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Crítica: «Anonymous» (Roland Emmerich, 2011)

El mundo de Anonymous resulta profundo, peligroso y perturbador. Es la primera vez que Roland Emmerich aborda este género hecho de historia y literatura, pero a la vista del brillante resultado, da la sensación de que lleva frecuentándolo mucho tiempo.

En el cine, cualquier producto que lleve la marca Shakespeare merece un respeto. Por supuesto, hay demasiados críticos –luego volveré sobre ellos– que piensan que Emmerich no se merece ni un minuto de su tiempo, y seguramente por ello analizan Anonymous como quien trincha un pavo el día de Navidad.

Vayamos por partes. A Emmerich le podemos reprochar un cine basado en los efectos especiales, repleto de clichés, un tanto infantil y formulario en términos narrativos. Dicho lo cual, Anonymous constituye una impagable sorpresa, precisamente porque no tiene nada que ver con las anteriores películas del cineasta alemán.

Podemos definir la película como un thriller político ambientado en la Inglaterra isabelina. El guión, obra del competente John Orloff –el autor de Hermanos de sangre–, se reinventa la vida de Edward de Vere, duque de Oxford, un noble poeta y mecenas que vivió durante la segunda mitad del siglo XVI.

Aunque la trama nos presenta a DeVere (Rhys Ifans) en medio de las intrigas bizantinas de la Corte, lo cierto es que su relación con la reina Isabel (una inmensa Vanessa Redgrave) queda en segundo plano cuando sabemos que es él quien escribió en realidad las obras por las que Shakespeare se llevó la fama.

La película se abre con un prólogo teatral protagonizado por Derek Jacobi. A partir de ese inteligente recurso, entramos de lleno en la acción. Pese a la importancia que Emmerich le concede a DeVere, el relato se vuelve coral gracias a la intervención de personalidades tan poderosas como el consejero de la reina, William Cecil, barón de Burghley (magnífico David Thewlis), Henry Wriothesley, duque de Southampton (Xavier Samuel) y el propio Shakespeare (un desmedido y simpático Rafe Spall).

El dramaturgo Ben Jonson es encarnado por un sorprendente Sebastián Armesto: el hijo de ese fabuloso historiador que es Felipe Fernández-Armesto.

Una poderosa ficción histórica

En la misma línea que exploró Amadeus a la hora de transfigurar la biografía de MozartAnonymous se vale de los elementos del folletín –asesinatos, amoríos, revelaciones inesperadas e intrigas de variado calibre– para dar validez a la que los estudiosos de Shakespeare llaman la teoría oxfordiana.

Según esa antigua teoría revisionista, Edward de Vere es el verdadero autor de las obras de Shakespeare. El primero en atreverse a sostener la sacrílega idea fue J. Thomas Looney en su libro Shakespeare Identified (1920). De ahí en adelante, personalidades como Sigmund Freud, el premio Nobel John GalsworthySir John Gielgud, Orson Welles y Mark Rylance, director del Globe Theatre entre 1995 y 2005, apoyaron la sugestiva propuesta, cuyos puntos flacos e inconsistencias no han hecho decaer a sus prestigiosos seguidores.

Con ciertas libertades históricas –no mayores que las de Amadeus, por cierto–, Anonymous refleja con madurez e inteligencia las intrigas cortesanas y los secretos literarios y familiares que las sostienen. Se trata de un relato espeluznante en el que la ambición y el arte prosperan en un territorio amoral.

A la excelencia del reparto –sin un solo elemento discordante– se suma una puesta en escena sencillamente espectacular. Y para colmo de nuestra felicidad, Emmerich abandona su estilo grandilocuente y nos entrega un relato filmado con corrección, sobriedad y momentos de grato academicismo.

Sólo cabe hacerle un reproche, y es que durante el primer acto los flash-backs no se encadenan con la claridad deseable, lo cual impide que un público más amplio se involucre desde el primer momento en una trama absorbente y llena de sorpresas.

¿Y dónde queda Shakespeare? Curiosamente, pese a que la cinta le convierte en un pícaro oportunista, la trama es densamente shakespeareana, y no faltan los momentos en los que se expresa esa emoción genuina que uno siente al ver Hamlet o El sueño de una noche de verano.
«La cuestión no es tener razón sobre Shakespeare –escribía mi admirado Christopher Hitchens en 2002–. La cuestión es ser shakespeareano«.

El peso de los prejuicios

Decir algo bueno sobre una película de Emmerich es, para bastantes críticos, más difícil que resumir Ricardo III. En el caso, claro está, de que hayan leído o visto ese drama (El público no tiene por qué conocer con detalle la obra de Shakespeare, pero sin caer en pedanterías, no deberíamos ser tan indulgentes con la cultura de quienes se dedican a este oficio).

En realidad, nos hallamos ante un terreno abonado para las paradojas. Hay quien dice que la película no está mal y que el reparto es espléndido… a pesar de su director. Otros insisten en sus devaneos seudohistóricos, olvidando que Hollywood y la precisión histórica suelen ser dos conceptos antitéticos.

He leído alguna crítica empeñada en desmontar la teoría oxfordiana, como si ésta hubiera sido imaginada antes de ayer por el propio realizador. (Un propósito –el del crítico– empañado por varios errores atroces a la hora de describir el periodo isabelino en el que se ambienta la cinta).

Incluso hay quien, en un alarde intelectual digno de mejor causa, acusa al realizador de elitismo, al considerar que Anonymous es una maniobra conspirativa que niega la posibilidad de que un fulano de escasa formación como Shakespeare fuera capaz de escribir obras de tan inmenso valor. (Es curioso que ese mismo columnista venga a decir que Emmerich es autor de fantasías delirantes, y que por lo tanto, un ignorante tan poco fiable no puede acercarse a un material narrativo e histórico tan noble sin estropearlo).

En fin: palabras como disparate y estupidez suenan bien cuando uno habla de películas olvidables o simplemente malas. Pero aplicarlas a un drama tan minucioso como Anonymous solo es fruto de esa funesta manía destructiva de nuestro gremio.

Sinopsis

Si William Shakespeare no escribió las obras y sonetos que cautivaron y maravillaron a tantas generaciones, ¿quién lo hizo? Esa es la controvertida pregunta que subyace en el corazón de un nuevo thriller, Anonymous, del aclamado director Roland Emmerich.

Emmerich (Independence DayEl patriota, 2012) y el guionista John Orloff han convertido esta teoría de la conspiración literaria en un brillante drama histórico ambientado en la corte de Isabel I.

La teoría de que Shakespeare no escribió las obras de Shakespeare –y que se conoce como el “debate de autoría”– tiene ya décadas de antigüedad y atrae a un ilustre grupo de partidarios desde hace años.

Académicos, actores y escritores –entre los que se encuentran Benjamin Disraeli, Charles Dickens, Mark Twain, Orson Welles, Sigmund Freud y Sir John Gielgud– han apoyado la afirmación de que Shakespeare simplemente no escribió las obras que se le atribuyen. En su conjunto, a estos críticos se les conoce como los “anti-stratfordianos”.

Argumentan que no existen pruebas documentadas de que William Shakespeare, actor y accionista del The Globe Theatre, fuera escritor; no se ha encontrado ningún documento manuscrito suyo excepto seis firmas (y cada una de ellas con una ortografía diferente).

Era uno de los ocho hijos de unos padres analfabetos de Stratford y nada sugiere que se formara más allá de un nivel rudimentario muy alejado de la educación clásica.

Estos críticos señalan que sus obras revelan un profundo conocimiento del derecho, la medicina y la navegación y, además, datos de primera mano sobre la corte y la Italia renacentista, entre otras muchas cosas, y afirman que el autor tendría que haber recibido una educación de primer orden y ser un hombre versado en numerosas materias estudiadas en gran profundidad.

Shakespeare, afirman, casi con total seguridad nunca salió de Inglaterra y no hay pruebas de que formara parte del círculo cercano de Isabel I.

Son varios los candidatos a ser el verdadero autor, entre los que se incluyen Sir Francis Bacon, Christopher Marlowe, William Stanley, el conde de Derby y, de hecho, existe una teoría que sostiene que sus trabajos son obra de más de una persona.

Para Emmerich y Orloff (guionista de parte de la aclamada miniserie bélica Hermanos de sangre y de Un corazón invencible, un drama sobre el secuestro y asesinato del periodista estadounidense Daniel Pearl), Edward De Vere, el XVII conde de Oxford (interpretado por Rhys Ifans en la película) es un firme candidato.

Situaron a De Vere en el corazón de su historia como un noble que se ve obligado a mantener en el anonimato y que es el autor de las obras que arrasan en una sociedad isabelina marcada por las intrigas y los complots sobre quién sucederá a la reina en el trono.

Con un equipo tan dotado, Anonymous se convierte en un emocionante thriller cuando De Vere se sirve de William Shakespeare como pantalla para ocultar su secreto, y en última instancia, asumir la autoría de un notable corpus literario que ha perdurado más allá de los siglos.

“Durante mis investigaciones me convertí en una de esas personas que creen que Shakespeare no escribió ese increíble conjunto de obras literarias”, confiesa Emmerich. “Y existe una teoría muy sólida que afirma que su autor fue el conde de Oxford, y esa es la que hemos empleado en nuestra película.”

Ifans está convencido de que este film suscitará un animado debate cuando se estrene. Supondrá arrojar una bomba literaria en los salones académicos forrados de estanterías y cubiertos de polvo, y eso parece complacer al rebelde que lleva dentro.

“Básicamente, la película trata de quién escribió las obras de Shakespeare”, afirma Ifans. “Y se formará mucho revuelo y muchas vacas sagradas van a tener que tomarse más de un Valium cuando se estrene. Va a levantar mucho polvo, de eso estoy seguro.”

“He investigado mucho, he leído esos grandes volúmenes con más páginas que la Biblia y existen muchas pruebas que demuestran que Shakespeare no fue necesariamente el autor de sus obras.”

“Existen muchos argumentos a favor de la teoría de que su autor fue Edward de Vere. Como actor, estoy encantado de que alguien escribiera esas obras y sonetos, pero no fue William Shakespeare. William Shakespeare es una marca internacional. Espero que nuestra película entretenga, inspire y encolerice.”

En la historia, De Vere es un noble expulsado de la corte por haber mantenido una relación amorosa con la joven reina y que está desesperado porque sus obras se estrenen. Por eso tiene que recurrir a un impostor, William Shakespeare, quien gustosamente disfruta de las mieles del éxito y finge ser el verdadero autor.

“Interpreto a William Shakespeare, pero a un William Shakespeare que es hijo de un fabricante de guantes, un tipo normal, pero con suerte, ya que es como si ganara la lotería”, comenta Spall. “Lo veo como alguien con quien me tomaría una cerveza, con quien saldría por ahí, y alguien a quien el público verá y dirá ‘quizás yo haría lo mismo en su situación’ porque ha tenido suerte.”

“Pero, en cierto sentido, el público puede verlo como un malo porque sugerimos que no es trigo limpio. Chantajea a Oxford, que es el verdadero autor de las obras, y sugerimos que quizás, en aras de la historia, asesinara a Christopher Marlowe.”

“En cierto sentido, tal y como lo veo yo, William Shakespeare es el héroe de la película, porque construye el teatro The Globe y mantiene el secreto y, en nuestra historia, si no lo hubiera hecho, el mundo nunca habría conocido las obras que conocemos en la actualidad.”

Orloff espera abiertamente que Anonymous provoque un encendido debate en torno a la cuestión de la autoría. Para algunos, incluso sugerir que Shakespeare no es el autor de sus obras supone un sacrilegio. “Sí, creo que habrá quien se sienta molesto con el film”, afirma. “Y me sorprende que mucha gente que no sabe gran cosa de Shakespeare o que no se preocupa demasiado por Shakespeare en su vida cotidiana, en cuanto sale el debate de autoría en una cena empieza a echar espuma por la boca y soltarte perlas como ‘¿pero de qué estás hablando?’, ‘¿de dónde te has sacado eso?’”

“Existe un debate válido que es preciso mantener en torno a quién escribió este increíble material. Es un gran tema que no debería descartarse de antemano. Cuando le cuentas a la gente que Mark Twain creía que William Shakespeare no era el autor de las obras que se le atribuyen, y que tres jueces del Tribunal Supremo opinaban lo mismo, te miran y te responden ‘¿de verdad? No tenía ni idea…’

“Creo que resulta muy revelador que numerosos escritores crean que esta teoría es cierta, como Mark Twain, Vladimir Nabokov o Henry James. El propio James dijo: ‘Me persigue la convicción de que este es el fraude de más éxito que se haya perpetrado nunca contra un público desprevenido…’

“Creo que los escritores comprenden el proceso de escritura y, al pensar en el proceso de escribir esas obras, llegan a la conclusión de que resulta bastante increíble que Shakespeare las escribiera”.

¿Y qué opina el propio Orloff? “Soy un firme anti-stratfordiano. No creo que Shakespeare escribiera las obras en absoluto. Tiendo a pensar que fue Oxford, pero creo que la teoría del trabajo en grupo también tiene mucho que ofrecer. Pero, en definitiva, soy de los que creen que Shakespeare no es el autor de las obras que se le atribuyen”.

El debate, por supuesto, continuará, y Anonymous arrojará más leña al fuego al presentar este controvertido tema al público en general. “Y eso es estupendo”, afirma Emmerich. “Creo que está bien que las películas te hagan pensar en torno a un tema. Espero que el film también resulte entretenido, porque es una gran historia y, si también hace pensar un poco, pues mejor que mejor”.

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Copyright de imágenes y sinopsis © 2011 Columbia TriStar Marketing Group. Cortesía de Sony Pictures Releasing de España. Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.