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Escritores fantasma: cuando el autor de una obra no es quien la firma

El escritor fantasma es toda una institución literaria. Es y fue –de modo oblicuo, seguirá siéndolo– el soporte esencial para otra institución, la del escritor. Hasta hace no mucho, se hablaba de ‘negros literarios’. Lo de negro es una apelación a la mano de obra esclava y también a la oscuridad en la que permanece quien escribe y cede su escritura a una firma reconocida y, por ello, reconocible.

Hay ejemplos ilustres. Se sabe que Balzac echó mano de ellos y que Alexandre Dumas padre tenía una suerte de taller como el que actualmente factura muchos de los culebrones televisivos. Blasco Ibáñez trabajó anónimante para Fernández y GonzálezEngels redactó algún artículo que firmó Marx. En cuanto a Lo que el viento se llevó de Margaret Mitchell, uno de los libros más leídos del siglo XX, consiste en un pila, tan alta como una persona, de folios no del todo ordenados, que fue objeto de correcciones maritales y de una criba y ordenamiento hecho por un editor. El extremo es el caso de Gregorio Martínez Sierra, un escritor de carne y hueso cuya obra es apócrifa, aunque firmada con su nombre, pues la escribió su mujer, María Lejárraga.

Voy a lo prometido, a la actualidad. Tiene algún precedente y vuelvo a la ilustre cantera. En ciertos textos de Balzac, y sin que nada impide admirar lo que de admirable tienen, se muestran unos rellenos que, no siendo estrictamente apócrifos, se nutren de una información prestada y nada imaginativa. Baste con recordar los prolijos inventarios de antigüedades en La piel de zapa y la historia del papel incrustada en Las ilusiones perdidas.

Bajemos la voz. En los años ochenta del siglo pasado, hubo en la literatura argentina una moda de la llamada novela histórica, en buena medida obra de unas escritoras laboriosas y exitosas. Recuerdo a alguna de ellas proponiéndome que le diera un expediente informativo en bruto sobre tal o cual personaje histórico, para convertirlo en novela, para novelizarlo.

Aquí cabe un matiz. Se puede hacer literatura con todo, con cualquier cosa. El pasado y sus borrosos límites –todo lo que contamos se vuelve pasado, aunque haya ocurrido hace diez minutos– es indispensable. Otro día hablaremos sobre con qué antigüedad se vuelve histórico para ser materia de una novela histórica. Pero una cosa es valerse del pasado desde la imaginación, que es lo que hace un escritor auténtico aunque se equivoque en los detalles documentales –estoy pensando, nada menos, en el Tolstói de Guerra y paz– y otra muy distinta, es hacer pasar por una invención de novelista, una cajonera de documentos.

Conozco a más de un poeta ultramoderno de los años sesenta del siglo XX y a más de un novelista experimental de parejas fechas, discípulo de Joyce y de Cortázar, entregado a redactar novelones historizantes, episodios nacionales y relatos policiacos. Vaya por delante que considero plausibles a todos ellos y a todas ellas –soy políticamente correcto– mas no me privo de describir el fenómeno. Se inventa uno un detective oficial u oficioso, una jueza penal o un psiquiatra forense y tiene para rato, cambiando apenas la técnica de homicidio, ya que el héroe del caso insistirá en sus gestos prototípicos, no envejecerá mi morirá. Basta con variar los venenos, los ADN, los recursos digitales, las recetas de cocina y los lobbies de los hoteles, para que lleguemos al final feliz tras el crimen y la red de falsas pistas. Si acaso, unas gotas de psicoanálisis.

Provisoria aunque convencida conclusión literaria: todo lo que se escribe y supere las 82 páginas exigidas por la UNESCO, es un libro.

Imagen superior: Alexandre Dumas (Gérard Depardieu) conversa con su «negro» literario, Auguste Maquet (Benoît Poelvoorde), en una escena de la película «L’Autre Dumas» (2010), de Safy Nebbou © UGC, France 2 Cinéma. Reservados todos los derechos.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")