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Umberto Eco lee a Joyce

Joyce ha sido una de las preocupaciones y uno de los espejos de Eco (qué simétrico: un eco en un espejo).

Los textos que Umberto Eco (1932-2016) reunió en «Las poéticas de Joyce» fueron publicados en 1962 y rehechos veinte años después, pero apuntan la inquietud del escritor italiano por la doble faz del arte en nuestro siglo: la vanguardia y el anacronismo. Pocos ejemplos tan densos y calificados como el de Joyce existen para probarlo.

El Joyce de Eco se debate entre una concepción medieval del hombre (parte de un orden cerrado y jerárquico: el sistema de lo real organizado por Dios y puesto a disposición del hombre por medio de la Revelación y la Razón: escolástica) y una concepción contemporánea (mundo abierto y proliferante, fragmentario y lleno de posibilidades múltiples que ponen en cuestión su calidad).

«En Joyce, la elección definitiva no se produce, y su dialéctica nos brinda, más que una mediación, el desarrollo de una polaridad continua y de una tensión nunca aplacada», leemos en página 12 de la edición española. Es decir: entre ambos paradigmas de humanidad y de cosmos hay una agitación dialéctica que busca una síntesis y quizá la encuentre en la epifanía, aquello que es, a un tiempo, manifestación de lo sagrado en el don, y símbolo, es decir elemento en perpetua significancia.

En esta categoría epifánica, tan mentada por Joyce, se encuentran la palabra transparente del realismo con la palabra opaca y densa del simbolismo, el instante como belleza absoluta de los esteticistas y decadentes que fascinaban a Joyce (a contar desde Walter Pater) tanto como Tomás de Aquino y su perfecta suma de las sumas del saber.

Eco estudia largamente la catolicidad de Joyce, dividiendo su vida como católico en un período jesuítico (teología barroca sin Dios, argucia, arte de ingenio, gusto por el razonamiento y el silogismo) y un segundo momento, tomista y neoescolástico.

Joyce es católico en la sumisión y en la blasfemia, como corresponde: en la misa blanca y en la misa negra. Son católicos: su gusto por el inventario que apunta a lo exhaustivo de la razón en el mundo; su preocupación salvífica; su regusto por las liturgias expiatorias; su culto por el placer, el pecado y el perdón; su negación del éxtasis y el goce, sustituidos por el delirio y la visión; su obsesión por el arte como esplendor de la verdad.

Los materiales usados por Eco son varios pero, sobre todo, Ulysses y Finnegan’s Wake. De este último texto sostiene que se trata de un intento delirante y utópico de escribir con el lenguaje, ignorando la dispersión babélica de las lenguas, base de la literatura desde siempre. Eco enjuicia tal libro en la página 152: «Con qué ironía y desapego trata Joyce el material cultural que emplea en su construcción —digamos, también, con qué impresionante aridez acumula cosas con cuya forma se entusiasma, pero en cuya sustancia no cree en absoluto».

¿Qué tarea inadvertida cumplió Joyce, católico ateo, exiliado jubiloso, vanguardista anacrónico? Eco la define como la realización, en el lenguaje, de una de las posibles formas del mundo (de uno de los tantos mundos posibles, cabría agregar, como eco de lo anterior).

Situado en un tema crucial, puesto ante su propia hipóstasis, el escritor italiano, en su buena forma, se muestra en este libro como uno de los mejores críticos literarios de su tiempo, dueño de una cultura que produciría espanto si no estuviera trabada por lazos de ironía y explicada con un lenguaje preciso y agudo que, en ningún momento, pierde de viste su objetivo: hacer literatura con la lectura.

Imagen superior: retrato de Eco usado por MIT Press en las ediciones de su obra.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cualia con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")