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«El fin del mundo» («Verdens Undergang», 1916), de August Blom

En 1916 entra inesperadamente en la escena de la ciencia-ficción cinematográfica un nuevo país, Dinamarca, al que no tendremos muchas oportunidades más de nombrar en este recorrido por la historia del género.

Parecía adecuado que el tema de esta película, dirigida por August Blom y escrita por Otto Rung, estuviera en sintonía con el deprimente panorama de una Europa sumida en una guerra devastadora.

El director de una mina, West, tiene dos hijas, la rubia Edith y la morena Dina. La primera establece una decente relación con Reymers, mientras que Dina se fuga con el capitalista sin escrúpulos Frank Stoll. Cuando se extiende el rumor de que un cometa se acerca directo a la Tierra, Stoll saca provecho de la situación de pánico especulando en el mercado bursátil.

La víspera del impacto, Stoll reúne a sus amigos para una gran fiesta antes de la catástrofe. El financiero tiene la intención de escapar de la destrucción gracias a un pasadizo secreto que le conducirá a una profunda mina. Sus planes, sin embargo, serán arruinados por enfurecidos obreros que irrumpen en su mansión liderados por un ex-novio despechado de Dina. Los tres mueren, llueve fuego del cielo y los mares inundan los continentes. La Tierra queda arrasada por una catástrofe planetaria de la que solo tres personas sobreviven, Edith, Reymers y un sacerdote. La película finaliza con su milagroso reencuentro en una iglesia.

La primera parte del film –que es, con diferencia, la más larga– es un melodrama doméstico en el que se ataca corrosivamente a los capitalistas sin conciencia, que no dudan en enriquecerse con la desgracia ajena aun cuando al final suponga también su ruina. El personaje de Frank Stoll bien podría representar a muchos de los hombres de negocios de aquel tiempo, que engordaron sus cuentas bancarias gracias a la guerra entonces en marcha. En la ficción, sin embargo, la revancha proletaria se lleva a cabo antes de la aniquilación global. Un consuelo tardío y breve, pero consuelo al fin y al cabo.

En estos primeros años del cine todavía había mucho que aprender desde el punto de vista narrativo, y el espectador actual debe realizar un esfuerzo para tratar de introducirse en una dirección plana, unos personajes sin matices –representan estereotipos más que personas– y un ritmo lento en el que abundan escenas mudas de gente hablando y gesticulando.

El apartado técnico es más destacable, especialmente las escenas del interior de la mina, con una iluminación atmosférica. Los primitivos pero competentes efectos especiales se aplicaron con eficacia en el aterrador cometa (chorros de chispas y nubes de humo), el pueblo minero y las escenas de los desastres naturales.

El film consiguió atraer una gran audiencia gracias a que en las mentes de los espectadores aún estaba reciente el paso del cometa Halley sólo seis años antes. Además, las imágenes de desastres naturales y caos social hallaron un eco en la conciencia colectiva de una población danesa que desde hacía veinte meses vivía asediada por el espectro desolador de la guerra. No era tanto una obra de ficción como una parábola que llamaba a la búsqueda de Dios y al desapego de todo lo terrestre, pues todo lo terrenal, incluidas las personas, tendrá inevitablemente un final.

Copyright del texto © Manuel Rodríguez Yagüe. Sus artículos aparecieron previamente en Un universo de viñetas y en Un universo de ciencia-ficción, y se publican en Cualia.es con permiso del autor. Manuel también colabora en el podcast Los Retronautas. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".