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Pinacoteca canora (XVI): Daniil Shtoda

Al filo del cambio de centuria, Thomas Hampson grabó para la EMI un disco dedicado a Verdi, dirigido por Richard Armstrong al frente de la orquesta The Age of Enlightenment. Hampson interpretaba a Giorgio Germont, del que canta su famosa aria y su menos atendida cabaletta (durante años ausente en representaciones y registros discográficos pretendidamente al completo), y se escuchó como Alfredo a un joven tenor que no pasó desapercibido para atentos oyentes. Tenía entonces 22 años y se llamaba Daniil Shtoda.

Ruso, se había formado en la Academia del Teatro Mariinsky de San Petersburgo y de inmediato a esta fugaz aparición discográfica despegaría su carrera, merced a esos trampolines facilitados a veces para ello como son los concursos de canto. Obtuvo premio en el Operalia de Domingo en la edición de Los Angeles de 2000. Año en que la misma EMI incluyo al cantante en una publicación puesta al día de The Records of Singers (que en varios volúmenes suma testimonios sonoros desde los inicios del sistema) donde Shtoda interpreta con modales muy adecuados y una voz de enorme atractivo la Serenade de Rimsky-Korsakov. Algo insólito para un cantante sin apenas currículo y coincidente con el hecho de haber sido galardonado en el certamen canoro que lleva el nombre de ese compositor y que con sede en San Petersburgo.

La primera década del siglo actual supo del ascenso profesional de Shtoda tanto como intérprete de repertorio patrio (especialmente destacado como el Lensky chaikovsquiano) como del italiano (destacadísimo Fenton verdiano). El Liceo barcelonés le vio y escuchó en el Hamlet de Thomas como Laertes al lado de Simon Keenlyside y Natalie Dessay en 2003 (publicado en imágenes por la EMI), el mismo año en que fue Beppe de Pagliacci en Covent Garden junto a Plácido Domingo y Angela Gheorghiu.

Ese 2003 fue el momento en que Delos le ofreció el registro de un recital con un programa enteramente ruso, captado en el Conservatorio de Moscú y con la Filarmonía de Rusia (y el Spiritual Revival Choir de Lev Kontorivich) con la dirección habitual en este sello del siempre excelente profesional que es Constantine Orbelian. La batuta acompaña con mimo al solista y, además, hace sonar la orquesta con todo el colorido que a menudo acompaña las páginas, muy evidente y nunca en detrimento del solista en las obras del recital, especialmente las de Rimsky y Chaikovsky.

Con 26 años Shtoda grabó este disfrutable disco con páginas bien conocidas junto a otras menos frecuentadas ofreciendo con ello un añadido interés al registro.

De La noche de mayo de Rimsky-Korsakov, estrenada en San Petersburgo el 9 de enero de 1880 (contemporánea pues con la segunda versión de Khovantchina de Mussorgsky y la olvidada El mercader de Moscú de Rubistein) incluye las tres páginas de Levko. Las tres muy bellas y proclives al canto y la tercera (una canción con coro) con un recitativo que precisa empuje y expresividad.

Lekvo es una entidad amorosa que compite con su propio padre por el amor de Ganna. Se trata de una historia cómico-mágica, muy rusa, basada en el texto homónimo de Gogol, que antes y después de Rimsky inspiraría a otros colegas coterráneos aunque es la suya la única `partitura sobreviviente

Como ya se ha indicado, Shtoda ganó el premio que lleva el nombre de este compositor y puede que con estos fragmentos (y otros que llegan a continuación) le realice una especie de merecido agradecimiento. El tenor da a Levko el colorido y el lirismo adecuados, juvenil, animoso y seguro de sí mismo en ese triple reflejo de su personalidad y anhelos, momentos que se evidencian muy convenientes a su vocalidad. Su bonita voz, la expansiva fluidez de su canto y la indudable animosidad de su juventud son las cualidades que hacen de estos tres momentos, antes ya conocidos en boca del inquieto e imaginativo Nicolai Gedda, una genuina y conveniente exposición.

Levko de Shtoda es una parte especialmente disfrutable del disco, sobre todo en la larga escena del acto III con el coro de ondinas. Se puede añadir que ofrece el contrapunto ideal para su rival paterno, normalmente distribuido a otro tenor pero de carácter spinto.

Hay otras tres obras de Rimsky en programa, el compositor más atendido en el disco por encima del siguiente que es Chaikovsky. De La doncella de nieve (Snegúrochka) figuran los dos momentos pertenecientes al zar Berendey, una canción (otra, hay muchas más en el cedé) y una cavatina. Típicamente rusas ambas, una por la animosidad del canto de sabor popular; otra por la asociada melancolía que suele caracterizar a los eslavos. Shtoda da a las dos su contenido y contrastes. Son, de nuevo, páginas de enorme belleza, seleccionadas sin duda por ello, como para asegurar que en el repertorio ruso hay tan ricas melodías como en el italiano o francés.

Shtoda continúa su filiación rimskikorsakiana con La novia del zar. Likov es el joven enamorado de Marfa, una pasión correspondida que no tendrá dichoso desenlace, ya que la joven es elegida esposa por el zar, nada menos que Iván el Terrible (sólo citado, no aparece como personaje). Rimsky escribió para el tenor un arioso y añadió posteriormente a su estreno moscovita de 1899 un aria. Ambas son cantadas por Shtoda que se mueve con pasmosa comodidad por el registro central, con algunos ascensos al agudo reservados para el aria.

Si se habla de Rimsky y de sus tenores es inevitable considerar la canción hindú de Sadko y hela aquí en la encantadora casi susurrada y elegante lectura de Shtoda, capaz de no achicarse ante las de otros colegas pasados o coetáneos. Recordemos que entre los primeros estuvieron Miguel Fleta, Gigli, Kraus, tan ajenos a este repertorio.

Como este invitado exótico y sin afán de realizar una boutade, Shtoda por su delicadeza y frescura puede evocarnos la figura de aquel actor de la niñez de muchos veteranos, Sabú, inolvidable intérprete de Revuelta en la India y El libro de la selva. Evocación física inesperada o caprichosa pero en cierta medida involuntaria y comprensible.

Un protegido por Rimsky fue Aleksandr Grechaninov, dos décadas menor y que le sobrevivió casi cinco pues murió nonagenario en 1956. La primera de sus cinco óperas, Dobrinya Nikitich (o El terrible castillo), estrenada en 1901, se distingue por su aliento tardoromántico y un lirismo arrebatador pese a su argumento épico. Grechaninov fue autor de numerosas canciones que interesaron a menudo a voces patrias (Sergey Larin) o de otras nacionalidades (Kim Borg, Evelyn Lear, Thomas Stewart). Su Nana fue grabada en 1929 por un impensable, que de nuevo reaparece aquí, Miguel Fleta.

En el aria de Alesha de Dobrinya Nikitich, es digno de destacarse la manera en que Shtoda da terciopelo a su voz antes de, a medida que se desarrolla su contenido, aumenta la disposición comunicativa.

En este pequeño recorrido de Shtoda por la operística rusa, si no aparece el considerado padre de la misma (Mikhail Glinka) sí lo hace uo de sus más representativos miembros: Alexander Borodin. Con el recitativo y la cavatina de Vladimir de su única obra El príncipe Igor. Normalmente el hijo del protagonista titular es distribuido a voces más pesadas que la de Shtoda y es preceptivo recordar a Gegam Grigorian en su grabación completa con Valery Gergiev como un modelo reciente a admirar. Como se trata de una situación reflexiva de índole sentimental, el joven cantante encuentra en ella motivos suficientes para destacar su contenido.

Chaikovsky está representado por tres obras, una cómica (Cherevichki / Los botines de la zarina), otra trágica (Eugenio Oneguin) y con la que puso fin a su carera teatral (Iolanta). De las tres páginas, Shtoda destaca y es inevitable dada su adelantada ya afección por el papel en la hermosa aria de Lensky a la que acierta dotar de la nostalgia y premonitoria atmósfera letal que la distingue. Del mismo Lensky suma su agitado arioso (donde colabora como la coqueta Olga la mezzo Elena Tsvetkova), dando oportunidad al intérprete para reflejar un temperamento nada desdeñable.

De Raffaello de Anton Stepanovitch Arensky, un compositor nacido en 1861 y muerto en 1906, siete meses antes de la llegada al mundo de Shostakovith, incluye Shtoda una canción callejera. Segunda ópera del compositor, estrenarse en 1894, es partitura que no está del todo orillada si escribimos que existe una grabación de 2004 con Marina Domashenko en el rol titular, que no es otro que el renacentista Rafael Sanzio. Una supervivencia tardía y aún eficaz de la contralto in travesti que ha dado al género numerosos y atractivos ejemplos en especial con Rossini. Esta breve balada, escuchada por el protagonista a través de la ventana de su estudio, permite al tenor exhibir otra vez la melosidad de su voz con un imprevisto ascenso final al agudo a modo de habitual remate.

Dubrovskny de Eduard Frantchevitz Napravnik vio la luz en 1895, o sea al mismo tiempo que Silvano de Mascagni. Por lo que puede encuadrarse en el recién nacido verismo, pero a la rusa. Shtoda propone la más importante intervención solista del personaje titular atreviéndose a que se le compare con el mítico Ivan Kozlovsky que grabó la página en 1939 y volvió a cantarla en 1954 en un registro completo de tan interesante obra. Página de amplio desarrollo melódico-sentimental que encuentra la adecuada traducción del joven tenor que la rubrica con una oportuna y aterciopelada mezzavoce.

Rachmaninov está representado por la popular en cierta medida romanza del joven gitano en Aleko, que antaño nos había descubierto (de nuevo) Nicolai Gedda y últimamente recordado Piotr Beczala. Por su parte, Dargominsky está presente en la voz de Shtoda por el aria del Príncipe en una Rusalka que nada tiene que ver con la homónima de Dvorák. El juego musical y expresivo sigue mantenido en ellas por el sensible y aplicado Shtoda.

Menos presente que los dos músicos anteriores es Antonio Spadavecchia (1907-1988), pese al nombre inequívocamente italiano, nacido en la ucraniana Odessa, Con su ópera Gadfly (El criticón, 1957) consiguió un merecido éxito y parcialmente nos la recuerda Shtoda con el bellísimo arioso de Arturo. Una melodía acariciante bastante ajena a lo que entonces se componía en ámbitos extra soviéticos y con la que el tenor parece hallarse especialmente dichoso en compartírnosla.

Por deseo personal o colaboración con director musical o sugerencias del productor del disco (Vladimir Koptzov), Shtoda añade a su programa otras obras bastante infrecuentes. Se trata de las arias de Lyonka y el Mercader borracho de Dentro de la tormenta y Madre de Tikhon Khrennikov (1913-2007), contemporáneo de Spadavecchia y compositor afecto al régimen comunista llegando a ser miembro del Consejo Supremo de la Unión Soviética.

De Dentro de la tormenta (finalizada en 1939, estrenada en Moscú en 1952), se escucha la deliciosa nana de Lyonka, permitiendo a Shtoda derrochar de nuevo el encanto de su lirismo y el áureo esmaltado de la voz. En contraste la vivaracha canción que la complementa permite dar salida a su agilidad vocal en página de indudable sabor tradicional, muy bailable para colmo con sus aires de tarantela napolitana. Como dato a tener en cuenta, era tal el fervor (o sujeción) a sus convicciones políticas que Khrennikov incluye en la ópera la presencia como personaje al mismísimo Lenin aunque no cante ni una nota, sólo hable y muy poco.

Con el fragmento de Madre estrenada en Moscú en 1957 y que cuenta con semejante argumento revolucionario a favor de las ideas imperantes, se remata el cedé de Shtoda. Conviene señalar que Nicolai Ghiaurov grabó en 1993 una de las composiciones, Pesnia pyanikh, dada la popularidad disfrutada por Khrennikov, no solo en Rusia ya que, se recuerda, el famoso bajo era búlgaro.

Shtoda finaliza, pues, su recital con estos tres recuerdos a la obra de Khrennikov. No está de más recordar las directrices ya aludidas conformes a la época en la que vivió y trabajó este compositor. Su música es perfectamente tradicional y, al mismo tiempo se acopla así con lo que se pretendió en los inicios del género: el recitar cantando. Mientras en Occidente se componía para que el intérprete recitara más que cantara, Khrennikov y los contemporáneos no se avergonzaban de utilizar fluidas y deliciosas líneas melódicas.

Shtoda aprovecha estas oportunidades que le ofrece Khrennikov para dar nuevos ejemplos de su juvenil talento y posibilidades, con algún que otro algo complicado ascenso al agudo (la voz pierde a veces redondez o uniformidad con el resto de la gama), una pequeña mácula ya presente en otros cortes del recital.

De los tres fragmentos de Madre a destacar la canción del mercader borracho porque sitúan al compositor muy cercano al Rimsky-Korsakov en su etapa creativa inicial. Con lo cual Shtoda da a su disco una inesperada o quizás deseada unidad.

Aunque últimamente se le ha perdido algo la pista, Shtoda ha cantado ya en escenarios de primer nivel, como punta de lanza el Metropolitan neoyorkina y Bastille y Chatelet parisinos. En otras ciudades francesas se ha exhibido a menudo en Toulouse, donde parece ser muy apreciado interpretando, entre otras, Bodas en un monasterio de Prokofiev (parte de Antonio), que parece privilegiar.

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Fernando Fraga

Fernando Fraga

Es uno de los estudiosos de la ópera más destacados de nuestro país. Desde 1980 se dedica al mundo de la música como crítico y conferenciante.
Tres años después comenzó a colaborar en Radio Clásica de Radio Nacional de España. Sus críticas y artículos aparecen habitualmente en la revista "Scherzo".
Asimismo, es colaborador de otras publicaciones culturales, como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Crítica de Arte", "Ópera Actual", "Ritmo" y "Revista de Occidente". Junto a Blas Matamoro, ha escrito los libros "Vivir la ópera" (1994), "La ópera" (1995), "Morir para la ópera" (1996) y "Plácido Domingo: historia de una voz" (1996). Es autor de las monografías "Rossini" (1998), "Verdi" (2000), "Simplemente divas" (2014) y "Maria Callas. El adiós a la diva" (2017). En colaboración con Enrique Pérez Adrián escribió "Los mejores discos de ópera" (2001) y "Verdi y Wagner. Sus mejores grabaciones en DVD y CD" (2013).