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Crítica: «Blue Jasmine» (Woody Allen, 2013). San Francisco Blues

Cada año, algunas veces en dos ocasiones en un solo ejercicio anual, tenemos la sensación de estar asistiendo a un nuevo título del género «alleniana», redescubriendo las múltiples variables de ese sello inconfundible que el director neoyorkino da a sus películas.

Los aficionados y especialistas bautizaron hace no muchos años el género «americana». ¿Por qué no buscar un término homologable para unificar el estilo, la temática y la narrativa de este hombre-espectáculo que es Woody Allen?

Esta vez su creación anual nos lleva a una frontera en la que hacía tiempo no le veíamos, transitando como ha estado en territorios concienzudamente ligeros (A Roma con amor), caricaturescos (Granujas de medio pelo), ensoñadores (Midnight in Paris), de intriga (Match Point), musicales (Todos dicen I Love You) y merecidamente fallidos (Vicky Cristina Barcelona). En esta ocasión, nos pone entre la carcajada y la congoja, en la delgadísima línea que separa la tragedia de la comedia, el drama del divertimento. Nos sumerge en terrenos que ni le recordábamos desde September (1987).

Allen ha usado como mera fuente de maduración de sus personajes centrales la obra dramática de Tennessee Williams Un tranvía llamado Deseo, asfixiándonos con sus existencias vapuleadas como ocurría en aquel Nueva Orleans cálido y sudoroso que Elia Kazan llevó al cine. Aquí el trasunto de Blanche Dubois es Jasmine France, viuda de un inversor inmobiliario que creció económicamente transgrediendo unas leyes que le han llevado a la cárcel y al suicidio.

Jasmine, como Blanche, viaja al hogar de su hermana Ginger (Stella en el texto de Williams) para encontrar una nueva vida, pero se encuentra al macho dominador en la casa, un Kowalski redivivo, Chili, igualmente aficionado al alcohol, los amigotes y las juergas.

La metáfora con la que Allen actualiza el mito del tranvía que pasa una sola vez en la noche es el estallido de la burbuja delictiva de los Madoff, Lehman Brothers, bancos y cajas, especuladores varios que han llevado a este planeta a su peor recesión en un siglo.

Blue Jasmine es una gran película, de las mejores de su autor en la última década, pero es la menos alleniana. El drama personal, psicológico, afectivo, que supone la degradación de esa mujer antaño envuelta en pieles y joyas de los templos que la Quinta Avenida, habitual de los Hamptons de Long Island, encerrada en su urna de cristal y sin preguntarse nunca a qué oscuros negocios dedicaba su marido Hal el tiempo libre.  Ahora todo ha terminado. Está arruinada y se ve obligada a trabajar de secretaria de un dentista más acostumbrado a manosear a las damas que a colocar implantes. En ese detritus que forman su humillante nuevo empleo, la repulsiva casa de su hermana y las primarias costumbres de Chili y sus colegas, Jasmine viajará a los infiernos hasta reencontrar parte del pasado (su hijo) que le impide caminar hacia un futuro donde reeditar su posición social y su complejo de superioridad. Una auténtica fracasada.

Para meternos en su pellejo durante algo menos de cien minutos, Allen nos hace saltar en el tiempo del presente deprimente al pasado floreciente de sus años en la jet, un montaje paralelo plagado de flashbacks que transcurren en la mente de la protagonista y le hacen perder el juicio, a lo que contribuye también su adicción a las pastillas tranquilizantes.

En el catálogo urbanita del director-clarinetista hemos visto, amén de su amada NY, un Londres maquiavélico, una Barcelona desencantada, un París deslumbrante y mágico, y una Roma de reencuentros y amoríos. Ahora ha cruzado el país-continente y se ha instalado en la Costa Oeste, en un San Francisco reconocible más en su piel urbana que en sus moradores desplazados de una sociedad europeizada y moderna.

Por ella pululan los actores que esta vez ha elegido el genio de Manhattan: una gran Cate Blanchett que aspirará con seguridad a premios importantes, cuyo drama interior traspasa la epidermis del espectador como una tragedia tan merecida como triste; un aceptable Peter Sarsgard como la última oportunidad de Jasmine; un sorprendente aunque caricaturizado Bobby Cannavale como Chili, borracho, amante de las camisetas de tirantes y la cerveza como Brando en Un tranvía…; una convincente Sally Hawkins como Ginger, la anfitriona de la función, y un efectivo Alec Baldwin al que empezamos y acabamos odiando por tantas y tantas cosas…

Sobresale el trabajo del director de fotografía Javier Aguirresarobe, que repite trabajo con Woody Allen, logrando amarillos y ocres contrapuestos al luminoso azul de la bahía californiana de San Francisco.

Sinopsis

Cuando su vida entera se desmorona, incluyendo su matrimonio con Hal (Alec Baldwin), un adinerado hombre de negocios, la elegante Jasmine (Cate Blanchett), conocida personalidad de la alta sociedad de Nueva York, se muda al modesto apartamento de su hermana Ginger (Sally Hawkins) en San Francisco para intentar recuperarse y recomponer su vida.

Jasmine llega a San Francisco en un estado mental bastante frágil, mareada a causa de su acostumbrado cóctel de antidepresivos. Aunque todavía irradiando su aura aristocrática, Jasmine se encuentra en un estado emocional precario y no cuenta con la más mínima capacidad para mantenerse por sí misma. No aprueba al novio de su hermana Ginger, Chili (Bobby Cannavale), a quien ella considera otro «perdedor», como el ex-marido de Ginger, Augie (Andrew Dice Clay). Ginger, que entiende la inestabilidad psicológica de su hermana aunque no llega a comprenderla del todo, sugiere que se dedique al diseño de interiores, una carrera que acertadamente intuye que Jasmine no considerará como inferior a su estatus. Mientras, Jasmine acepta a regañadientes un trabajo como recepcionista en la oficina de un dentista, donde atrae involuntariamente las atenciones de su jefe, el Dr. Flicker (Michael Stuhlbarg).

Admitiendo que su hermana pueda tener razón en cuanto a su mal gusto con los hombres, Ginger empieza a salir con Al (Louis C.K.), un reconocido ingeniero a quien considera un paso por encima de Chili. Jasmine ve una posible tabla de salvación en Dwight (Peter Sarsgaard), un diplomático al que conoce, y que rápidamente sucumbe ante los encantos de Jasmine por su belleza, sofisticación y estilo.

Copyright del artículo © Víctor Arribas. Reservados todos los derechos.

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Víctor Arribas

Como estudioso del séptimo arte, Víctor Arribas ha escrito artículos de tema cinematográfico en la revista "Nickelodeon" y en el periódico "El Mundo". Entre otras obras, es autor de los libros "El cine de los hermanos Marx" (2009), "El cine negro" (2011) y "El cine negro 2" (2016), publicados por Notorious Ediciones. En la misma editorial, ha coescrito "El universo de Woody Allen" (2008), "El universo de Clint Eastwood" (2009), "El universo de Orson Welles" (2015), "E-motion Pictures. El cine de José Luis Garci" (2018) y "Adictos a El Crack" (2020). Asimismo, es autor de "Goof! Los mejores gazapos del cine" (2016), editado por Espasa. Dirigió y presentó el programa de cine "Flashback" en Onda Madrid, y formó parte del equipo de colaboradores de los programas "Cine en Blanco y Negro" y "Querer de cine", dirigidos por José Luis Garci en Telemadrid. Desde 1990 hasta 2004, dirigió los espacios locales de Madrid en los Servicios Informativos de Onda Cero. Durante siete temporadas, presentó el informativo "Telenoticias 1", en Telemadrid, cadena en la que también se hizo cargo del programa de debate "Madrid Opina". En 13tv dirigió y presentó "Al Día". Fue subdirector de informativos en ABC Punto Radio. En RTVE, dirigió "La noche en 24 horas" en su Canal 24 horas. Ha sido profesor de Televisión en la Universidad CEU San Pablo (Instituto de Estudios Profesionales). Presenta y dirigir "Telenoticias 1" en Telemadrid.