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«La Dama de la Luna» («The Moon Maid», 1926), de Edgar Rice Burroughs

La Dama de la Luna, concebido durante los oscuros años de la Primera Guerra Mundial, es el relato épico de un mundo conquistado por invasores selenitas y de un héroe, Julian, que actúa como campeón de la Tierra en su lucha por la libertad, la paz y la dignidad.

Tres meses antes de que el Tratado de Versalles (28 de junio de 1919) pusiera fin a las hostilidades de la Gran Guerra, Edgar Rice Burroughs comenzó a trabajar en una historia con el título provisional de Bajo bandera roja . En el transcurso de los años bélicos y con el marco de la guerra incorporado a su ficción, el escritor había publicado El continente perdido (1916) o La tierra olvidada por el tiempo (1918). Sin embargo, fue un acontecimiento paralelo al conflicto pero relacionado con el mismo lo que llamó la atención de Burroughs de forma especial. Durante 1917, en una Rusia desangrada por la guerra y desestabilizada por conflictos sociales y políticos, los bolcheviques forzaron una serie de acontecimientos que les llevarían al poder en el mes de octubre.

La pérdida de libertad en Rusia y la instauración en el país de una tiranía en el supuesto nombre del pueblo, preocupó mucho a Burroughs, que quiso denunciar la situación en Bajo bandera roja . Sin embargo, en esta ocasión la historia no contó con la bendición de sus editores habituales. Para entonces la guerra había terminado y ya no estaban interesados en ella. Pensaban que la gente quería olvidar, evadirse de los horrores sufridos tras cuatro años de barbarie. Y le pidieron más Tarzán. Resignado, Burroughs les entregó Tarzán el indomable y Tarzán el terrible aunque seguía pensando que Bajo Bandera Roja era una historia que debía ser contada. Y para ello recurrió a un astuto truco: aparcó momentáneamente esa novela –en la que se planteaba un futuro poco halagüeño dominado por un gobierno comunista– para centrarse en una especie de precuela de la misma más del gusto de los editores. Así, comenzó lo que sería La Dama de la Luna en 1922, una fantasía en la que además de mezclar aventura y especulación científica, establecía una conexión con sus historias marcianas de John Carter.

El Barsoom, una astronave en misión exploratoria a Marte, se estrella en la Luna a causa de la embriaguez de un miembro de la tripulación. Los expedicionarios son capturados por los Va-gas, seres equinos con rostro animal. Más tarde, encuentran a los más humanoides No-vans y, entre ellos, a la hermosa dama que no podía faltar en ninguna historia de Burroughs, Nah-ee-lah, la Dama de la Luna del título. Los seguidores de este espacio ya habrán leído otras reseñas de Burroughs y sabrán lo que viene a continuación: peripecias continuas, huidas, duelos y un clímax en forma de batalla contra los Jemadar antes de que el héroe y su amada escapen a la Tierra.

Esta vez sí, a los editores les encantó lo que leían: viajes espaciales, sociedades alienígenas, luchas y batallas, una historia de amor protagonizada por una pareja perfecta… La Dama de la Luna apareció serializada entre mayo y junio de 1923 (la fecha que indico en el título corresponde a su edición en forma de libro) en la revista pulp Argosy All-Story Weekly . Aprovechando su cálida acogida, Burroughs recuperó, ahora sí, Bajo bandera roja y la presentó (modificada y serializada, como la anterior en la misma publicación pulp) como una continuación de La Dama de la Luna titulada Los hombres de la Luna (The Moon Men), en la que el mismo héroe volverá a la vida en los oscuros años del siglo XXII como Julian IX, negándose a prestar obediencia a los invasores selenitas, los Kalkars, un trasunto de bolcheviques.

El truco dio resultado. Mejor incluso de lo esperado. Porque Los hombres de la Luna era una obra con un trasfondo claramente político y eso ya le había supuesto anteriormente a Burroughs algún trastorno de cabeza. Cuando Tarzán el indomable fue publicado en Alemania tras la Primera Guerra Mundial, el público se mostró comprensiblemente hostil a los sentimientos antigermanos –por otra parte propios del periodo bélico– claramente expresados en el libro, hasta el punto de que el agente alemán de Burroughs fue vilipendiado, sus libros retirados, los contratos cancelados y los royalties retenidos. ¿Habría ocurrido algo similar con Bajo bandera roja si se hubiera publicado en Rusia en los años veinte? Posiblemente. En cambio, Los hombres de la Luna y su parodia comunista bajo el decorado de la aventura no sufrió ataques de ningún tipo.

El ciclo se cierra con una tercera novela marcadamente patriótica, El Halcón Rojo (The Red Hawk, 1925), en la que el mismo personaje con otro nombre ligeramente distinto, Julian XX, conocido como el feroz Halcón Rojo, lidera a la humanidad en su batalla definitiva contra los invasores alienígenas/comunistas del siglo XXV.

Burroughs era ideológicamente conservador y no veía con buenos ojos toda aquella medida que limitara la libertad personal y comunitaria, concepto que él asociaba estrechamente con la democracia. Leyes como la de que inauguró la Ley Seca o las regulaciones laborales propiciadas por los sindicatos, no contaban con su aprobación. Aunque sus obras eran pura aventura, no dejaban de contener en un segundo plano comentarios personales sobre la sociedad y la forma de gobierno que él consideraba civilizada . Pero en ninguno de sus libros su intención política fue tan clara e intencionada como en la trilogía de la Luna. Hasta tal punto es así que mientras que en otros libros (Dioses de Marte, por ejemplo, incluido en la saga de Barsoom) había criticado la religión organizada, en esta saga lunar no solo la apoya, sino que hace hincapié en las creencias judeocristianas, la santidad del matrimonio o la fe en Dios. Y todo con la deliberada intención de resaltar el carácter ateo y perverso del comunismo. Burroughs sabía muy bien quién era su público.

La trilogía de la Luna es basta, sosa y escasamente elaborada si la comparamos con otros trabajos del escritor –lo cual no es poco decir–, pero a diferencia de estos últimos, lanza un claro mensaje de advertencia a los políticos y a la sociedad: No nos desarmemos, evitemos a los comunistas y el gobierno autoritario, luchemos contra los dictadores, defendamos el país, el honor y la familia…

Edgar Rice Burroughs fue uno de los más ilustres representantes de la literatura pulp. Sus mundos imaginarios (ya fueran las selvas de Tarzán, los desiertos de Barsoom o el continente subterráneo de Pellucidar) estaban repletos de hombres musculosos y mujeres escasamente vestidas insertos en argumentos escasamente verosímiles de acción trepidante. Su capacidad para cautivar la imaginación de millones de lectores de varias generaciones ha superado su escaso valor literario y para muchos aficionados, reedición tras reedición, las aventuras de los personajes de Burroughs constituyeron la puerta de entrada a la ciencia-ficción. La lectura de su saga de la Luna no debe abordarse como un ejercicio de análisis literario sino como un pequeño viaje en el tiempo con el que poder echar una mirada nostálgica al pasado reciente de nuestra cultura y al futuro que entonces se creyó por llegar.

Un clásico del autor y también del género que merece la pena revisarse, aunque sólo sea como reconocimiento a un escritor sobre cuyos hombros se alzaron otros visionarios con más talento que él.

Copyright del texto © Manuel Rodríguez Yagüe. Sus artículos aparecieron previamente en Un universo de viñetas y en Un universo de ciencia-ficción, y se publican en Cualia.es con permiso del autor. Manuel también colabora en el podcast Los Retronautas. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".