Cualia.es

Arturo Pérez-Reverte: «En España estamos perdiendo la memoria o manipulándola de una manera infame»

Cuando echo la vista atrás, hacia los años que dediqué a hacer entrevistas, encuentro que hay diálogos que han envejecido peor que otros. En ocasiones, se confirma en ellos lo que decía el Padre Brown en un cuento de Chesterton: «¿Alguna vez han reparado en que la gente nunca contesta a lo que se le pregunta?».

No es, desde luego, el caso de Arturo Pérez-Reverte. Podrán comprobarlo en este artículo donde se recopilan distintas declaraciones que, en su día, recogí para medios como Cuadernos Hispanoamericanos y la web del Instituto Cervantes (1).

Lector agradecido de Dumas, Stevenson, Conrad, los cómics de Tintín y los clásicos del Siglo de Oro, Pérez-Reverte fue reportero de guerra antes de convertirse en centro de atención del mundo literario. Miembro de la Real Academia Española, ha sido traducido a cuarenta idiomas y entiende la cultura como un proyecto emancipador. «Toda democracia inculta ‒decía no hace mucho‒ no es una democracia, es una casa de putas».

Uno puede disentir del pesimismo que el escritor saca a relucir cuando reinterpreta nuestro pasado ‒»una sucesión de ocasiones perdidas», una historia «amarga, dolorosa, a menudo oscura y a veces luminosa»‒. Y sin embargo, su pasión por lo que fuimos en otro tiempo adquiere un tono pedagógico, sobre todo cuando señala a esos jóvenes «huérfanos de memoria», a merced de profesionales de la manipulación y cada vez más alejados del gusto por la lectura.

Arturo Pérez-Reverte: Hay una cosa que está muy clara: un autor quiere que lo lean. Internet tiene una potencia inaudita, una potencia de difusión y de alcance que en ningún otro medio en este momento existe. Yo soy un lector. Si sale una novela de Saramago en Internet, me la pido. Pero después compro el libro, porque el libro sigue siendo fundamental. El libro objeto, el libro editado, eso sigo necesitándolo como lector, porque lo otro no me satisface del todo. La editorial sigue siendo necesaria. Internet extiende una historia, pero el libro seguirá siendo indispensable. Yo soy de otra generación y estoy en otra cosa. A mí la red me tiene sin cuidado. Completamente. No es mi mundo, ni me atrae. No pienso echar esa losa sobre mis espaldas.

¿Cómo observa el mundo de la edición digital un amante del libro clásico?

APR: No me interesan los libros digitales. Tengo viejas maneras. Para mí la biblioteca es algo importante, como también lo es el peso, el tacto, la compañía de un libro. Tampoco me interesa Internet. Prefiero ir a la librería o pedir prestado un ejemplar. En todo caso, a veces, me sirvo de los buscadores para localizar un libro antiguo que me interesa o que trate sobre un tema acerca del cual estoy trabajando.

¿En qué punto escribir deja de ser solo una costumbre y se convierte en un oficio?

APR: Cada uno es dueño y libre de escribir como quiera y lo que quiera. Pero yo soy un profesional que escribe novelas, y si alguien no tiene la idea, pues que no escriba. Que practique el sexo… Yo qué sé. Que haga lo que quiera. Uno tiene que escribir cuando tiene algo que contar, y ya está. Si no tengo algo que contar, me pondré a leer, que es lo que me gusta. Cada relato literario es un acto libre. Uno de los pocos que quedan. Y cada uno es libre de no decir nada, o empeñarse en describir el color de esta botella. Todo muy respetable. Después el lector lo lee… o no lo lee. No es mi caso. Para mí la literatura es un acto creativo. Me apetece que haya una historia, que pasen cosas, que haya acontecimientos.  Yo cuento historias, y además estoy muy orgulloso de escribirlas. Pero eso no impide que respete a los otros. Cada uno hace lo que quiere o debe hacer. Para mí, escribir no es un acto de onanismo creativo, ni una tortura… Es un acto voluntario, y se limita a contar historias que si yo no las escribiera, no existirían. Mientras ese impulso permanezca, seguiré escribiendo. El día que ese impulso se acabe, o me dé cuenta de que me repito o me he cansado, o que ya no creo en lo que hago, pues me dedicaré a otra cosa. Es así de simple.

Su personaje más conocido, Alatriste, tiene una biografía muy verosímil. Incluso su final parece documentado desde el punto de vista histórico.

APR: Todos morimos, y Alatriste también muere. En El oro del rey se cuenta, precisamente, dónde muere Alatriste. Recordemos que Íñigo Balboa cuenta la historia desde la vejez, y hay un pasaje en que se refiere a la muerte de Alatriste. Pasarán unos veinte años desde el momento en que esta historia transcurre hasta que llegue ese desenlace.

Muchos recordarán ese momento final gracias al cine…

APR. Tano [Agustín Díaz Yanes] me pidió permiso en 2006 para que el guión de Alatriste llegase hasta el año 1643, que es cuando Alatriste muere en Rocroi, luchando con los Tercios Viejos contra los franceses. Y no tuve más cojones que decirle que sí. Claro que él iba obteniendo material de las novelas, pero además quedábamos, y yo le contaba más cosas. De esta forma, fue creciendo el Alatriste de la película.

¿Cómo recuerda el proceso de españolización de Viggo Mortensen en la piel de Alatriste?

APR: Fue algo asombroso. Viggo se hizo español a medida que trabajaba en la preparación del personaje. En la película, ya ves que es español. Porque esa es su nacionalidad, sin duda. Por otra parte, la camaradería que Tano hizo posible, benefició mucho a la película. Entre Viggo, Unax Ugalde, Eduard Fernández y los otros actores fraguó una amistad personal que trasciende a la ficción. Al ser ésta una historia de amigos a quienes la vida va aplastando, esos lazos quedaron muy reforzados porque sus intérpretes eran amigos fuera de la película. Esa ósmosis entre el largometraje y el ambiente fue muy importante. Por eso es tan real esta historia: porque compruebas que Viggo es español y que sus amigos lo son de verdad.

Al volver la vista atrás, ¿qué imagen de España le interesaba transmitir con la saga de Alatriste?

APR: Al igual que sucede en las novelas, la idea de la película consiste en acercarnos a esa España oscura, de reyes estúpidos, curas fanáticos,  ministros corruptos y aristócratas arrogantes y distanciados del pueblo. Se trata de hacer un recorrido por esa España feroz y despiadada, que es la España oficial frente a la real… destrozada, en manos de hijos de la gran puta. La España eterna, la de la pobre gente que recoge la bandera de los Tercios ante la última carga francesa. Esa España de hombres que mueren como perros mientras los ricos y los poderosos disfrutan en sus palacios. O como ahora, en sus casas de Marbella… Al final, se trata hoy de la misma historia. Siguen mandando los de siempre. Por eso Alatriste permite ver lo que fuimos para explicarnos lo que somos. Y me encanta que, además de en las novelas, la gente también vea esa España a través de la película. No como una España de capa y espada, romántica y de callejón –que está muy bien–, sino como la España oscura, dura, terrible, de tantos buenos vasallos rodeados de malos señores.

En la adaptación de sus novelas, me encuentro como espectador con una paradoja, y es que al ver Territorio comanche (1997), identifico al cámara José Luis Márquez, que cubrió junto a usted la guerra de los Balcanes, con el actor Carmelo Gómez. Sin embargo, después de ver La carta esférica (2007), Carmelo se convierte en Coy, el marino protagonista. ¿No siente usted esa misma confusión?

APR: Es una pregunta interesante, porque realmente eso me ha pasado. Para mí, Carmelo siempre ha sido el Márquez de Territorio comanche. Además los dos nos hicimos amigos allí, en Sarajevo, cuando Gerardo Herrero rodaba su adaptación de ese libro. Y lo he visto siempre con los rasgos del cámara, del reportero que yo hubiera querido tener conmigo cuando estaba trabajando… Pero realmente un actor es eso: es aquel que te convence que puede ser otro. Eso es un buen actor. Entonces, el Márquez que Carmelo fue para mí cambió, y ahora es otro. Ahora Carmelo es Coy. Fue lo bastante persuasivo para hacerme creer que él puede ser Coy además del otro personaje. Esa es la magia del cine y esa es, evidentemente, la magia de un buen actor.

Sus novelas han dado lugar a adaptaciones muy diversas, aunque no siempre acertadas. Me imagino que no es fácil distanciarse del resultado en pantalla.

APR: Me han hecho varias películas, y unas me gustan más y otras me gustan menos. Intento apoyar a todas, en la medida de lo posible. Nunca hablo mal de ellas, salvo cuando son infames, y ya hace mucho tiempo que no me hacen ninguna de ese tipo… Ahora que lo pienso, desde que Jim McBride hizo La tabla de Flandes (1994), no ha habido ninguna infamia más en mi currículo cinematográfico… Aunque ha habido alguna semi-infamia, pero bueno…

El caso es que, cuando se trata de películas con las que estoy de acuerdo, y cuando creo que el esfuerzo ha merecido la pena y el resultado ha sido digno, estoy aquí, doy la cara, las apruebo y las apoyo. Sobre el tema de las adaptaciones está claro que hay situaciones bien diferentes.

Imanol Uribe, que es amigo mío de antes, me habló de hacer La carta esférica. Yo le dije: ‘Haz un guión y convénceme’. Y entonces, bueno, hizo un guión y me convenció. Era un texto excelente. Pero como él tenía esa responsabilidad, me consultaba continuamente. Venía asustado a las reuniones, temiendo que yo pusiera condiciones. Sé por experiencia que lo que vale para la literatura no vale para el cine. Es un error querer ser demasiado fiel a un texto. El cine y la literatura se dirigen a públicos distintos, son lenguajes distintos, y tienen objetivos diferentes. Desde hace mucho tiempo, sé que lo que hay que hacer es tomar el espíritu de los personajes… y punto. Después, hay que narrar una historia. Pero será el director quien la cuente con su talento y su imaginación. Será él quien reescriba, a su manera, esa historia. Había momentos en que Imanol venía y me decía: ‘Podemos hacer esto o lo otro’. Y yo siempre le decía: ‘Imanol, es tu película’. Lo mismo le dije a Polanski cuando cambió todo el final de El club Dumas en su versión [La novena puerta, 1999]. E hice lo propio cuando Agustín Díaz-Yanes rodó Alatriste. A todos estos directores les he dicho lo mismo: ‘Es tu película, y es tu responsabilidad. Cambia lo que creas conveniente’. Así, cuando Imanol decidió cambiar el desenlace del libro en su guión, le dije: ‘Es mejor final para una película que para la novela. Lo que en la novela funciona, en el cine no siempre funciona. Entonces, para una película, veo que tu final es mejor que el mío. Por supuesto, utilízalo’. Y así fue.

Por regla general, no voy a los rodajes. Desde que se filmó El maestro de esgrima (1992), hago siempre una visita de cortesía. Voy un día, saludo a la gente y desaparezco. Creo que el autor incomoda en los rodajes, y no quiero incomodar. En cierto modo, parece que el autor está supervisando, está fiscalizando. Y como he dicho antes, es la película del director, no es mi película. Si algo sale mal, es su culpa y no es la mía. Y si algo sale bien, es su éxito, no el mío. Lo aplaudo y me alegro, porque además eso es bueno para todos. Pero de esa forma no me siento tan estrechamente vinculado a la película.

[Las novelas de Pérez-Reverte han sido llevadas repetidamente al cine y la televisión. Aparte de las ya mencionadas ‒El maestro de esgrima, La tabla de Flandes, Territorio comanche, La novena puerta, Alatriste y La carta esférica‒, su catálogo de adaptaciones incluye los largometrajes Cachito (1996) y Oro (2017), las teleseries Las aventuras del capitán Alatriste (2015), Quart (2007) y las dos versiones de La Reina del Sur (2011 / 2017-2021). El escritor también firmó el guión de Gitano (2000) y desarrolló las series Camino de Santiago (1999) y El Dragón: El regreso de un guerrero (2019).]

APR: Hay malas películas sobre buenas novelas y buenas películas sobre malas novelas. En el caso de La carta esférica, reconozco la historia y los personajes de mi novela. Esa sí que es una cinta como las de antes. Ya no se hacen películas así. Tiene todos los ingredientes que me agradan, y sin caer en el tópico: chica, tesoro, barco, mar azul, aventura, compañeros fieles, enemigos malvados… Todo eso hace que, al ver la película, te den ganas de ser joven otra vez, y de salir a navegar. Viene a ser como aquel cine que muchos veíamos cuando éramos chicos, comiendo pipas –entonces no eran palomitas, eran pipas todavía–. Hablo de un cine que nos hacía desear embarcar y marcharnos. La carta esférica es ese tipo de cine, ese tipo de película, y por eso estoy tan satisfecho con ella.

Destaco sobre todo la creación que han hecho sus protagonistas. Hay un verdadero duelo interpretativo entre Aitana Sánchez-Gijón y Carmelo Gómez. Se advierte una tensión entre sus personajes. Una tensión que opera en todos los sentidos, y en la que reconozco perfectamente a los personajes de la novela. También quiero subrayar el esfuerzo tremendo que ha supuesto el rodaje. Hay secuencias que se han filmado a veintiséis metros de profundidad. Es Carmelo y no un doble quien está buceando, con toda la mar encima. El pecio que sale –el barco hundido– es auténtico. En definitiva, el mar es el de verdad: aquí no hay piscinas, no hay trucos. Todo está hecho cámara en mano, corriendo además los riesgos propios de una experiencia marinera.

En este caso, además, quedó especialmente satisfecho con el personaje femenino…

APR: La protagonista es una chica fina. Una chica de buena familia, que sabe sentarse, que sabe moverse, que sabe fumar, que sabe conversar. Una chica bien educada. Y en España hay un problema fundamental, y es que es muy difícil encontrar a una chica bien educada para hacer un papel en el cine. No digo que todas las actrices sean ordinarias, pero la ordinariez es una constante en el cine español. Y no sólo en el cine: eso también ocurre en la vida social española. Aquí debe de ser dificilísimo hacer una película con una marquesa, una condesa y una duquesa… Por suerte, Aitana es una chica educada. Y eso se nota en la película. Dudo mucho que hubiera habido otras intérpretes capaces de abordar el papel de ese modo… Bueno, algunas otras hay, pero me caben todas en una mano y quizá me sobren bastantes dedos. Y ojo, ese problema también surge con los actores. Hoy hacer un reparto para interpretar a condes y marqueses debe de ser imposible.

[A la hora de trasladarnos al pasado, Pérez-Reverte pone en práctica su vocación de cazador de libros. Siendo un lector voraz y un apasionado de la historia, realiza un minucioso trabajo de documentación antes de escribir cada novela. Esto es algo evidente en títulos como El húsar (1986), La sombra del águila (1993), Cabo Trafalgar (2004), Un día de cólera (2007), El asedio (2010), Hombres buenos (2015), Sidi (2019) y Línea de fuego (2020). Por supuesto, este trabajo previo también se advierte en las siete novelas del capitán Alatriste: El capitán Alatriste (1996), Limpieza de sangre (1997), El sol de Breda (1998), El oro del rey (2000), El caballero del jubón amarillo (2003), Corsarios de Levante (2006) y El puente de los asesinos (2011). «A estas alturas ‒explica el novelista‒ cualquier lector mío sabe que la base documental de mis libros es muy rigurosa». Y añade: “España no lleva 500 años, lleva 2000 años de memoria a cuestas y cuando se niega la existencia de España como entidad, como país o como lo que sea, me produce una amargura indecible porque es olvidar nuestra historia y nuestra memoria. Por eso los libros de Alatriste son mi grano de arena, es mi forma de decir cuidado, hay que recordar y repasar la historia”.]

APR: Hay gente que cree que Alatriste realmente existió. A veces me llegan cartas de hispanistas franceses o ingleses, preguntándome por Alatriste o por Íñigo. Ya ocurrió con las novelas, pero luego se disparó con la película. Ése es un sueño para un autor. Es una delicia. Participar en una falsificación tan enorme de la Historia es el sueño de cualquier narrador.

Contar treinta años de la vida de Alatriste  equivale a mostrar el esplendor y la decadencia de España. A lo largo de veinte años, la historia transcurre en el momento de más vigor de los españoles. Después los ves destruirse, como los propios compañeros de Alatriste se matan entre ellos.

¿De dónde surgió la idea de esta saga de novelas?

APR: Soy un padre que se dio cuenta de que estamos creando una generación de analfabetos. En España, estamos perdiendo la memoria o manipulándola de una manera infame. Vivimos en un momento en el cual se escamotean los eslabones de nuestra Historia, se ocultan los momentos de ese largo proceso, y se está eliminando todo aquello que nos da unidad y que es vertebrador. En definitiva, nos encontramos sin Historia y sin memoria. El caso es que, al ver por dónde iban los planes de estudios, me di cuenta de que eso no estaba nada bien. De hecho, cuando veía los manuales de Historia de mi hija, se me caía el alma al suelo, porque allí no había nada… Veinte páginas para hablar de la Transición y una página para hablar del Siglo de Oro… Así nació Alatriste, como un intento para que ella conociese ese mundo, para que leyese y comprobara que Lope o Quevedo pueden ser divertidos. Para que a sus doce, trece años, descubriera el modo en que los cuadros del Museo del Prado reflejan las cosas que aquí pasaban. Para que se diera cuenta de que en España hay una Historia riquísima, a la que han contaminado de estupidez, de fanatismo y de ignorancia ministros de cultura analfabetos y psicólogos que nada tienen que ver con la educación y que han formado las mentes de nuestros hijos.

Con esa certeza, pensé que, por lo menos, no quería que mi hija fuese así. De ahí que la embarcara en el proyecto de la novela. Con ese afán, la hice ir al museo, la hice ir a archivos, a librerías… trabajó conmigo y fue muy divertido trabajar con ella. Luego ella siguió con sus estudios pero al menos conoció y se acercó a ese  mundo histórico. Y es más, ahora le fascina y le encanta.

[Las referencias privadas que incluye Pérez-Reverte en sus obras también afloran en la charla. «Pepe Saramago ‒nos dice‒ me había comentado en una ocasión que deseaba salir como personaje en una de mis novelas. Decidí que uno de los espadachines que Alatriste recluta en la cárcel sevillana fuera un portugués llamado Saramago. Es un valentón que recita a Camoens mientras se bate, y que alquila su espada para pagar la publicación de un poema épico en el cual la península ibérica se separa de Europa y flota en el océano en una balsa de piedra tripulada por ciegos. Es lo que tiene la ficción: que uno puede meter a sus amigos. Como es obvio, yo también estoy ahí… Íñigo tiene mis ilusiones de cuando era niño; el portugués Saramago tiene mi cansancio… Pero yo estoy en todos, no en un personaje concreto».]

APR: El plan de las novelas de Alatriste es el de utilizar sus aventuras como pretexto para pasear, en sus distintos aspectos, por la historia del XVII. El primer libro de la serie, El capitán Alatriste, trataba sobre la política; en el segundo, Limpieza de sangre, hablé sobre la Iglesia y la Inquisición; el tercero, El sol de Breda, tiene como tema Flandes, las guerras de España en el exterior; el cuarto, El oro del rey, se refiere a las riquezas que llegaban de América, al oro de las Indias… Por eso la acción transcurre en Sevilla, en Cádiz. Me iba muy bien que Alatriste viviera esta aventura en Sevilla, que en aquella época era una potencia económica y social, llena asimismo de contrabandistas y de pícaros. Esta vez la misión de Alatriste consiste en recuperar un cargamento de oro que llega de contrabando. Recluta en los bajos fondos a un grupo de espadachines −la chusma, la escoria sevillana−y con ellos se dispone a asaltar el galeón donde viaja la mercancía.

[Cuando publicó Sidi en 2019, la figura del Cid se incorporó a la galería épica de Pérez-Reverte. Una galería que, en cierto modo, se resume en esta frase, tantas veces repetida a propósito de Rodrigo Díaz de Vivar: «¡Qué buen vasallo sería si tuviese buen señor!». En realidad, la admiración por los españoles que eligen el camino justo, poniendo la dignidad o la justicia por encima de la obediencia, está presente en todo el catálogo revertiano. Por ejemplo en la novela-documento Un día de cólera, publicada cuando estábamos a pocos meses del bicentenario del 2 de mayo de 1808.]

APR:. Ese día Madrid se sublevó contra los franceses. No fue, como la historiografía tradicional viene afirmando, un alzamiento masivo y simultáneo de toda la nación. Eso fue después, a partir del 3 de mayo. El 2 de mayo quienes se sublevaron en Madrid fueron las gentes más humildes, haciéndose cargo a tiros y puñaladas de una soberanía nacional que había sido abandonada por sus gobernantes. Así el pueblo dio una lección de dignidad y de decencia. Ese día luchó poca gente. Según los especialistas es dudoso que en aquella ciudad de 160.000 habitantes combatieran ese día –lucharan de verdad, armas en mano– más de tres o cuatro mil personas. La aristocracia, la gente de orden, los altos mandos del Ejercito y la mayor parte de éste se quedaron en casa, mirando. Todo acabó como todos sabemos. Como Goya nos recuerda.

Pero esa jornada, que podía haberse limitado a una insurrección de cuatro o cinco horas, dio lugar después al tres de mayo. Hizo que a partir de ahí una nación entera tomara conciencia de sí misma –de lo que era desde hacía muchos siglos–, y se levantara solidaria –dentro de lo que cabe la palabra solidaria entre españoles– en una guerra nacional indiscutible que cambió la Historia de Europa. Por eso el 2 de mayo es tan importante. Es el detonante del largo, complejo e interesante proceso que vino después, incluida la Constitución de Cádiz de 1812. Esos carpinteros, mendigos, albañiles, rufianes, manolas y chisperos, españoles de todos los lugares y de las colonias americanas también, que combatieron a pocos metros de aquí merecen ser recordados por muchas razones. Por los 409 de ellos que murieron, por los 160 que quedaron heridos, y sobre todo, por la lección de coraje que dieron mostrando que los españoles estaban por encima de sus gobernantes.

[Otra de las pasiones de Pérez-Reverte es la historia naval española. Por desgracia, nuestro patrimonio sumergido ‒testimonio de esa historia‒ sufre la constante amenaza de los cazatesoros, dispuestos a destruir yacimientos arqueológicos con tal de ganar una fortuna.]

Casos como el de la compañía Odyssey Marine Exploration demuestran que son los cazatesoros internacionales, y no los arqueólogos de nuestro país, quienes se apropian de los pecios de origen hispánico. ¿Qué opina al respecto?

APR: El tema lo conozco bien, porque yo buceé, y pasé mucho tiempo en el mar. De hecho, en mi juventud… no digo que fuese pirata, pero también participé, en una cierta forma, en un pequeño expolio. Yo buceaba con dieciocho años, y en aquellos tiempos en que no había nada de lo que hay ahora. Me refiero a los actuales cazatesoros. Nosotros hacíamos incursiones submarinas, al margen de la legalidad vigente, y vendíamos ánforas. Es un tema que ha estado siempre ahí. Lo que pasa es que en España se puso de manifiesto y tomó carta de actualidad con lo del Odyssey. Pero ha ocurrido siempre. Yo lo resumiría de una forma muy simple. En todo esto, España se diferencia de otros países, donde dicen: ‘Bueno, hay patrimonio arqueológico, trabaje usted, búsquelo, el Estado lo apoya, vamos al cincuenta por ciento, y tan contentos’.

En España, el Estado ni come ni deja comer… El Estado no hace nada ni deja hacer. De hecho, este asunto ha estado bloqueado mucho tiempo. Hay un vacío legal, y se da una corrupción en todos los niveles administrativos. Locales, nacionales y de todo tipo. Eso ha hecho posible que intervengan muchos sinvergüenzas, conchavados a veces con quienes también son sinvergüenzas pero son sinvergüenzas oficiales. En España, este tema está descontrolado. Ocurrió hace treinta años y seguirá ocurriendo. Desgraciadamente.

(1) Los testimonios de Arturo Pérez-Reverte aquí reunidos proceden de distintos encuentros míos con el escritor: la rueda de prensa donde presentó El oro del rey (Casa de América, octubre de 2000), una charla con periodistas previa al estreno de Alatriste (Hotel Villa Magna, agosto de 2006), otra similar, poco antes de llegar a las pantallas La carta esférica (Casa de Panadería, agosto de 2007) y el acto en el que dio a conocer la exposición basada en su libro Un día de cólera (abril de 2008).

Imágenes: Arturo Pérez-Reverte, atendiendo a la prensa gráfica en el jardín de la Real Academia Española con motivo de la presentación de su nueva novela «Sidi» (RAE, 18/9/19, CC).

Copyright del artículo © Guzmán Urrero Peña. Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.