Cualia.es

Los infiernos de la depresión

En Mística y depresión: San Juan de la Cruz (1997), el psiquiatra Francisco Javier Álvarez Rodríguez estudia la posibilidad de que la experiencia mística guarde cierta relación con la depresión endógena.

La vida y obra de los grandes místicos cristianos, explica el autor, presenta los rasgos propios de una personalidad melancólica, que es precisamente la personalidad que la antigüedad asocia con el sabio y que los humanistas del Renacimiento establecen como propicia para el contacto con realidades superiores.

Obviamente, son dos planos que conviene distinguir. Hay una diferencia fundamental entre la interpretación que de la melancolía hacen estos autores y la que de la depresión endógena, su alter ego contemporáneo, hace la psiquiatría moderna. En palabras de Álvarez Rodríguez: «La sintomatología de este proceso morboso parece cobrar allí un valor del que carece médicamente, y tal vez quepa extraer alguna enseñanza de ese diferente enfoque. No se trata de hacer un canto generalizado y fácil del sufrimiento de la noche o de la depresión. La travesía del desierto místico no parece cosa de muchos. […] Ahora bien, nos parece importante y necesario resaltar el hecho de que la Mística, a diferencia de la Psiquiatría, consigue darle un sentido al dolor de la noche.»

Y más adelante, añade: «la paradoja tremenda de la que es testigo el psiquiatra con frecuencia: pacientes que por sus convicciones religiosas, no sólo estarían dispuestos a soportar las penas de la “noche oscura”, sino incluso deseosos de pasar por ellas, sin embargo no aceptan la más mínima posibilidad de que los sufrimientos por los que están atravesando en esos momentos de su vida puedan ser etiquetados como una depresión. No quieren ni oír esa palabra.»

El término “depresión” procede de la ciencia del siglo XVIII y resume una visión mecanicista del ser humano, donde el cerebro es una máquina con unos niveles considerados normales a los que conviene ajustarla para su correcto funcionamiento. Cita Álvarez a otro psiquiatra, Juan José López-Ibor Aliño, figura clave de nuestra medicina, quien explica el pensamiento de la época: «El enfermo deprimido sería como una locomotora cuya caldera no alcanza una presión de vapor suficiente.»

El siglo XIX sustituye definitivamente el concepto de melancolía por el de depresión, y a partir de aquí desaparece toda posibilidad de sentido a un estado de ser que, hoy en día, es tratado como lacra social.

La depresión endógena, a diferencia de otras formas pasajeras, tiene su origen en el interior del individuo, ajena al cambio de circunstancias que pudieran ayudar a mejorar el ánimo; es un sufrimiento constante con periodos de mayor y menor intensidad, pero que siempre está presente, pues tiene un contenido moral que es innato al sujeto: junto a la tristeza y la ralentización de las funciones psíquicas que cualquiera puede observar desde fuera, hay un importante contenido moral que es el que va destruyendo poco a poco a la persona: «La tristeza constituye el primer rasgo definidor de la depresión. Ahora bien, casi siempre, más que de una verdadera tristeza se trata de una parálisis de la afectividad que se traduce en una incapacidad para responder afectivamente de forma apropiada a las diversas situaciones ambientales: el enfermo no es capaz de reaccionar con el afecto adecuado a las distintas solicitaciones del ambiente y, así, se queja de no poder entristecerse cuando le comunican la muerte de un ser querido o sufre amargamente por no sentir ya cariño por sus hijos o, más superficialmente, por no ser capaz de disfrutar con lo que antes le entretenía.»

De aquí, de la incapacidad para expresar correctamente las emociones y de la imposibilidad de experimentar gozo por la vida, el individuo se siente culpable frente a quienes le rodean, se infravalora por ello, se aísla y entra en un proceso progresivo de autodestrucción.

Según López-Ibor, «los síntomas que caracterizan mejor el grupo endógeno son la inhibición, la falta de reacción emocional, la gravedad del humor depresivo, la pérdida de interés, el pensamiento delusivo, la cualidad peculiar del estado afectivo, los sentimientos de culpa, el despertar temprano, la dificultad de concentración, el empeoramiento matutino, la incapacidad para llorar y el aislamiento social.»

Este estado psíquico tiene sus consecuencias físicas, la “parálisis de la voluntad”: «el enfermo sabe lo que tiene que hacer pero es totalmente incapaz de ponerlo en práctica, y se culpa de ello. Así, aquejado de un cansancio infinito y de una total pérdida de fuerzas, no es capaz de realizar ya tarea alguna, ni siquiera de atender a sus necesidades más personales de aseo y alimentación, y se abandona en una pasividad total que vive con intensa culpa.»

En su grado máximo, se habla de “estupor melancólico”: el enfermo ya no habla, no se mueve y renuncia a la comida.

El proceso pasa por la ralentización del tiempo interno hasta que se tiene la sensación de que se ha detenido por completo; se entra así en una especie de eterno presente, donde el futuro ya no existe y, por ello, no hay posibilidad de idear planes. Según el testimonio de un paciente citado en el libro: «Ya no siento el paso de un día a otro. No tengo la impresión de despertarme por la mañana. […] La única sensación que siento por la mañana son los ruidos escuchados la víspera; en consecuencia me encuentro en el mismo plano; siento la angustia de un día idéntico delante de mí. Antes, al despertar, tenía enseguida la imagen del día que iba a comenzar, de lo que iba a hacer durante ese día. Ahora ya no tengo esa imagen, no siento que me despierto. Desde la mañana, cuando me despierto, mi concepción es la de reiniciación de lo eterno.»

El sufrimiento se hace, por tanto, “eterno”. La única manera que se concibe para salir de semejante estado sin futuro es la muerte. Según los datos manejados por Álvarez Rodríguez, el número de suicidios entre los melancólicos es “nada menos que unas trescientas veces mayor que en la población general”.

En su libro Esa visible oscuridad, el escritor William Styron narra su depresión como un proceso análogo al viaje descrito en la Divina Comedia, cuyos primeros versos describen la crisis inesperada:

«En medio del camino de nuestra vida
me encontré en un obscuro bosque,
ya que la vía recta estaba perdida.

¡Ah que decir, cuán difícil era y es
este bosque salvaje, áspero y fuerte,
que al pensarlo renueva el pavor.

Tan amargo, que poco lo es más la muerte:
pero por tratar del bien que allí encontré,
diré de las otras cosas que allí he visto.»

En su intento por salir de la selva, subiendo la ladera de un monte en cuya cumbre se ven los rayos del sol, el poeta se ve obligado a dejar su camino, que es obstruido por las fieras, y adentrarse en el infierno de la mano del fantasma de Virgilio, que acude en su ayuda. En las profundidades que tanto inquietan es donde adquirirá la sabiduría para salir del abismo y llegar finalmente a la cima.

Lo que valía para una época no lo es para otra, y hoy la incomprensión hace más insoportable el sufrimiento del melancólico. Escribe Styron: «Al oír que la perturbación psíquica de alguien se ha convertido en tormenta –una auténtica tempestad rugiente en el cerebro, que es de hecho a lo que la depresión clínica se parece más que a ninguna otra cosa— hasta el profano desconocedor del mal mostraría compasión, en vez de la reacción típica que la depresión suscita, cosas como “Bueno, ¿y qué?” o “Ya saldrás de ella” o “Todos tenemos días malos”.

Frente al suicidio, que es lo que surge cuando el camino está obstruido y no aparece la ayuda para encontrar una ruta alternativa, la ignorancia y la incapacidad para la empatía, surgen inevitablemente no sólo los comentarios, sino los pensamientos inconscientes en relación a la cobardía, la debilidad, o incluso el valor entre quienes ven la vida desde una postura rebelde, pero ninguna de tales palabras tiene que ver con lo que ocurre en la mente del melancólico en sus momentos finales. Los estigmas son el recurso torpe y desesperado de una sociedad que no sabe enfrentar los asuntos más esenciales de la existencia.

«La tortura de la depresión grave es totalmente inimaginable para quienes no la hayan sufrido, y en muchos casos mata porque la angustia que produce no puede soportarse un momento más […] la mayor parte de los afectados sobrevive a la depresión, lo que quizá constituya su único aspecto benigno; mas para la trágica legión de quienes se sienten impulsados a quitarse la vida no debe formularse mayor reproche que para las víctimas del cáncer terminal.»

Hay un sentimiento básico en la melancolía: la pérdida. La pérdida de las condiciones materiales que, cuando la fase es suave, parecen un refugio frente a la “tempestad rugiente”, pero que nada pueden cuando el ciclo se torna intenso; ello incluye trabajo, familia, amigos, entretenimientos, etc.

El dolor insoportable que nace del antes mencionado eterno presente, sin posibilidad de adivinar la existencia de un futuro, es también la clave para Styron: «En la depresión, esta fe en el rescate, en el final restablecimiento, falta por completo. El sufrimiento es inconmovible, y lo que hace intolerable la situación es saber de antemano que no llegará ningún remedio: ni en un día, una hora, un mes o un minuto. Si se da una ligera mitigación, sabe uno que es sólo temporal; le seguirá el tormento. […] no cabe, como en los asuntos normales, cambiarse de una situación enojosa a otra que lo sea menos –o de la incomodidad a una comodidad relativa, o del aburrimiento a la actividad—sino moverse de tortura en tortura.»

Y ello se ve agravado, más si cabe, por la actitud social: «En casi toda otra enfermedad grave, un paciente que experimenta devastación análoga estará bien acostado en la cama […] en una postura de reposo y en un marco de aislamiento. Sin embargo, el que padece depresión no tiene opción alguna de este género, y por lo tanto, al igual que un herido de guerra obligado a caminar por su pie, se ve empujado a las más intolerables situaciones familiares y sociales. En ellas, pese a la angustia que le devora el cerebro, tiene que poner una cara que no desdiga mucho de lo que se considera concorde con los acontecimientos y actos de sociedad ordinarios. Tiene que procurar dar conversación a la gente, y contestar preguntas, y asentir con la cabeza o fruncir el ceño en los momentos pertinentes, y, Dios le valga, hasta sonreír. Pero ya es un suplicio intentar pronunciar unas pocas y simples palabras.»

Styron pudo salir gracias a la paciencia de su mujer que, cual Beatriz que ordena a Virgilio acudir en ayuda de su amado, veló por él en su descenso a los infiernos. Los artistas siempre canalizaron su melancolía en la expresión estética, que en el verdadero arte incluye un compromiso moral, una acción guiada por un sentido profundo que ayuda a la mente a salir del atolladero; los místicos, como sugiere Álvarez Rodríguez, se sumergen en su infierno particular con sentido y, por tanto, con señales que indican su salida.

El mundo contemporáneo desprecia el valor terapéutico del sentido en tanto que lo ignora. Aguarda en la selva, con juguetes improvisados, a que las fieras del camino desaparezcan. Como si sólo fuese un sueño.

Copyright del artículo © Rafael García del Valle. Reservados todos los derechos.

Rafael García del Valle

Rafael García del Valle es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca. En sus artículos, nos ofrece el resultado de una tarea apasionante: investigar, al amparo de la literatura científica, los misterios de la inteligencia y del universo.