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Crítica: «Le Mans ’66» (James Mangold, 2019)

Los príncipales méritos de esta película son dos: unas estupendas interpretaciones y una impecable puesta en escena. No excluyo la posibilidad de ir encontrando otras virtudes en las próximas líneas. En realidad, la estima que siento por el film de Mangold va creciendo a medida que pasa el tiempo, y ya verán que no faltan los motivos para ello.

¿Cuáles? Por ejemplo, la banda sonora de Marco Beltrami y la memorable fotografía de Phedon Papamichael.

Con esas hechuras que tienen las buenas producciones de estudio, Le Mans ’66 luce una carpintería de primera calidad. Sin necesidad de grandes alardes de originalidad, ofrece un repertorio emocional en el que hay grandes dosis de simpatía, aventura y entusiasmo.

La película de Mangold recrea la auténtica relación entre el diseñador de automóviles Carroll Shelby (Matt Damon) y el piloto británico Ken Miles (Christian Bale). A mediados de los sesenta, ambos aceptaron el reto que les plantearon el magnate Henry Ford II (Tracy Letts) y su lugarteniente Lee Iacocca (Jon Bernthal): diseñar un vehículo de carreras, el Ford GT40, que compitiera en el circuito de Le Mans con la invencible escudería del italiano Enzo Ferrari (Remo Girone).

Basándose en el libro Go Like Hell (2009), de A.J. Baime, el film se concentra casi exclusivamente en las figuras de Shelby y Miles, dos tipos excéntricos, instintivos y temperamentales, pero entrañables en todo momento. En especial Miles, un hombre de familia, que adora a su mujer y a su hijo (la magnética Catriona Balfe y el joven Noah Jupe). Para resaltar los méritos del dúo protagonista, la película introduce ‒o mejor dicho, se inventa‒ un villano: el típico ejecutivo intrigante, a quien interpreta con eficacia Josh Lucas.

Está claro que Mangold ama el cine clásico. De ahí que la dinámica entre Shelby y Miles roce en algunos momentos la dinámica sentimental del western. Narrada al viejo estilo, esa amistad se pone a prueba durante impresionantes carreras, en las que un solo volantazo o un descuido momentáneo pueden resultar letales.

Así, de un tirón, el director nos cuenta aquí una de esas historias que funcionan con ligereza y cierto academicismo. Que yo sepa, el primer deber del cine es entretener, y esta película se encarga de demostrarlo, apartándose de cualquier desvío o ambición que malogre su objetivo.

Se comenta que James Mangold adora esta historia real porque se parece bastante a su relación con los grandes estudios. ¿Es Le Mans’66 una metáfora del Hollywood actual? Puede que no, pero todo apunta en esa dirección. Del mismo modo que, en la ficción, Miles y Shelby tienen que sufrir los manejos de Ford y sus comités, Mangold ha tenido que vérselas con ejecutivos igual de poderosos e ineptos. Vista desde ese punto de vista, la película adquiere un significado que resulta muy revelador para el cinéfilo.

Sinopsis

Los ganadores del Oscar® Matt Damon y Christian Bale protagonizan Le Mans ’66, basada en la historia real del visionario diseñador americano de automóviles Carroll Shelby (Damon) y el intrépido piloto británico Ken Miles (Bale), que se enfrentaron juntos a los obstáculos corporativos, las leyes de la física y sus demonios personales para construir un revolucionario coche de carreras para Ford Motor Company y acabaron con el dominio de los bólidos de Enzo Ferrari en las 24 Horas de Le Mans en Francia en 1966.

Al director James Mangold le emocionó el doble reto que implicaba el proyecto: por un lado, la oportunidad de escenificar emocionantes secuencias de carreras que básicamente introducirían al espectador en el interior de esos vehículos en compañía de pilotos intrépidos, y por otro, la posibilidad de relatar los altibajos de la amistad de Shelby y Miles. Ambos tenían personalidades muy marcadas y temperamentos fuertes —Shelby era un tipo duro, pero caía bien, y Miles, enojadizo y sin filtros— pero a los dos los unía la pasión por la innovación y un amor permanente por el deporte motor.

“Se entendían el uno al otro al nivel más profundo”, dice Mangold. “Cuando Shelby ha de hacer frente al hecho de que jamás podrá volver a pilotar, se reinventa de piloto a vendedor y diseñador de coches, y Ken se convierte en un vehículo para hacer realidad su sueño. Pero Ken es incapaz de morderse la lengua y mucho menos en contextos corporativos o de publicidad. Dice lo que piensa sin más, y Shelby asume el papel de protector o portavoz de Ken. Su amistad es simbiótica. Uno suple las carencias del otro”.

La clave del planteamiento de Mangold era crear un retrato más naturalista de cómo era la vida que llevaban Shelby o Miles. En la actualidad cuando un espectáculo de creación digital viene a definir muchos de los éxitos de taquilla, para el director era necesario que la acción se planteara con el máximo realismo en Le Mans ‘66 para, por un lado, representar fielmente a la década de 1960 y por otro, para ayudar a que el público entendiera lo que experimentaron estos pilotos al ir al límite, tanto en el terreno personal, como en sentido literal, empujando los límites de sus coches.

“El objetivo para mí era, en un momento donde las películas de acción dependen en gran medida de animación por ordenador, que habría algo profundamente analógico, real y táctil en esta película, con lo sexis que son estas bestias, los coches, los motores, el peligro”, dice Mangold. “Estos personajes circulan por una pista a 320 kilómetros la hora en una fina capa de aluminio. El milagro es que se atrevieran y sobrevivieran esas circunstancias y es algo que he querido trasladar”.

Dice Mangold: “Esta película trata de personajes que buscan la excelencia, que desafían lo que sería el inicio del pensamiento corporativo de comprobación por el mercado. Se trata de un conflicto actual del siglo XXI en nuestro país. El de las personas que asumen riesgos y se atreven, guiados por el instinto y se vieron obligados a inventar muchas de las cosas que han definido nuestro país. Ahora nos da miedo arriesgar”.

Le Mans ‘66 se rodó en verano y a principios de otoño del 2018 en el sur de California, Georgia y Le Mans, Francia. El director James Mangold reunió a un equipo de colaboradores habituales para que lo ayudaran a realizar su visión de la rivalidad épica entre Henry Ford II y Enzo Ferrari, y el equipo advenedizo y combativo que Ford contrató en su cruzada. Asimismo, la producción contó con varios asesores que tenían una vinculación personal con los sucesos que aparecen en la película en aras de aportar más autenticidad. Entre ellos figuran Charlie Agapiou, el antiguo jefe de equipo y de mecánicos de Shelby American, y Peter Miles.

El director de producción François Audouy se encargó de recrear una variedad de lugares del mundo real para la película, desde la sede central de Ford Motor Co. en Dearborn, Michigan, hasta los talleres de Shelby American en Venice, California, y posteriormente, la ampliación de sus instalaciones de Shelby American en el aeropuerto internacional de Los Ángeles. Audouy había trabajado previamente con Mangold en proyectos como Logan y Lobezno inmortal, y le entusiasmó el hecho de reunirse nuevamente con el cineasta.

Curiosamente, prácticamente cada secuencia de Le Mans ‘66 fue rodada en escenarios reales. Para las primeras escenas ambientadas en la legendaria fábrica de Ford conocida como el complejo Ford River Rouge, o The Rouge, en Dearborn, Michigan, la producción rodó en una antigua fábrica de acero de 100 años de antigüedad en el centro de Los Ángeles. La estructura del almacén de unos 1400 metros cuadrados se equipó con una línea de montaje y una cinta transportadora, para convertirla en una enorme planta automotriz donde los Ford Falcons de 1963 estaban en pleno proceso de montaje. El exterior de la fábrica de Ferrari y el interior de la oficina de Enzo Ferrari se rodaron en las instalaciones de Lanterman Development en Pomona, California. Sus paredes exteriores y patio interior corresponden a la fachada exterior de la compañía en Maranello, Italia. El departamento de arte construyó una réplica exacta de la oficina de Enzo Ferrari con las ventanas que dan al patio donde hay dos Ferrari aparcados: una réplica del California Modena Spyder de 1961 y un auténtico Ferrari 275 GTB plateado de 1966, prestados por un coleccionista local.

Mangold y el director de fotografía Phedon Papamichael, que habían trabajado juntos en cinco películas incluyendo En la cuerda floja, El tren de las 3:10, y Noche y día, decidieron seguir un enfoque tradicional que respaldara la historia. Tomaron como referencia tanto el drama deportivo clásico de 1966 Grand Prix, como la película de 1971 protagonizada por Steve McQueen Las 24 horas de Le Mans. “Nuestra inspiración visual fue sobre todo cintas de los años 60 y 70, más que en interpretaciones contemporáneas de películas de carreras de coches. Sin movimientos exagerados, buscando la intimidad, usando primeros planos y respetando siempre el punto de vista del personaje”, comenta Papamichael. “Intentamos seguir las técnicas de fotografía de la época”.

Muchos de los vehículos especiales de seguimiento usados para rodar las carreras y captar los coches en movimiento fueron proporcionados, y a menudo conducidos, por destacados conductores especialistas de Allan Padelford y su compañía, Allan Padelford Camera Cars, cuyos créditos incluyen Black Panther, Capitán América: Civil War, Baby Driver, las películas de A todo gas y Días de trueno.

La secuencia más complicada del rodaje fue la representación del recorrido de las 24 Horas de Le Mans de 1966, cuyo montaje y grabación entrañaron un proyecto de gran envergadura. “Los últimos 40 minutos de la película se centran en la carrera, y quería que el público pudiera sentir como si estuviera ahí, en la pista. Quería que esa idea de lo que supone competir durante 24 horas se notara, que pesara, que pudieras sentir cómo sería intentar conducir más rápido que cualquier otro piloto durante más tiempo del que normalmente estamos despiertos”, comenta Mangold.  La escena contó con el plató más grande construido para la película: la recreación histórica a escala real del punto de salida y de las gradas de la línea de meta para Le Mans, junto con tres grandes segmentos de gradas adicionales, los palcos, los boxes de Ford y de Ferrari, y la cabina de prensa internacional. Todo esto fue construido en Agua Dulce Airpark, un aeropuerto privado en Santa Clarita, California. El diseño se basó en más de 300 fotos de archivo de la época adquiridas de varias fuentes, incluyendo el Automóvil Club del Oeste francés, la organización de las 24 Horas de Le Mans.

«Me encantan las historias que te llevan a épocas en las que éramos algo menos precavidos ‒dice Mangold‒: cuando descubríamos nuestra relación con la tecnología, cómo íbamos a crear herramientas excelentes más rápidas y mejores y artilugios basados más en nuestro instinto que en modelos creados por ordenador. Ahora nos hemos vuelto muy corporativos, vivimos protegidos de la responsabilidad, todo se hace con simulaciones de ordenador y se evita tomar riesgos. Es difícil imaginar que descubrimientos así sean si quiera posibles. Los excéntricos personajes que lideraron el mundo de las carreras, como los astronautas y los pilotos de prueba, ponían sus vidas en peligro cada día. Los coches eran prototipos, únicos, y a veces eran trampas mortales, bestias recién nacidas, tan poderosas que podían hacerse trizas. Los hombres detrás del volante y en los pits y garajes venían de todas las clases sociales, adictos a la velocidad, ingenieros técnicos, empresarios, militares, pilotos callejeros, apostadores, diseñadores, hot rodders y fanáticos de la automovilística, jóvenes y viejos. Todos trabajando juntos en la tecnología más vanguardista sin mapas que los guiaran. Espero que esta película te haga pensar en el valor de la amistad, como la que comparten Ken Miles y Shelby. Todos vivimos muy aislados. Ellos vivieron un tiempo en el que la tecnología no nos robaba la independencia. Más allá de los increíbles coches y la velocidad, creo que esta es una película sobre la familia, la supervivencia y la forma en la que tienes que aprender a confiar en tus amigos si alguna vez quieres trascender».

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

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Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.