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El encinar: las dos caras de la bellota

El encinar es uno de los bosques más representativos de la Península Ibérica y da refugio a especies amenazadas, como el águila imperial ibérica y el lince ibérico. A pesar de su importancia, este ecosistema se está convirtiendo cada vez más en un hábitat modificado por el ser humano, hasta el punto de que en ocasiones ya no se considera a los encinares ‘bosques’ como tal.

La encina (Quercus ilex) es uno de los árboles más emblemáticos del cuadrante suroccidental de la Península Ibérica y más extensos del España. Sus masas forestales se convierten en refugio y recurso para gran de diversidad de aves y mamíferos, pero el uso cada vez más humanizado de los encinares pone en peligro su subsistencia y la de sus fieles vecinos.

La mayor parte de los encinares son bosques transformados y utilizados por el ser humano: las llamadas dehesas. “El encinar ya no es un bosque tal y como conocemos”, señala Marcelino Cardalliaguet, delegado de Extremadura de SEO/BirdLife. Los encinares se han aclarado en algunas zonas para que crezcan pastizales que se aprovechan para el ganado.

“Hay ganaderías muy tradicionales vinculadas con el encinar, como el cerdo ibérico, que no solo se alimenta de bellotas sino también de un pastizal abundante que crece muy bien en las dehesas”, apunta Cardalliaguet.

Este hábitat modificado por el hombre depende del mantenimiento de esta práctica tradicional. “Y en algunos casos, la propia Política Agraria Comunitaria puede tener la llave para que esto se mantenga así o se transforme al subvencionar otro tipo de usos, perdiendo así los tradicionales de las dehesas”, reconoce el experto.

Ya entre los años ’50 y ’80, se arrancaron en Extremadura más de ocho millones de encinas y se redujo la superficie arbolada en un 10% para la transformación en regadíos, el aclareo y la deforestación de los encinares. Esto produjo un drástico cambio de uso del suelo porque se pasó de la ganadería extensiva a los cultivos de cereales. Los manejos abusivos (como las podas excesivas, la quema de rastrojos y el laboreo intensivo) contribuyeron también a la degradación de los encinares.

Conflicto de intereses

En la actualidad, si la subvención de la ganadería es muy elevada para las dehesas, se produce el efecto contrario: los propietarios no reservan zonas entre el ganado para que se regeneren los árboles. En las últimas décadas, los científicos han detectado en las dehesas solo árboles adultos. “No hay casi ninguna encina joven creciendo, ni generaciones intermedias”.

“Si esto no se corrige dentro de un tiempo, estos árboles empezarán a morir. No son inmortales”, manifiesta el investigador quien recuerda que hace unos años sí se preocupaban de la regeneración del arbolado. “Ahora se está perdiendo”, lamenta.

A la falta de regeneración de las encinas se une el problema creciente de la “seca”, una enfermedad que afecta a estos árboles que se secan completamente y mueren. El hongo prolifera por varias causas como un clima en general más cálido en las últimas décadas, y un cambio en el uso del encinar. “Los suelos se compactan mucho más y pierden sus características, y de momento no tiene solución fitosanitaria”.

La bellota, el recurso ideal

A pesar de las amenazas del encinar, este bosque constituye el refugio idóneo para ciertas especies de aves y mamíferos amenazados. Entre ellos destaca la rapaz más amenazada de Europa, el águila imperial ibérica (Aquila adalberti), que depende completamente de encinares y alcornocales para la ubicación de sus territorios de cría (al establecer su nido en ejemplares adultos).

Los encinares son también la base del hábitat de caza –sobre todo los más abiertos– del águila imperial ibérica y el águila perdicera (Aquila fasciata). Esta última prefiere cazar en bosques aclarados, en las zonas donde se alternan los bosques con espacios abiertos para localizar mejor a sus presas.

Los encinares y las zonas de matorral denso mediterráneo son también el hábitat fundamental del lince ibérico (Lynx pardinus). “Es en estas zonas donde realmente se pueden prever futuras repoblaciones si los programas de cría en cautividad funcionan”, recalca Cardalliaguet.

La bellota, el fruto de invierno de las encinas, es la clave para que estos bosques contengan una cantidad de especies presa “muy superior” a otros. “El encinar tiene la capacidad de atraer a una gran biodiversidad aparte de palomas, y tórtolas que están todo el año”, afirma el experto.

Incluso aves migratorias como las grullas comunes (Grus grus) cambian su ruta para ‘hospedarse’ en España: el 70% de la población europea de grullas hiberna en la Península Ibérica y siempre en zonas muy ligadas al encinar. “Los grupos familiares de grullas (con las crías nacidas en primavera) necesitan la bellota para pasar el invierno”.

A pesar de la extensión de estas masas forestales y de la abundante biodiversidad que de ellas depende, el estado de conservación del encinar en toda la Península Ibérica es “inadecuado”, según la publicación Bases ecológicas preliminares para la conservación de los tipos de hábitat de interés comunitario en España, editado en 2009 por el Ministerio de Medio Ambiente, y Medio Rural y Marino (MARM). ¿Está en juego el futuro del encinar?

Perfil del encinar

Características: Es un árbol de la familia de las fagáceas, perennifolio y nativo de la región mediterránea de talla mediana (alcanza entre los 16 y los 25 metros de altura). Puede aparecer en forma arbustiva, condicionado por las características de las lluvias o por el terreno en el que se encuentre.

Distribución: Abarca casi toda España, salvo el Cantábrico. Pero es únicamente muy abundante (cubriendo casi el 80% de su extensión) en el cuadrante sur-occidental (incluyendo Portugal) de la Península Ibérica y en algunas zonas puntuales como la sierra interior de Andalucía, el sistema central, etc.

Bosques: El encinar es el principal ecosistema en varios espacios naturales protegidos: el Parque Nacional de Cabañeros (Ciudad Real), el Parque Nacional de Monfragüe (Cáceres), el Monte del Pardo (Madrid), el Carrascar de la Font Roja (Alcoy) y el de Sierra Madrona (Ciudad Real).

Amenazas: La primera de las causas de mortandad de la encina es la «seca”: las hojas se amarillean y caen repentinamente, mueren los renuevos, aparecen numerosos brotes adventicios, y la raíz se necrosa provocando la muerte. Los hongos y las malas prácticas de manejo son alginas de las causas de la seca.

Biodiversidad: Entre las aves que habitan estos ecosistemas destacan el águila imperial ibérica (Aquila adalberti), el buitre negro (Aegypius monachus), la cigüeña negra (Ciconia nigra), y el rabilargo (Cyanopica cyanus). Entre los mamíferos: la gineta (Genetta genetta), la garduña (Martes foina), el lince ibérico (Lynx pardinus), el lirón careto (Eliomys quercinus) y el lobo (Canis lupus).

Imagen superior: el fruto de invierno, la bellota, hace que la encina sea un árbol diferente. Fotografía: @frayle.

Copyright © Adeline Marcos, SINC, CC.

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