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Desmontando a Paracelso

Paracelso (1493/4–1541) era un médico suizo demasiado aficionado a la polémica. Un broncas, que diríamos ahora, para entendernos. Un libre de espíritu que no se callaba ante nada ni nadie; de ahí que durase poco en las ciudades donde contrataban sus servicios.

Paracelso le gustaba mucho hablar con «mujercillas ignorantes»… ¡Ja! ¡No era listo ni ná! Hablaba con mujeres porque en ellas residía el conocimiento de las virtudes medicinales de las plantas. Porque eran ellas las que tenían pequeños laboratorios domésticos en los que destilaban y elaboraban extractos vegetales de gran calidad. Eso si, todo de extrangis, que las mujerucas ignorantes tenían prohibido ejercer la medicina o el arte de boticaría, pero bien que acudían a sus casas los médicos y boticarios hombres a comprarles sus exquisitos remedios, para luego duplicar y triplicar su precio y venderlos como elaboraciones propias…

Paracelso era muy aficionado a la alquimia. Fue haciéndose con manuscritos de unos y otros, aprendiendo de quienes decía ser sus maestros en el noble arte de Hermes: LlullRupescissa y Vilanova. Estos tres sabios, en realidad, nunca fueron alquimistas. Bueno, Rupescissa sí. Pero Llull y Vilanova, no. Ocurre que, en aquellos tiempos medievales en los que vivieron los tres figurones, se acostumbraba a firmar los escritos propios con nombres de famosos, a fin de conseguir mayor repercusión.

En realidad, Paracelso aprendió alquimia medicinal de médicos y cirujanos occitanos, que se movieron entre la facultad de medicina de Montpellier y la corte papal de Avignon. Médicos y cirujanos expertos en alquimia, que vivieron en el Midi francés a lo largo del siglo XIV y cuya influencia se hizo sentir en zonas limítrofes.

Y, entonces, va Paracelso y se inventa un sistema médico/alquímico que era copia literal de lo que había leído en los manuscritos occitanos. Y se lo «inventa» justo en pleno triunfo de la Reforma protestante. Y a alguna mente brillante se le ocurre utilizar las «doctrinas paracélsicas»como modelo de la nueva sociedad protestante. Si la Iglesia Católica tenía a Aristóteles (sabio griego) y a Galeno (médico romano) como columnas sobre las que sustentar su visión de la naturaleza y de la medicina, la Iglesia Protestante no iba a ser menos. Y aprovecha que Paracelso pasaba por allí. Un Paracelso que, aclarémoslo, murió católico…

De resultas de esta aceptación, todos los países en los que no triunfó el paracelsismo pasaron a ser considerados como atrasados. ¿Por quién? Pues por aquellos que han escrito la historia de la ciencia desde finales del siglo XIX y que, ¡oh, casualidad!, son ingleses, alemanes y, últimamente, norteamericanos… es decir, protestantes.

Así, resulta que España fue un reducto de atrasados, porque nunca se supo más de cuatro palabras sobre el sudodicho Paracelso… ¡Pero si aquí estaban hartos de saber lo que contaba el suizo broncas! Claro que iban a las fuentes originales, no al que las había versionado…

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Mar Rey Bueno

Mar Rey Bueno es doctora en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid. Realizó su tesis doctoral sobre terapéutica en la corte de los Austrias, trabajo que mereció el Premio Extraordinario de Doctorado.
Especializada en aspectos alquímicos, supersticiosos y terapéuticos en la España de la Edad Moderna, es autora de numerosos artículos, editados en publicaciones españolas e internacionales. Entre sus libros, figuran "El Hechizado. Medicina , alquimia y superstición en la corte de Carlos II" (1998), "Los amantes del arte sagrado" (2000), "Los señores del fuego. Destiladores y espagíricos en la corte de los Austrias" (2002), "Alquimia, el gran secreto" (2002), "Las plantas mágicas" (2002), "Magos y Reyes" (2004), "Quijote mágico. Los mundos encantados de un caballero hechizado" (2005), "Los libros malditos" (2005), "Inferno. Historia de una biblioteca maldita" (2007), "Historia de las hierbas mágicas y medicinales" (2008) y "Evas alquímicas" (2017).