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«Montañas, mares y gigantes» (1924), de Alfred Döblin

Hubo un tiempo en el que la ciencia-ficción no estaba confinada a un bien delimitado rincón literario, sino que era un género aún difuso y pendiente de denominación definitiva, en el que los autores entraban y salían a conveniencia, sin prejuicios y sin temor a verse etiquetados en sus carreras. De ello encontramos un buen ejemplo en el alemán Alfred Döblin, miembro de la activa comunidad judía centroeuropea y cuya carrera como escritor (ejerció, además y paralelamente, como médico) tuvo como marco la Primera Guerra Mundial y los turbulentos años de la república de Weimar que precedieron al ascenso del Tercer Reich. En los años previos a la Gran Guerra, militó dentro de la corriente expresionista, desarrollando un estilo dentro de ese movimiento al que él mismo denominó ficción épica : historias que versaban sobre profundos cambios sociales de alcance planetario. Como otros escritores alemanes (Thomas MannBertolt Brecht), Döblin acabó exiliándose a los Estados Unidos tras la ascensión de los nacionalsocialistas al poder en 1933, ante lo que él preveía iba a ser un grave deterioro en el ambiente político, social y cultural. Y aunque la que es considerada su obra maestra –y único éxito de ventas–, Berlin Alexanderplatz (1929), pertenece a la literatura, digamos, general, nosotros lo recordamos aquí por una curiosa obra de ciencia-ficción que merece la pena comentar por su colosal visión, su vanguardista filosofía y su acertada anticipación.

El horizonte temporal del libro de Döblin se mide por cientos de años –concretamente el siglo XXVII– a lo largo de los cuales nos guía el autor describiendo el porvenir de la humanidad. Algunas de las visiones del escritor resultan ciertamente premonitorias: en los primeros años, Europa y América siguen liderando el avance tecnológico del mundo, pero ello no evita la superpoblación ni la toma del poder real por las corporaciones empresariales mientras los habitantes de las grandes urbes dormitan indiferentes sobre el bienestar material en el que viven. Europa, con una tasa de nacimientos en declive, recibe oleada tras oleada de inmigración desde África. Ciencia y tecnología comienzan a distanciarse de la sociedad al tiempo que China, India y Japón constituyen una potencia política en el Extremo Oriente. Resulta cuando menos chocante que lo que en tiempos de Döblin fuera mera fantasía, hoy se lea como historia o como un futurible nada descabellado.

Es más, a medida que Döblin se aleja de su propio tiempo –y del nuestro–, sus elucubraciones, aunque más extrañas, tienen un sabor que nos resulta al menos en parte verosímil… Se suceden flujos y reflujos en los que los Estados caen en la opresión y salen de ella; las masas se rebelan contra las autoridades o gritan exaltadas unciéndose voluntariamente al yugo del nacionalismo; destruyen las máquinas o las elevan a un altar divino; se idiotizan o se movilizan…. La invención de comida sintética convierte en obsoletas las granjas y se produce el consecuente abandono del medio rural y la reedición del éxodo a las ciudades.

El nacionalismo, otra vez, será la chispa de una guerra entre Oriente y Occidente en la que la utilización de tecnologías avanzadas que manipulan las fuerzas primarias de la Naturaleza provoca una destrucción sin precedentes que colapsa la organización política y social planetaria. Los estados desaparecen, las ciudades se cierran sobre sí mismas al tiempo que mengua su población, crece la animadversión por las máquinas, ya sean armas o plantas energéticas. Se reproduce el ciclo feudal, con caudillos tratando de expandir sus dominios y rebeldes que se oponen a su autoridad. Paralelamente, crecen las tensiones entre los que defienden un regreso a la tecnología y aquellos que abogan por el mantenimiento del statu quo primitivista a base de comunidades igualitarias con creencias chamanistas…

La última parte del libro es un aviso cautelar a quienes creen que la tecnología es capaz de sojuzgar la Naturaleza: los líderes políticos deciden hacer de Groenlandia una tierra habitable a la que puedan enviar colonos y continuar sus investigaciones científicas al margen del ambiente hostil hacia la tecnología que impera en el resto del mundo. Para fundir la capa de hielo que cubre la gran isla idean un colosal proyecto de ingeniería planetaria: reactivar los volcanes de Islandia y utilizar para sus fines el magma resultante. Sin embargo, no sólo provocan un cataclismo que devasta esa tierra, sino que los gases que emanan del desastre disparan cambios inesperados en la vida orgánica: aparecen criaturas monstruosas y especies que habían desaparecido de la faz de la Tierra hacía millones de años vuelven a la vida. El contacto con cualquiera de estos seres dispara un desordenado y letal crecimiento orgánico que obliga a los humanos a refugiarse en asentamientos subterráneos. Allí desarrollan armas biológicas que, en ocasiones, se vuelven contra aquellos que tratan de utilizarlas para exterminar la megafauna de la superficie. El final arroja un rayo de esperanza sobre la Humanidad: tras la apocalíptica devastación y el caos, pequeños grupos de colonos comienzan a reconstruir el mundo desde la base de la armonía con la Naturaleza.

La forma en que evolucionó la concepción de esta novela resulta muy reveladora. Pretendiendo narrar una posible historia futura de la humanidad en caso de continuar y desarrollar la civilización tal y como se entendía entonces –civilización capitalista e industrial que, sustancialmente, ha pervivido hasta la fecha sin experimentar cambios relevantes–, Döblin acudió a museos y bibliotecas para documentarse a fondo sobre las diferentes ramas de la ciencia y la tecnología que, a su juicio, jugarían un papel relevante en el devenir de nuestra especie. Sin embargo, su inicial entusiasmo y esperanza en las posibilidades que podía brindar la ciencia, fueron desvaneciéndose conforme avanzaba en la escritura del relato, quedando en último término desplazados por la fascinación del poder de la Naturaleza.

Döblin no era un tecnófobo, pero sí contemplaba con desconfianza –como muchos de sus contemporáneos– las perversiones que podía engendrar el conocimiento científico. No en vano había vivido en primera línea la Guerra Mundial como médico militar, conflicto en el que como nunca antes se aplicó la ciencia al desarrollo de letales tecnologías bélicas. Pero, además, para Döblin, el avance científico no tenía por qué traducirse en una mejora social. Todo lo contrario, puede dar lugar al inmovilismo, la conformidad, la degradación o, aún peor, su utilización con fines bélicos o, sencillamente, destrucción por una aplicación descuidada o ignorante. Montañas, mares y gigantes, por tanto, refleja la filosofía de Döblin según la cual nuestra historia podía expresarse en términos de la turbulenta e inestable relación entre la especie humana, la naturaleza y la tecnología.

Novela experimental en su sintaxis (con escasa utilización de la puntuación o las conjunciones) y estructura (nueve libros separados sin personajes que sirvan de guía o enlace), anticipa los temas y la amplitud temporal por los que transitaría otro gran nombre de la ciencia-ficción, el británico Olaf Stapledon, quien en los años treinta se atrevió a mirar al futuro más lejano imaginable. Montañas, mares y gigantes despertó entre los críticos sentimientos encontrados. Hubo quien resaltó la vigencia temporal de sus conclusiones y las poderosas imágenes que evocaba. Pero para otros, la crónica de un futuro plagado de fanatismos, dictaduras, desastres naturales, retrocesos sociales y tecnológicos, catástrofes y brutalidad, narrada con frialdad en tercera persona y sin expresar juicios de valor sobre tan terribles acontecimientos, no pudo sino despertar repulsión. Quizá por todo ello, tras su primera edición, el libro no volvió a reimprimirse hasta 1977.

Sin embargo, Montañas, mares y gigantes admite una interpretación menos tenebrosa: a pesar de todos sus errores y crueldades, la humanidad consigue utilizar su inteligencia, adaptabilidad y espíritu indomable para sobrevivir y, finalmente, encontrar un orden social igualitario y pacífico. Los miedos y deseos de Döblin, compartidos por millones de personas antes y después de él, no han perdido un ápice de validez.

Copyright del texto © Manuel Rodríguez Yagüe. Sus artículos aparecieron previamente en Un universo de viñetas y en Un universo de ciencia-ficción, y se publican en Cualia.es con permiso del autor. Manuel también colabora en el podcast Los Retronautas. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".