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Crítica: «Harry Potter y el prisionero de Azkaban» (Alfonso Cuarón, 2004)

La primera escena de la película muestra al joven Potter ensayando trucos con su varita mágica bajo las sábanas de su cama, y fingiendo dormir cuando su malvado tío se asoma a la habitación mosqueado. No hay que ser excesivamente malpensado para buscar el doble sentido de este momento fílmico en una película en la que los alumnos de la escuela de magia más famosa del mundo entran en los terribles años de la adolescencia.

Los responsables de la saga han llegado a la sabia decisión de cambiar al anterior director (Chris Columbus, especializado en cine infantil) por Alfonso Cuarón, más habituado al mundo juvenil (Y tu mamá también) pero con probada afición por el toque mágico y las extravagancias estéticas (La princesitaGreat expectations).

Si las anteriores películas se resentían de una excesiva fidelidad al original literario y de una realización impecable, pero bastante insustancial, Cuarón y compañía intentan remediar estos aspectos recortando gran parte de lo que no interesa (lo referente al desarrollo del curso en sí, que en los libros de J.K. Rowling es siempre lo mismo con ligeras variaciones) y dotando al film de un estilo visual bastante más creativo, lleno de propuestas visuales realmente estimulantes y sustanciosas, como esos juegos con los reflejos, la constante presencia de relojes y las terroríficas apariciones de los Dementores (menos parecidos aquí a los Jinetes del Anillo que en el libro, por fortuna).

Poco recomendable para niños pequeños, Harry Potter y el prisionero de Azkaban está poseída, ya desde que aparece el logo de la Warner, de una atmósfera oscura en la que el mago deja de ser el abnegado gafotas de siempre, al que todo termina por salir bien, para entrar (tímidamente, claro está, no deja de ser una película familiar) en peligros más psicológicos y casi hamletianos.

Potter se topa con el fin de la infancia de manera bastante traumática. Encarnan los disgustos propios del mundo adulto los Dementores, unos seres que tienen la simpática costumbre de absorber la felicidad de sus víctimas.

También adivinamos en el mago un lado oscuro que emerge en ocasiones, como cuando se encara con sus odiosos tíos: un tenso momento en el cual Harry se convierte en una mezcla de Carrie White y delincuente juvenil (la forma “realista” en la que está narrada la escena hace parecer que el chico, en lugar de apuntar a su tío con su varita, lo hace con una 9 mm).

La furia con la que se enfrenta a Sirius Black también convierte al mago favorito de los niños en un digno aspirante a Darth Vader. De hecho, todas las historias hasta ahora publicadas y rodadas sobre el personaje se perciben como una larga precuela para lo que puede convertirse en un melodrama paranormal cuando Harry llegue a la edad adulta.

El film cuenta con la presencia de los habituales secundarios británicos de lujo, a los que hay que añadir a una estrambótica Emma Thompson, al siempre correcto David Thewlis y al bigger than life Gary Oldman, tan extremo como siempre. El realizador hace un uso original de las localizaciones (vemos más las inmediaciones campestres de Hogwarts que los típicos planos espectaculares, centrándose más en los vagabundeos de los alumnos que en la grandiosidad mágica del lugar). Por lo demás, la cinta no reniega de su condición de secuela, ni trata de alejarse en exceso de sus predecesoras. Se dibuja más bien como un modelo en el que replantear la serie hacia públicos más sofisticados. Algo así como una película-puente.

El mayor problema radica en el libro en el que está basada, cuyo ritmo deja mucho que desear en la parte central, pese a los sabios recortes antes mencionados. Los fans quizá echen de menos más desarrollo de los personajes secundarios (la mayoría de los profesores se limita a hacer cameos), pero el espectador más canalla se deleitará detectando analogías sociales en escenas como aquella en la que Harry y sus colegas comparten golosinas mágicas de sospechosos efectos, o asistiendo a los primeros síntomas de tensión amorosa entre Ron y Hermione (algo descentrada y poco comunicativa en esta historia, quizá por entrar en la adolescencia).

Si añadimos una curiosa parte final, deudora de aquel experimento metanarrativo que fue Regreso al futuro II, y una considerable mejora en los efectos especiales (el hipogrifo es impresionante), los fallos estructurales de Harry Potter y el prisionero de Azkaban se hacen menos importantes en la que es, con mucha diferencia, la película más interesante de la exitosa saga. En definitiva, un paso en la buena dirección.

Sinopsis

El joven mago Harry Potter (Daniel Radcliffe) se enfrenta a su tercer año en la escuela Hogwarts. En esta ocasión, el nuevo curso se torna problemático desde el principio, ya que el mago Sirius Black (Gary Oldman) ha escapado de la prisión de Azkaban, y al parecer tiene a Harry como objetivo. Hogwarts ve reforzadas sus medidas de seguridad ante la presencia de los guardianes de Azkaban, los temibles Dementores.

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Vicente Díaz

Vicente Díaz

Licenciado en Comunicación Audiovisual por la Universidad Europea de Madrid, ha desarrollado su carrera profesional como periodista y crítico de cine en distintos medios. Entre sus especialidades figuran la historia del cómic y la cultura pop. Es coautor de los libros "2001: Una Odisea del Espacio. El libro del 50 aniversario" (2018), "El universo de Howard Hawks" (2018), "La diligencia. El libro del 80 aniversario" (2019), "Con la muerte en los talones. El libro del 60 aniversario" (2019), "Alien. El 8º pasajero. El libro del 40 aniversario" (2019), "Psicosis. El libro del 60 aniversario" (2020), "Pasión de los fuertes. El libro del 75 aniversario" (2021), "El doctor Frankenstein. El libro del 90 aniversario" (2021), "El Halcón Maltés. El libro del 80 aniversario" (2021) y "El hombre lobo. El libro del 80 aniversario" (2022). En solitario, ha escrito "El cine de ciencia ficción" (2022).