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La vida secreta de las palabras: «Sadismo»

Estrenada el 11 de septiembre de 1951, la ópera The Rake’s Progress puede servirnos para introducir la truculenta materia que anunciamos en el título. Con música de Igor Stravinsky y libreto del poeta W. H. Auden, este deslumbrante espectáculo se inspiraba en el ciclo pictórico de William Hogarth, uno de los artistas más sugerentes del siglo XVIII.

Sin duda, los autores de la pieza conseguían abordar en el desarrollo de ésta los últimos límites del comportamiento libertino, concibiendo una peripecia desmesurada en la cual, por cierto, era fácil descubrir ingredientes de un cierto sadismo.

En consonancia con el tono neoclásico de la partitura de Stravinsky, cabría recordar en este caso una vieja definición de dicho comportamiento erótico. La tomamos de José Alemany y Bolufer, quien en su Diccionario de la lengua española (Barcelona, Ramón Sopena, 1917) define sadismo como «lubricidad acompañada de barbarie o crueldad refinada, a la manera como se describe en algunas novelas del marqués de Sade».

Con algún resabio psicoanalítico, el Diccionario de la Real Academia Española (Madrid, Espasa-Calpe, 1956) dice de tal costumbre trastornada que es la «perversión sexual del que provoca su propia excitación cometiendo actos de crueldad en otra persona».

La voz de marras, como ya indicaba Alemany y Bolufer, tiene su origen en el novelista y filósofo francés que, por su dignidad nobiliaria, llamamos marqués de Sade, si bien era su verdadero nombre Alphonse François Donatien. La crítica literaria, por distinguir conceptos, ha acuñado el neologismo sadiano, relativo a la literatura de Sade, aunque los vicios que la decoran en todos sus capítulos y formulaciones merezcan, indudablemente, la consideración de sádicos. Bastará aquí señalar cómo el acento de la crueldad, el determinismo natural y la lujuria recaen sobre títulos como Los 120 días de Sodoma (1785), Justine, o las desventuras de la virtud (1788), Aline y Valcour (1795), La nueva Justine seguida de la historia de Juliette, su hermana (1797) y Los crímenes de amor (1800). No extraña, pues, que el trastorno sexual que se caracteriza por la búsqueda de sufrimiento físico y psicológico haya recibido ese nombre que deriva del viejo Donatien.

Semejante forma de gratificación sexual, por más que nos resulte deplorable y enfermiza, trasciende el episodio psicológico y alcanza la literatura. De ahí que, además de señalar la etimología de esa voz que la designa, debamos tener en cuenta su dimensión libresca.

«Fueron los románticos —escribe Mario Praz—, que aprovecharon las teorías del Divino Marqués, especialmente Baudelaire, quienes fecundaron con injertos psicológicos los refinamientos perversos; y cuanto de imaginable puede concebirse en este sentido hallará expresión en uno de los más tardíos decadentes, Remy de Gourmont. En la inversión de valores que está en la base del sadismo, el vicio representa el elemento positivo, activo; la virtud, el elemento negativo, pasivo. La virtud existe como freno que hay que romper» (La carne, la muerte y el diablo en la literatura romántica, trad. de Rubén Mettini, Barcelona, El Acantilado, 1999, pp. 202-203).

Y aunque la literatura decadente se haga cargo de esa vertiente patológica y desmenuce sus motivos, el sadismo se eleva aún más alto en el campo de las letras, pues, como ya dijo Roland Barthes, la escritura de Sade es el soporte de todo Sade. Parafraseando al pensador francés, cabría concluir que «su tarea, de la que sale triunfante con un fulgor constante, es contaminar recíprocamente la erótica y la retórica, la palabra y el crimen, introducir repentinamente en las convenciones del lenguaje social las subversiones de la escena erótica, al mismo tiempo que el precio de esta escena se cobra sobre el tesoro del lenguaje» (Sade, Fourier, Loyola, trad. de Alicia Martorell, Madrid, Cátedra, 1997, p. 44).

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Esta es una versión expandida de un artículo que escribí, con el seudónimo «Arturo Montenegro», en el Centro Virtual Cervantes, portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas. Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.