ciudad. A ello hay que añadir los amores que quizá tuvo, cuando era casi una niña, con su primer raptor, Teseo. ¿Y quién sabe qué sucedió durante el tiempo en que todos los héroes de Grecia acudieron a la corte del espartano Tindáreo y pusieron al rey en un apuro terrible, pues todos querían casarse con su hermosa hija? Temiendo que los pretendientes rechazados iniciaran una guerra, Tindáreo, aconsejado por Ulises, les hizo prometer que ayudarían al marido elegido en cualquier circunstancia. En consecuencia, cuando Helena fue raptada, todos tuvieron que acudir a Troya para rescatarla.

Cuando Troya fue conquistada y arrasada, muchos caudillos griegos exigieron un escarmiento a la voluble Helena. Estaban furiosos porque por su culpa habían sufrido durante diez años. Menelao no les hizo caso: perdonó a su esposa y se la llevó con él en su regreso a Esparta. Sin embargo, los rumores acerca del comportamiento de Helena en Troya eran atronadores, entre otras cosas porque los guerreros que se habían ocultado en el caballo habían podido escuchar, desde dentro de su escondite, cómo ella se divertía con su último amante, Deífobo, y cómo se burlaba de los griegos.

Helena huye del victorioso Menelao y parece implorar ayuda a un arbusto sagrado (¿un olivo de Atenea?). Pero la intención de Menelao no parece ser matar a Helena, pues ya ha dejado caer la espada. Tal vez, al verla de nuevo, olvidó sus deseos de venganza. Este dibujo parece confirmar una versión que recoge Robert Graves: “Algunos dicen que Helena misma le hundió una daga en la espalda a Deífobo , y que esta acción, y la vista de sus pechos desnudos, debilitó de tal modo la resolución de Menelao, quien había jurado: «¡Ella morirá!», que arrojó su espada y la condujo a salvo a las naves.” (Los mitos griegos)

Para salvar la reputación de Helena, alguien ideó una solución que actualmente se emplea mucho para combatir los rumores y que consiste en propagar un rumor contrario: Helena nunca había estado en Troya.

Resultaba difícil creerlo porque la guerra había durado diez años y cientos de troyanos y aqueos habían visto a Helena en la ciudad sitiada. Pero la imaginación griega no se detenía ante detalles tan nimios. Según el rumor hábilmente propagado, Paris no había raptado a Helena, sino a una réplica exacta, hecha de nubes. Platón cuenta esta versión, tal vez con algo de ironía, en el Fedro:

«Hay un antiguo medio de purificación para aquellos que se han equivocado hablando de los dioses. Homero no lo conoció, pero Estesícoro se sirvió de él. Privado de la vista por haber hablado mal de Helena, no despreció, como Homero, la causa de su desgracia, sino que, hombre inspirado por las Musas, apenas se dio cuenta de lo que ocurría, cantó:

«He hablado con mentira, Helena pura
Decir de ti cual dije fue tramoya
pues de embarcar te libró la cordura
¿Cómo pudiste, pues, nunca ir a Troya?»

Imaginemos por un momento que la gente llegara a creerse la historia que Estesícoro inventó a cambio de recuperar la vista, que Paris se había llevado una falsa Helena hecha de nubes a Troya, pero: ¿dónde había estado entonces la verdadera Helena durante diez años?

En el país del misterio para los antiguos griegos, Egipto.

Cuando la falsa Helena fue raptada, aseguraban los rumorólogos, la diosa Hera ordenó a Hermes que llevara a la verdadera Helena a la corte del rey egipcio Proteo. Así que Helena pasó los diez años que duró la guerra de Troya en Egipto, resistiendo el acoso del hijo del rey Proteo, Teoclímeno, a semejanza de lo que hacía la fiel y admirada esposa de Ulises, Penélope, en Ítaca.

Cuando Menelao regresó de Troya con la falsa Helena, se detuvo en el reino de Proteo, justo a tiempo de salvar a la verdadera Helena del último acoso de Teoclímeno. Los dos esposos se reconocieron y la falsa Helena se disolvió para siempre.

La infiel Helena

En la mitología griega encontramos a una mujer que es el ejemplo opuesto a Penélope. Es interesante imaginar si Helena y Penélope llegaron a conocerse alguna vez, pero sí se sabe que ella conoció al marido de Penélope, a Ulises. Estoy hablando, por supuesto, de la bella Helena, paradigma de la mujer casquivana e infiel.

Helena de Esparta era esposa del rey Menelao, hasta que un día llegó a la corte espartana el bello troyano Paris y se la llevó con él, con lo que se convirtió en “Helena de Troya”. Aunque fue raptada, casi todos los autores aseguran que se fue con Paris por su propia voluntad y todos ellos la señalaron, en consecuencia, como ejemplo supremo de mujer infiel.

También se contaba que cuando era adolescente ya había sido raptada por otro héroe, Teseo de Atenas, que acabó liberándola tras tenerla cautiva varios años. Tiempo después, su belleza atrajo a todos los caudillos griegos, que estuvieron a punto de matarse unos a otros con tal de poseerla. Fue entonces cuando la conoció Ulises (Odiseo en griego), porque fue uno de los que quiso casarse con ella. Y fue precisamente el astuto Ulises quien propuso que todos los pretendientes se juramentasen para acudir siempre en ayuda del hombre que se casara con Helena. Tal vez Ulises urdió ese pacto pensando que sería él a quien Helena preferiría, pero el elegido fue el rubio Menelao.

Se cuenta que, ya en Troya, Helena tuvo amores con el hermano de su raptor, el valeroso Héctor, y que se casó, poco después de morir Paris, con otro de sus hermanos: Deífobo. Después, cuando los griegos conquistaron la ciudad, regresó con su marido Menelao, quien decidió no matarla, a pesar de que eso era lo que se solía hacer con las esposas adúlteras, y lo que reclamaban sus compañeros de armas.

A la vista de sus diversos amores, podemos preguntarnos con cuál de aquellos hombres viviría Helena en el otro mundo. La respuesta que dieron los mitólogos y los poetas fue que con ninguno de ellos, pues en la Isla de los Bienaventurados la esperaba el valeroso Aquiles, con quien, se supone, sigue viviendo desde entonces, aunque todo nos hace sospechar que no le será completamente fiel. Afortunadamente.

Los autores grecolatinos atacaron a menudo a Helena, comparándola, para mal, con la fiel Penélope. Algunos, sin embargo, intentaron defenderla, como Estesícoro, que inventó una historia ingeniosa: en realidad, Helena nunca había ido a Troya, sino que, en una escala que hizo el barco de su raptor, se había quedado en Egipto, en la corte del rey Proteo, mientras una copia suya hecha de nubes viajaba con Paris. Al regresar de la guerra, Menelao se detuvo en Egipto con la falsa Helena y descubrió que allí estaba su verdadera esposa. La infiel Helena hecha de nubes se disolvió entonces para siempre.

Otros autores se opusieron al pensamiento dominante y defendieron a Helena sin usar artificios como los de Estesícoro.

Por ejemplo, el sofista Gorgias, que en su Encomio de Helena planteaba cuatro posibilidades: que Helena fue raptada, que fue obligada por mandato de los dioses, que fue seducida por un discurso engañoso de Paris o que se fue con él por amor. En todos los casos, Helena no tenía la culpa, pues se trataba de fuerzas a las que es difícil o imposible resistir: «Si la visión de Helena al gozar del cuerpo de Alejandro (Paris) provocó en su alma un deseo y un impulso de amor» y «si el amor es un dios», ¿cómo será capaz, quien es más débil de resistirse a él?

Ahora bien, no sé si el lector se ha detenido a contar los hombres de esta infiel Helena: Teseo (tal vez), Menelao, Paris, Deífobo, Héctor. Y Aquiles en la isla de los bienaventurados. Seis hombres, seis amantes. ¿Cuántas amantes tuvo Ulises, aparte de Circe, Calipso, las hijas del rey de los feacios, las esclavas griegas y troyanas y Penélope? No lo sabemos con exactitud, porque nadie se preocupaba de contar con cuantas mujeres se acostaba un hombre. Eso ya nos muestra algo que hasta tiempos recientes era habitual (y todavía lo es en muchos lugares y situaciones): no es lo mismo la fidelidad para un hombre que para una mujer. Esa diferencia, además, parece tener una molesta relación con otro fenómeno: el del sometimiento y obediencia de una persona a otra, en este caso, de las mujeres a los hombres.

En los lugares donde no se permitía la poligamia, como en la Europa cristiana, los dignos maridos accedían a otras mujeres gracias a la prostitución, pero las fieles esposas ni siquiera podían imaginar algo parecido. Podían tener amantes, pero a riesgo de ser asesinadas si eran descubiertas, como se puede ver en el teatro español del siglo de oro, en el Otelo de Shakespeare o incluso en las películas italianas de los años sesenta del siglo pasado: lo asombroso es que el asesino, el marido cornudo, solía quedar en libertad: había vengado su honor.

Una excepción notable a esta hipocresía es la defensa de Helena que hizo Estesícoro o el Elogio de Helena del sofista Gorgias, y también el hermoso poema de John Donne, Amor confinado, en el que una mujer infiel se defiende de las acusaciones:

Al sol, la luna, las estrellas ¿les prohíben
sonreír donde ellos quiera, o irradiar allí su luz?
¿se divorcian las aves, se les riñe
si a su pareja abandonan o de noche duermen fuera?

Ninguna asignación pierden las bestias
aunque a otros amantes escojan.
Peor que a todos ellos se nos trata a nosotras.

Quizá sea innecesario señalar que en los tiempos actuales las cosas están cambiando, aunque a veces más lentamente de lo que parece a primera vista: las mujeres de la ficción, al menos aquellas que se ofrecen como modelo a imitar en las narraciones convencionales, siguen pareciéndose más a la tozuda Penélope que a la inquieta Helena.

En Nada es lo que es, el problema de la identidad, me ocupo de otro aspecto interesante relacionado con Helena de Troya, Helena de Esparta o Helena de Egipto, aquella que se quedó en la corte del rey Proteo.

El contrapunto de Helena es, por supuesto, la fiel Penélope.

Imagen superior: Imagen superior: Romani Wagenaar como Helena de Troya en el documental «Helen of Troy» (2005), de Bill Locke © Public Broadcasting Service (PBS).

Copyright del artículo © Daniel Tubau. Reservados todos los derechos.

Daniel Tubau

Daniel Tubau

Daniel Tubau ha trabajado como guionista, director de televisión, profesor de narrativa audiovisual en lugares como la Universidad Carlos III, la Juan Carlos I, la Escuela de Cine y Audiovisual de Madrid (ECAM), y muchas otras. También ha trabajado en productoras como Globo Media y ha escrito guiones o dirigido muchos programas y series de televisión. Guionista, director y periodista es autor de libros como "Las paradojas del guionista", "El guión del siglo 21"; "La verdadera historia de las sociedades secretas", "Nada es lo que es: el problema de la identidad" (Premio Ciudad de Valencia en 2009), "No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes", "El espectador es el protagonista" y "El arte del engaño".