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El Tao y la música

Gengis Kan ha quedado en la historia como un feroz conquistador que arrasó gran parte de Asia y cuyas hordas, en tiempos sucesivos, ocuparon casi la mitad de Europa. Su técnica consistía en vencer sobre el campo de batalla, destruir ciudades, masacrar a soldados y civiles y hacer esclavos a los demás supervivientes, reuniéndolos con sus ganados. No obstante, se enterneció ante la exquisita civilización china y en 1220 mandó llamar a un sabio taoísta, Tschang-Tschung, quien lo adoctrinó sobre sus creencias.

Una parte más que curiosa de sus enseñanzas se refiere a la música. Entre el cielo y la tierra hay numerosos fenómenos que los vinculan y que en su mayoría escapan al conocimiento humano. El espacio intermedio, donde se encuentran lo celestial y lo terrenal, tiene forma de fuelle. Si se lo acciona, produce sus efectos, lo mismo que si se sopla una flauta. La tierra es el instrumento, el cielo proporciona el aliento y el Tao es el flautista. Ininterrumpidamente, el mundo es una infinitud de melodías. Surgen de la nada, dotan de ser a todas las cosas y vuelven a la nada para luego retomar su concierto solista.

Las melodías se desvanecen pero sus ecos siempre se escuchan. Esta perpetua música asegura la continuidad del mundo, efímero y permanente como suele ser la propia música. Produce sin poseer, obra sin conservar, pide sin dominar. Es lo inherente al Tao que, observado desde la melomanía o la melofilia, parece un gran compositor, acaso un repentista, un improvisador, pero de notoria eficacia cósmica.

Es evidente que una misma concepción musical del mundo aproxima al taoísmo y al pitagorismo, aunque es difícil que hubiera habido contacto entre ambas escuelas. La imagen común es un orden musical del cosmos. Quizás el entendimiento humano pueda prescindir de estas comunicaciones y pensar lo mismo a distancia y en fechas dispares. Lo vemos en los objetos que han trabajado distintas culturas antiguas, cuya similitud y hasta modernidad nos sorprenden en las exposiciones y los museos.

No sabemos cuánto crédito dio el feroz Gengis Kan al sabio chino pero, por seguir la analogía taoísta, los ecos de aquella mítica flauta se siguen oyendo por el mundo. Han perdurado más que el imperio mongol y que tantos otros imperios que, muy poco musicales, llenaron sus días y sus siglos con el estruendo de la guerra.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Publicado previamente en Scherzo y editado en Cualia por cortesía de dicha revista. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")