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«Yellowstone» (2018), de Taylor Sheridan y John Linson

Me podría pasar horas mirando a Kevin Costner sentado en el prado mirando la hierba crecer.

Es de los animales más bellos de Hollywood. Me conozco todos sus tics de memoria: sus miradas tasadoras y sus miradas perdidas, sus repentinos accesos de risa irónica, sus sorbidos de nariz para apuntalar su presencia escénica.

Ahora produce y protagoniza Yellowstone, proyecto que se vendió como un western moderno, pero que en realidad no pasa de folletín adulto, un Falcon Crest del siglo XXI, con él ejerciendo de Angelo Channing. Y me pregunto si no es mejor así.

Lo que sucede es que detrás del tinglado está Taylor Sheridan, un guionista excelente, responsable de los libretos de la magnífica saga Sicario, así como del recio neowestern Hell High or Water o el más ñoño Wind River. Sheridan posee un talento nato para reescribir el Oeste moderno desde dentro, y se propone como el relevo legítimo de pongamos un Jim Harrison, algo más manipulador pero no por ello menos fascinante.

De hecho, viendo qué mazacote de guion ha ganado este año el Oscar, él ya debería haberse llevado tres por méritos reales. Su habilidad para pasearnos por infiernos conradianos y sus recursos para trufar las tramas de acciones crueles y que parecen definitivas se dirían inacabables. Esto último lo demuestra con creces en esta serie que escribe casi íntegramente y dirige al completo en su primera temporada. Para quitarse el Stetson.

Y la cosa empieza con fuste, hasta que a medio camino te das cuenta de que no, de que Yellowstone no es una serie posmoderna con concepto, sino lo de toda la vida: un serial de héroes malvados y villanos peores. Falcon Crest con pedigrí. O sea, de cuando las series se dosificaban a capítulo por semana para hacernos olvidar la acumulación inverosímil de desgracias, que aquí abundan: personajes bienintencionados que cargan accidentalmente con (¡varios!) crímenes a cuestas, niños a los que les ataca una serpiente de cascabel o que se caen a los rápidos de un río (¡y aquí es el mismo niño!), percances absurdos como un puñetazo perdido por separar una riña de críos que acaba con la intercesora adulta en coma, cánceres de saldo que se curan con una frase de guion cuando la renovación de temporada lo requiere… Yellowstone no elude los clichés de la soap opera y eso me parece genial, por más que Sheridan, para convencerse de que en realidad está redefiniendo el Oeste crepuscular (cosa que de algún modo sí logra desde la pantalla grande), incluya el tema principal de Sin perdón en uno de los capítulos.

El problema real de Yellowstone es que la premisa peca de improbable hasta para un serial: vale que esta familia de ganaderos puedan controlar con sus tejemanejes ilegales su región de Montana, lo cual sin duda implicaría chanchullos, sobornos y algún que otro crimen para encubrir tamaño imperio de abusos; pero de ahí a transformarles en poco menos que una secta demente donde se marca a fuego a sus vaqueros como rito de fidelidad y se mata a los que simplemente se despiden, va un mundo. No me creo a este clan de asesinos gratuitos, ni siquiera en clave pulp. Todos sus actos habituales corresponden a los de una familia mafiosa de las de toda la vida, pero intuyo que Sheridan necesita hacernos creer que esa faceta delictiva oculta algo más, mucho más tenebroso. Con la primera temporada no consigue probar tal aspiración, desde luego. Y por lo que veo, en la segunda ya cede el testigo de la dirección y echa mano de colaboradores guionistas, así que dudo que haya en el futuro de Yellowstone un plan maestro más allá de la inercia provocada por su éxito.

El recorrido en sí, que es lo que hay que disfrutar en un folletín, resulta divertido, con varias brillanteces puntuales. Los accidentes que causan las calamidades telenoveleras parten por lo general de situaciones sumamente originales y su creador nos convence fácilmente de que sabe de lo que habla. Y el reparto es maravilloso: secundando a Costner, tenemos nada menos que a la británica Kelly Reilly (a fin de cuentas, ¡sí sobrevivió al Eden Lake!) mostrándose decadente, grosera y carnal como una Ava Gardner pelirroja; a Cole Hauser vendiéndonos un Jon Snow del Oeste: su oronda silueta cowboy se revela una mezcla muy pertinente de Ben Johnson y el mismísimo Milius; y haciendo de «bueno» odioso, el gran Wes Bentley, inolvidable compañero traicionero de Heath Ledger en Las cuatro plumas (mi filme favorito de la fallecida estrella), y que se halla a sus anchas encarnando al casi único personaje liberal de todo el elenco. Danny Huston como impotente rival del patriarca también está muy gracioso.

Sí le echo en falta a Yellowstone una mayor ironía y menos heterosexualidad granítica en su discurso reiterado de masculinidad y gangsterismo. Le falta la salsa Spelling que condimenta a la perfección un serial glamouroso, para resituar ese planteamiento de criminales que se hacen querer y ciudadanos decentes que se hacen odiar a la distancia de frivolidad precisa, así se desarrolle en la Norteamérica profunda. Sin embargo, humor negro sí derrocha, sobre todo cuando introduce personajes urbanitas que defienden un «planeta amigable» y Sheridan se regodea malicioso en hacer que el planeta no sea tan amigable con ellos: de un plumazo mata a unos turistas japoneses que promueven una visión conservacionista del mundo, al soltarles a la carrera un oso pardo furioso.

Yellowstone se ha concebido sobre todo para espectadores rurales que se ríen con las torpezas de los citadinos, y en eso basa, imagino, su mayor baza, la que le proporciona un índice de aceptación tan alto en IMDB.

Eso y que al menos en Yellowstone los animales son animales, no bicharracos inexistentes generados por ordenador…

Pero el rey de todos los animales de esta serie es Kevin Costner. Un auténtico rey león. Aunque haga más de cabrón que de felino.

Copyright del artículo © Hernán Migoya. Reservados todos los derechos.

Copyright de imágenes y sinopsis © Linson Entertainment, Paramount Network. Reservados todos los derechos.

Hernán Migoya

Hernán Migoya

Hernán Migoya es novelista, guionista de cómics, periodista y director de cine. Posee una de las carreras más originales y corrosivas del panorama artístico español. Ha obtenido el Premio al Mejor Guión del Salón Internacional del Cómic de Barcelona, y su obra ha sido editada en Estados Unidos, Francia y Alemania. Asimismo, ha colaborado con numerosos medios de la prensa española, como "El Mundo", "Rock de Lux", "Primera Línea", etc. Vive autoexiliado en Perú.
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