Voltaire, un reconocible pensador ilustrado y, como tal, crítico de las religiones, fue también novelista y dramaturgo. Una de sus piezas teatrales es Mahomet que, más allá de las apariencias, trasluce la gran admiración volteriana por Mahoma.
El escritor celebraba que el profeta hubiera acabado con las idolatrías politeístas de su tiempo en favor de un Dios único, capaz de merecer la adoración de todos los seres humanos.
Siglos después, un médico de Viena, religiosamente descreído pero muy interesado por la sostenida cualidad religiosa de los humanos –me estoy refiriendo, desde luego, a Sigmund Freud– reiteró su aprobación al monoteísmo.
El inventor del psicoanálisis juzgaba a las religiones como ilusorias pero no erróneas. En efecto, la religión no postula verdades certificables como las ciencias positivas pero manifiesta deseos inconscientes comunes a todos nosotros. Por eso también consideraba, si se quiere higiénicamente, al monoteísmo como una clave de la tolerancia y la convivencia universales.
Si todas las religiones organizadas coincidieran en una sola divinidad suprema, cabría pensar que, manteniendo las diferencias culturales y rituales de cada una, todas coincidirían en una sola divinidad común a todas ellas. Voltaire y Freud propiciaron la tolerancia, la concordia entre razón y fe. Su Dios es mi Dios y también es tu Dios porque es el único Dios de todos. Entonces: coincidimos en lo esencial y conservamos lo demás.
Guerras de religión
La historia no ha suscripto hasta ahora esta templada ilustración que lleva algo de luz a las tinieblas de la intemperancia. En buena medida, la historia humana es una serie de guerras de religión, unas religiones hostiles a las otras, a veces manifiestas y otras, disimuladas en providencialismos, racismos, nacionalismos, imperialismos y variadas hierbas tóxicas. Bueno, sigamos fumando kif.
El nudo patético del asunto lo mantenemos en el llamado Cercano Oriente que si bien está claro como oriental, nunca sabemos bien si está más o menos cercano de dónde y tampoco lejano de dónde. Esas tierras, a menudo adjetivadas de santas, son la cuna de nuestros monoteísmos semíticos, los judíos, los cristianos y los musulmanes. Si todos admiten y celebran al mismo Dios ¿por qué no se dedican a sus cultos y terminan de matarse como si fueran idólatras inconciliables?
Acaso Dios va tardando en llegar a tierra y poner las cosas en su sitio, porque si alguien sabe cuál es el sitio de cada cosa, seguramente es Él. Dice el adagio popular que evita bajar porque si lo viéramos todos los días acabaríamos por faltarle el respeto.
Una respuesta más mascullada tal vez fuera la que observase que si bien los monoteístas convergen en la aceptación del Único, no admiten su copropiedad. Dios todavía sigue siendo un tema de derecho civil. Sí, dicen las diversas secciones, es uno solo pero es el mío y prohíbo a esos diosecillos de alrededor porque resultan ser falsos.
En verdad, como en el cuento de los teólogos de Borges, a Dios estas divergencias le interesan poco y nada pero a los humanos sí nos importan y para dilucidarlas hacemos las guerras, con gran beneplácito de los industriales del instrumentario correspondiente.
Seguimos viviendo, muriendo, sobreviviendo y matando por la propiedad privada de Dios, privada para quienes no son como nosotros. Nos falta mucho todavía para saber, de verdad y profundamente, quiénes somos nosotros.
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