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Crítica: «Ponyo en el acantilado» (Hayao Miyazaki, 2008)

En estos tiempos de animación digital, en los que más de un guionista tiene alma de robot, sorprende la audacia de un veterano como Hayao Miyazaki, defensor del dibujo animado tradicional y empeñado en que el público disfrute con cuentos de hadas sencillamente conmovedores.

Ponyo en el acantilado es el noveno largometraje que Miyazaki realiza con su empresa, Studio Ghibli, y por su argumento, guarda una estrecha relación con una de sus producciones más logradas, Mi vecino Totoro (Tonari no Totoro). Al igual que en aquella película, aquí también es un niño quien encuentra la puerta secreta a un mundo prodigioso, en el que los sueños del inconsciente infantil tienen su propia razón de ser.

La protagonista, un pez llamado Ponyo, quiere ser humana. Pero a diferencia de la sirenita del cuento de Andersen, Ponyo no es una criatura romántica, destinada a un desenlace fatal. En realidad, se trata de un ser mágico y entrañable, cuyo cariño por un chaval de cinco años, Sōsuke, ocasiona una aventura optimista, luminosa y llena de ingredientes mitológicos.

La realización de Ponyo en el acantilado comenzó en octubre de 2006. Llegaron a realizarse 170.000 láminas para componer una cinta en la que abundan las referencias personales. Así, el pequeño Sōsuke está inspirado en el hijo de Miyazaki, el animador Gorō Miyazaki, cuando éste contaba la misma edad del protagonista.

Hablé de cuentos de hadas, y sé que éste es un género incómodo, víctima de modernos prejuicios. Por suerte, una vez más, el público japonés fue el primero en respaldar masivamente a Miyazaki.

Desde que la compañía Toho estrenó esta cinta en julio del año pasado, las recaudaciones en taquilla fueron descomunales. Y esto es algo que debiera hacer reflexionar a esos productores que entienden el cine infantil como una simple plataforma para el lanzamiento de videojuegos.

Película llena de encanto, divertida, con una hermosa factura, Ponyo en el acantilado es una inspirada fantasía, y por descontado, la elección idónea para acudir al cine en familia.

Sinopsis

Sosuke, un niño de cinco años, vive en lo más alto de un acantilado que da al mar. Una mañana, mientras juega en una playa rocosa que hay bajo su casa, se encuentra con una pececita de colores llamada Ponyo, con la cabeza atascada en un tarro de mermelada.

Sosuke la rescata y la guarda en un cubo verde de plástico. Ponyo y Sosuke sienten una fascinación mutua. Él le dice: “No te preocupes, te protegeré y cuidaré de ti”. Sin embargo, el padre de Ponyo, Fujimoto, que en otro tiempo fue humano y ahora es un hechicero que vive en lo más profundo del océano, la obliga a regresar con él a las profundidades del mar.

“¡Quiero ser humana!”, exclama Ponyo y, decidida a convertirse en una niña y regresar con Sosuke, escapa. Se desata el caos. Las aguas se agitan. Las hermanas de Ponyo se transforman en enormes maremotos con forma de pez que llegan hasta la casa de Sosuke, en lo alto del acantilado. La locura del mundo marino envuelve el pueblecito de Sosuke, que se sumerge bajo las olas…

Una niña y un niño. Amistad y responsabilidad. El mar y la vida misma. Hayao Miyazaki ofrece en Ponyo una historia apasionante sobre una madre, su hijo y una pececita muy curiosa.

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Copyright de imágenes y sinopsis © 2008 Studio Ghibli. Cortesía del Departamento de Aurum. Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.