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«Los oscuros años luz» (1964), de Brian Aldiss

¿Qué es la inteligencia? Según el diccionario es la capacidad de entender y/o resolver problemas. No debería ser difícil de reconocer, pero admitamos que esa definición es un tanto vaga. ¿Qué significa exactamente entender ? ¿Y de qué tipo de problemas estamos hablando? ¿Encender un fuego? ¿Manejar una herramienta? ¿Resolver una suma? ¿Un dilema emocional? ¿Todo ello a la vez? ¿No hay también algunos animales superiores capaces de entender y resolver problemas sencillos? Nuestro enfoque de la cuestión está profundamente condicionado por nuestra visión antropocéntrica. No tenemos la culpa de creernos el centro del Universo, la medida de todas las cosas. Al fin y al cabo somos la única forma de vida inteligente que conocemos. Pero, ¿qué pasaría si en futuras exploraciones encontráramos otra forma de vida? Y si esos seres provinieran de un entorno completamente diferente, con desafíos, necesidades y soluciones extrañas para nosotros y que se comunicaran mediante un lenguaje tan ajeno a lo humano que fuéramos incapaces de reconocerlo como tal, ¿los podríamos identificar como inteligentes? Esa es la interesante propuesta que Brian Aldiss nos hace en este libro.

Una nave militar llega a un planeta deshabitado con el fin de estudiarlo para su próxima colonización. Allí encuentran unos grandes y malolientes seres a los que toman por animales, masacrando a la mayoría y dejando sólo dos con vida. El científico de la misión, el Explorador Jefe Bruce Ainson, se enfrenta al escéptico comandante de la expedición en favor de los alienígenas, convencido de que han encontrado una forma de vida inteligente.

El hallazgo de una nave espacial de peculiar diseño les convence de que no son criaturas nativas del planeta, sino que proceden de otro lugar, aunque aún no saben si los constructores y pilotos del ingenio eran las mismas criaturas que acaban de matar. Deciden llevárselos a la Tierra para estudiarlos, despertando al comienzo una gran expectación. Su indiferencia ante los esfuerzos por comunicarse con ellos desata una encendida polémica sobre su supuesta inteligencia. Pero lo que los terrestres no saben, ni siquiera sospechan, es que los dos Utods –así se autodenominan los alienígenas– simplemente les ignoran. Es más, consideran que la masacre de sus congéneres ha sido satisfactoria, un paso adecuado en sus ciclos vitales, y se muestran ligeramente molestos porque ellos no hayan podido seguirles. Entretanto, los confundidos humanos preparan una misión para encontrar el planeta de origen de los Utods.

El tema de la comunicación, del lenguaje, siempre ha jugado un papel importante en las obras de Aldiss. Por ejemplo, uno de los relatos cortos, Confluencia incluido en una de sus compilaciones, era un sorprendente diccionario alienígena–terrícola, en el que demostraba magistralmente que el problema de la comunicación no reside sólo en los sonidos, los gestos, el vocabulario o la gramática, sino en los conceptos que se esconden tras los mismos. Después de todo, aunque no entendamos el finlandés o el mongol, todos sus hablantes son humanos, rodeados por un entorno similar, acosados por las mismas necesidades e iguales sentimientos primarios. Nuestros conceptos de referencia, tanto interiores como exteriores, son los mismos. Pero un ser con una biología completamente diferente, procedente de un planeta muy distinto de la Tierra, desarrollaría un mundo interior que difícilmente podríamos comprender, ya que carecemos de sus experiencias. Así, cuando una expedición humana se topa con los Utods en el apartado planeta al que éstos acaban de llegar, no tienen más reacción que atacarlos a tiros: creen equivocadamente que les estaban agrediendo y los toman por simples animales de aspecto particularmente desagradable –una mezcla de hipopótamos y rinocerontes con seis extremidades–. Son incapaces de imaginar el rico universo espiritual de unas criaturas que viven miles de años en un mundo que orbita en torno a tres soles y cuyo sexo cambia de acuerdo a los ciclos orbitales, ciclos que, además, provocan brutales cambios en el ecosistema del planeta a los que sus habitantes deben adaptarse periódicamente.

Por su parte, los Utods no pueden distinguir cuál es la forma de vida que contemplan: si la nave de la que descienden lo que podrían ser unos peculiares apéndices bípedos o los apéndices en sí (los hombres). Para ellos, nuestro lenguaje es tosco y limitado ya que ellos disponen de seis orificios a través de los cuales emiten complejas combinaciones de sonidos en bandas de frecuencias inaudibles para nosotros, lo que todavía complica más nuestra identificación de estos seres como inteligentes.

Pero Aldiss no sólo establece la brecha entre alienígenas y humanos en base al lenguaje. Los Utods están en muchos sentidos más avanzados espiritual, filosófica y materialmente que nosotros, pero su aspecto y sus costumbres son tan diferentes a los nuestros, tan opuestas a lo que entendemos por civilizado, que no los reconocemos como tales. Siendo que nuestra civilización está construida sobre el miedo al dolor físico o espiritual o la acumulación de bienes materiales, somos incapaces de reconocer otra basada en conceptos diferentes, como la proximidad al medio natural o la profunda interrelación personal.

En un giro genial por parte de Aldiss, nos encontramos con que los elementos más importantes de la vida de los Utod, desde la religión hasta la comunicación o las relaciones familiares es la continua y abundante defecación, siendo sus heces un símbolo de fertilidad. Su ritual de santificación, por ejemplo, consiste en excretar masivamente en grupo hasta que se forma una poza en la que se mezclan detritos y barro y en cuyo interior pueden sumergirse plácidamente (se nos dice, eso sí, que tal ritual tiene una justificación biológica: sus excrementos contienen aceites beneficiosos para su piel). Si el hombre mide el grado de civilización como la distancia que nos separa de nuestras propias heces, no es de extrañar que considere a estos seres como bestias.

Mientras tanto, el autor dibuja una Tierra del futuro que nos hace cuestionar la validez de nuestra propia civilización, poniéndola en contraste con la de los pacíficos pero poco higiénicos Utods: las ciudades son lugares sucios y contaminados por los que es necesario circular con máscara de gas, la celebración del Año Mundial de la Gonorrea apunta al deterioro de las costumbres sexuales, las naciones siguen embarcadas en largas y costosas guerras que no conducen a ninguna parte, el rechazo a consumir comida no sintética por considerarla impura es una muestra del aislamiento de la Naturaleza… todo ello nos hace cuestionar la inteligencia de la sociedad que hemos construido y la justicia del trato que se dispensa a los alienígenas

Es cierto, no obstante, que la novela es mucho más interesante en su fondo que en su forma. El lenguaje de Aldiss, como siempre, es impecable, pero los personajes humanos resultan algo planos y el autor se pierde a veces en divagaciones sobre sus vidas personales que aportan poco a la historia o su mensaje. Tampoco se puede decir que exista un protagonista que nos sirva de guía (el papel del explorador jefe, Bruce Ainson, acaba siendo menos relevante de lo que podría pensarse al principio), sino que el foco de atención cambia de uno a otro personaje continuamente, dando al conjunto cierta dispersión. Los personajes, más que construcciones sólidas y diferenciadas, son meros transmisores de las agudas reflexiones del autor, a veces filosóficas y a veces emocionales, sobre aspectos muy profundos que quizá algún día lleguen a plantearse en la realidad: la naturaleza de la inteligencia y la civilización y la relación entre ambas, la relatividad de nuestra perspectiva terrestre, las limitaciones de la mente humana a la hora de comprender el Universo, la perversidad inherente a la combinación de etnocentrismo y militarismo, las convenciones sociales, el objetivo de la ciencia… Y aunque muchos de los pasajes resultan muy divertidos, la cuestión central no lo es: ¿qué significa el concepto civilización ? ¿Quiénes somos nosotros para afirmar nuestra superioridad sobre otros seres simplemente porque somos incapaces de comunicarnos con ellos?

Con esta obra, Aldiss se convirtió en uno de los primeros escritores en acercarse a lo que verdaderamente podría ser el encuentro con una cultura alienígena. Quizá a su poco complaciente veredicto no sea del todo ajeno su condición de súbdito de una nación, la británica, con un largo historial de imperialismo y dominio de culturas y pueblos menos desarrollados técnicamente (comportamiento no exclusivo de ese imperio). Aunque no es una de sus obras maestras, su brevedad y original aproximación hacen recomendable su lectura.

Copyright del texto © Manuel Rodríguez Yagüe. Sus artículos aparecieron previamente en Un universo de viñetas y en Un universo de ciencia-ficción, y se publican en Cualia.es con permiso del autor. Manuel también colabora en el podcast Los Retronautas. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".