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Bárbara y campeona

Hacia 1840, en su exilio chileno, escribió Domingo Faustino Sarmiento su miscelánea Facundo. Civilización y barbarie. En rigor, la palabra barbarie es una exageración de retórica política pues lo que describe el autor no es una realidad social primitiva y elemental sino una cultura ancestral y tradicional. Es lo que posteriormente la sociología alemana ha denominado una comunidad: cerrada, sin espacio exterior, dotada de normas orales que se transmiten por sucesión de generaciones, con ancianos de gran prestigio por ser los depositario de ese acervo tradicional, donde su curso tiende a repetirse y el cambio no es un valor social.

Sarmiento quería para su país lo que él llamaba civilización es decir no una comunidad sino una sociedad: abierta, curiosa del mundo exterior, regida por normas racionales que pueden alterarse por consenso, progresiva, donde el cambio es un valor y se cultivan las artes y las ciencias.

Hacia fines de siglo, la afluencia de cientos de miles de inmigrantes por año, dio pábulo a la fama de una Argentina naturalmente rica donde se podía amasar fortunas en poco tiempo. Con buenas o malas artes, poco importaba la diferencia sino más bien la rapidez y la llamada viveza criolla.

Estas dos vertientes, la de Sarmiento y la finisecular, han dejado huellas en el imaginario argentino y perfilado una suerte de retrato social de una nación. Así es como el seleccionado de fútbol ganó el campeonato mundial en Qatar (2022). Un partido de fútbol es el emblema de un triunfo rápido que requiere juego y vivacidad. En una hora y media se resuelve un campeonato y el premio a cobrar es cuantioso. Las estrellas del balón cobran sumas sin equivalencia en otros empleos. No se trata de profesionales con una prolongada preparación ni una rigurosa labor científica, sus riesgos no son los de una guerra y la duración de unas carrera futbolística es breve y acaba a una edad relativamente joven. Un club de fútbol es, además, un ejemplo de comunidad como un pequeño taller o una asociación vecinal.

Todo esto, un club deportivo, un elenco de teatro, un equipo cinematográfico suelen ser tareas en las cuales descuellan los argentinos. En otro orden, el país vive una crisis circular y repetitiva, sus instituciones políticas son débiles y su establecimiento gubernativo es desordenado e ineficaz. Sus niveles de inflación son disparatados, su moneda nacional es inexistente, y el nivel de pobreza roza la mitad de su población. Fuerte en cuanto a comunidad, la Argentina es débil en cuanto a sociedad. La pulsión hacia una riqueza fácil y rauda revela una incertidumbre histórica, un “ahora o nunca” que se asemeja a la resolución de un partido de fútbol. Hay que jugarlo en el instante actual pues el juego no puede postergarse ni seguirse otro día. Y, tal vez así podremos volver a ganar el campeonato mundial.

Imagen superior: Messi festeja su gol ante Nigeria en la Copa Mundial de Fútbol de 2018 (Кирилл Венедиктов – soccer.ru, CC).

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Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")